¿Ya viene el fin del mundo?

¿Ya viene el fin del mundo?

¿Ya viene el fin del mundo?

La guerra entre Rusia y Ucrania nos lleva a pensar en las señales que muestran que este planeta pronto se termina.

Como cristianos, podemos caer en el error de pensar que las señales que Cristo nos dejó como anuncios de la inminencia de su segunda venida son un fin en sí mismas. Pero, tenemos que estar seguros de lo que creemos, como dice Jesús en Mateo 24:14: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”. Jesús dijo esto luego de dar algunos ejemplos de esas señales: guerras, rumores de guerras, pestes, hambres y terremotos (vers. 6, 7). Pero, hasta que no sea predicado el evangelio del Reino, no llegará nunca el esperado fin.

Si leemos el verso 4 de Mateo 24 –la advertencia principal antes de hablar sobre las señales en sí mismas–, Jesús nos dice que “nadie nos engañe”. El engaño es parte de la obra de Satanás, quien quiere dividir a la iglesia, causar discusión, miedo, peleas y dudas. Por esto, es nuestra responsabilidad velar para que las fake news no nos engañen. 

Aquí vemos la importancia de pasar tiempo con Dios. “Velar” significa estar al día con Dios, ser luces para las personas que viven en la oscuridad. Hay algunos errores que pueden prevenir únicamente aquellos que “velan y oran, para que no entren en tentación” (Mat. 26:41). 

Cuando hablamos de las señales, nos referimos a aquellas “pistas” que Jesús mismo nos dejó para que nos demos cuenta de los tiempos en los que vivimos. Estas deben alertarnos y no sorprendernos, si realmente estamos firmes. Oramos para que sepas y reacciones ante estas señales. 

La gran pregunta es: ¿Estamos cumpliendo la misión o nos estamos dejando desviar por las señales? El propósito de las señales es prepararnos para algo mayor y mejor: la segunda venida de Cristo. 

Me preocupa ver que muchos tienen temor frente a la pandemia del coronavirus, y creen cuanta información reciben por WhatsApp o Facebook, y no dudan en compartir a sus contactos, pensando que de esta forma estarán alertando a otros sobre la situación del mundo. También tenemos en este momento una guerra entre Rusia y Ucrania, y observamos que el mundo entero está paralizado sin saber qué sucederá mañana. 

Déjame decirte una cosa: Solo Dios tiene el control del mundo, solo él sabe qué sucederá mañana; por eso, no debes preocuparte sino, más bien, aferrarte a sus promesas y entregar cada día tu corazón a Jesús. Estoy convencido de que las señales fueron puestas para despertarnos espiritualmente y hacernos el llamado que de otra forma no percibiríamos de parte de Dios. Todos tendríamos que hacer un análisis de Mateo 24 y de toda la Biblia con respecto a la segunda venida de Cristo. Solo de esta manera podremos “perseverar hasta el fin y ser salvos” (Mat. 24:13). 

No es hora de estar callados ni de sorprendernos por lo que está pasando y pasará en este mundo de aquí en adelante. El lema de este año para los Jóvenes Adventistas es “Yo voy”. Un lema del todo oportuno.

Yo voy a prepararme cada día para no ser engañado. Yo voy a estar alerta a la situación del mundo confiando en que Dios está en el control. Yo voy a velar por mi salvación y la de mi iglesia cada día. Yo voy a fortalecer mi vida espiritual estudiando la Biblia, orando y compartiendo con otros las verdades de Dios. Yo voy a perseverar hasta el fin, sin importar las consecuencias, ya que el Señor tiene una corona lista para mí. Yo voy a predicar el evangelio, porque sé que es la única forma de aproximar la venida de Jesús. 

Si estás de acuerdo con cada una de estas afirmaciones, es porque el Señor quiere usarte para este tiempo. No es casualidad lo que está pasando; todo tiene una razón. El Señor te está llamando, no resistas más al trabajo que Dios empezó en tu vida; es ahora el tiempo para cumplir la misión. 

Esta cita de Elena de White me gusta, y me da fuerza y ánimo. La comparto contigo: “Dios espera un servicio personal de cada uno de aquellos a quienes ha confiado el conocimiento de la verdad para este tiempo. No todos pueden salir como misioneros a los países extranjeros, pero todos pueden ser misioneros en su propio ambiente, para sus familias y su vecindario” (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 30). Y, así como Jesús lloró al ver la situación de Jerusalén antes de su destrucción, también me duele observar cómo avanzamos hacia la destrucción de nuestro mundo actual, al hallar jóvenes perdidos en las drogas, adictos a las redes y sumergidos en “distracciones”, llevándolos a otro puerto que no es el ideado por Dios. Al ver iglesias vacías, hermanos desinteresados con y por la causa, es urgente el llamado a despertar de nuestro sueño espiritual. Cada señal es un paso más hacia el cumplimiento que tanto estamos esperando como hijos e hijas de Dios. 

Quisiera poder ver una iglesia unida y dispuesta, entregada a la misión de todo corazón. No te dejes llevar por este mundo, “porque aún un poquito y el que ha de venir vendrá y no tardará” (Heb. 10:37).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2022.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.

El infierno son los otros

El infierno son los otros

El infierno son los otros

Diez consejos para hacer de este mundo un pedacito de cielo.

“No quiero salir más, ni quiero tener contacto con nadie presencialmente”. La alegría que caracterizaba a Juan (es un seudónimo, no el nombre real del protagonista de esta historia) había desaparecido por completo. El aislamiento que tuvo que guardar debido a la pandemia de la COVID-19 lo llenó de temor. Ese ser sociable, al que le gustaba conversar personalmente con sus amigos y hacer miles de actividades, se volvió solitario y hostil, aun cuando (con las adecuadas medidas sanitarias, como el uso del barbijo y el distanciamiento social) se reiniciaron las actividades en la iglesia y en la escuela bajo la llamada “nueva normalidad”.

Para Juan, todo había cambiado. Ya no era el de antes. Por miedo al contagio (aunque estaba vacunado), veía en cada persona alguien que podía contagiarlo. Así, se fue aislando cada vez más, al punto de no querer salir de su habitación.

¿Conoces a alguien como Juan? ¿O tal vez tú eres como él? Hay una realidad innegable: Esta pandemia nos ha vuelto más solitarios y distantes entre nosotros. Por diversas causas, tenemos la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y de pensar solo en nosotros, olvidándonos de todas las ventajas que implica la vida en comunidad.

Una frase muy famosa

El filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980) es el autor de la famosa frase “El infierno son los otros”. Quizá calificar de “infierno” a la gente que nos rodea sea algo exagerado, pero sí es verdad que a veces lo último que queremos es encontrarnos con determinadas personas, y que haríamos lo que fuese por no tener que intercambiar una conversación o compartir una actividad con ellas. Es cierto, también, que a veces necesitamos momentos de soledad para pensar y repensar decisiones. No obstante, si tenemos o sentimos rechazo por la compañía humana, estamos en problemas.

En tiempos de pandemia y encierro por coronavirus, de obligatoriedad de uso de barbijos, de personas que maltratan a los médicos con los que comparten el edificio, ¿se actualiza aquel postulado sartreano de que “El infierno son los otros”? ¿O el infierno es el virus? ¿O somos nosotros mismos, que creemos que los demás valen menos que nosotros y no los consideramos correctamente?

Normalizando lo que no está bien

Las restricciones de reuniones en espacios públicos y el trato libre cara a cara se han alterado durante la pandemia de la COVID-19. Mantener la distancia física para prevenir el contagio modificó la manera de relacionarnos con los demás en todos los ámbitos (familiar, laboral, educativo, afectivo, etc.), y nos llevó a pensar, en algunos casos, que no necesitamos de nadie para ser felices. Grave error.

Por la COVID-19, del espacio público y las interacciones cara a cara se pasó a la comunicación mediante pantallas. Y pensamos que esto es lo adecuado y que siempre será así.

Para no normalizar lo que no está bien, te proponemos los siguientes tips. 

  1. Mantén el equilibro. Que las pantallas o los medios tecnológicos para comunicarte con los demás no sean tu único medio de relacionarte con los otros. Usa las nuevas tecnologías de manera equilibrada.
  2. ¡Reactívate! En la medida de lo posible (con los pertinentes cuidados y hasta donde las reglamentaciones del lugar donde vives te lo permitan), organiza encuentros con algunos amigos cercanos para pasear, caminar, salir a comer, o –simplemente– conversar. Poco a poco, reinicia tus actividades sociales.
  3. No tengas temor. Esto te paraliza y te obnubila. No te deja actuar. Sí, ten precaución y cuidado. Pero no pierdas la oportunidad de volver a relacionarte cara a cara y de compartir conversaciones y momentos con tus amigos.
  4. No te quedes atrás. Seguramente, las prácticas de tu equipo de fútbol (o de algún otro deporte) ya retomaron; algo similar ha sucedido con la práctica de algún instrumento o el ensayo de coro. Involúcrate en estas actividades si ya lo hacías antes.
  5. No te olvides de la empatía. ¿Qué significa esto? Es ponerse en el lugar del otro y fortalecer el interés por los demás, a fin de construir relaciones duraderas y asegurar un clima afectivo positivo en la iglesia, la escuela o la familia. Esta actitud implica una disciplina que implica comprender a los demás.
  6.  Confía y practica la confianza. Un aspecto esencial para fortalecer y mantener las relaciones con los demás es ser confiable. Para conseguirlo, debemos mantener la integridad en cuanto a nuestras opiniones y acciones, evitando cambiar constantemente de ideas respecto de lo que decimos o hacemos.
  7. Aprende a escuchar. Para mantener buenas relaciones con los demás, es necesario practicar una escucha activa, que consiste en atender el discurso de las otras personas sin interrumpir y dar señales de atender con interés lo que se dice.
  8. Si tienes que criticar, critica en privado. Jamás uses las redes sociales para criticar a un amigo. Dicho de otro modo, si tienes algo malo para decir, hazlo de manera personal y privada.
  9. Ten y mantén el buen humor. Si bien es cierto que hay problemas y tristezas, a nadie le gusta relacionarse (personal o virtualmente) con una persona que está todo el tiempo quejándose. Sé alegre y difunde alegría. Aun en medio de las crisis, aprende a compartir con los demás lo bueno de cada situación y la lección que puedes sacar de ella.
  10. Mantén el contacto. Algo importante para llevarse bien con el resto de personas consiste en tomarnos el tiempo necesario para ver cómo están los demás. Aunque parezca una cuestión bastante obvia, en ocasiones los días se pasan y no tenemos noticias de alguno de nuestros amigos… Puedes hacerles una llamada, escribirles algunos mensajes o ir a visitarlos, a fin de comprobar que se encuentran bien. Ten un trato cercano.

Un cielo aquí, en la Tierra

Es cierto que estamos en un mundo complicado, lleno de pandemias, guerras, enfermedades y muertes. Más allá de esto, Dios nos creó como seres sociales. Nuestra familia, nuestros amigos y quienes nos rodean están lejos de constituirse en un infierno para nosotros. Al contrario. Si sabemos cultivar las relaciones, la compañía de los demás bien puede volverse un pedacito de cielo en esta Tierra.

Por eso, recordemos y valoremos estos dos consejos bíblicos:

“Más valen dos que uno, pues mayor provecho obtienen de su trabajo. Y si uno de ellos cae, el otro lo levanta. ¡Pero ay del que cae estando solo, pues no habrá quien lo levante!” (Ecl. 4:9, 10, DHH).

“Busquemos la manera de ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien. No dejemos de asistir a nuestras reuniones, como hacen algunos, sino animémonos unos a otros; y tanto más cuanto que vemos que el día del Señor se acerca” (Heb. 10:24, 25, DHH).

Recuerda que relacionándote de forma adecuada con los demás puedes tener una vida social agradable, y eso es vivir bien.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2022.

¿Cuánto contacto físico es demasiado?

¿Cuánto contacto físico es demasiado?

¿Cuánto contacto físico es demasiado?

Mantener la pureza sexual implica mucho más que la penetración genital.  

Si tuvieras que puntuar hasta dónde has llegado a experimentar las relaciones físicas en una escala que va del 1 al 10, donde 1 representa besos ligeros y 10 representa la consumación del acto sexual, ¿qué puntaje tendrías? Esta puede resultar una pregunta incómoda, y aunque no sabré tu respuesta y no tienes que compartirla públicamente, uso esta consigna como disparador para que puedas reflexionar sobre los alcances de la pureza sexual en la vida afectiva de los cristianos.

En medio de sermones, cultos jóvenes, clases de Biblia, folletos de Escuela Sabática o Club de Conquistadores, crecemos dentro de la iglesia escuchando el consejo de esperar hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales. Sin embargo, no siempre se especifica correctamente qué implica relacionarse sexualmente con otra persona, y desde dónde se comienza a transitar caminos que ponen en peligro la integridad.

Repetidas veces se insta a los jóvenes a ser vírgenes hasta el matrimonio, se recalca la importancia de no usar mal la sexualidad fuera de ese contexto, pero en la actualidad este discurso suena anticuado. ¿Por qué esperar para disfrutar del placer sexual, pudiendo experimentarlo en el noviazgo y sin tener que asumir el compromiso de casarse?

Y, si bien es cierto que, en medio de sermones, libros y consejos, nos sentimos conmovidos ante el llamado a ser puros y deseamos de todo corazón hacer lo correcto, no estamos dispuestos a renunciar a aquellos deseos que nos impiden alcanzar el ideal elevado que Dios nos propone.

En algunos casos, conservar la pureza se confunde con mantener la virginidad; y así, sin darse cuenta, uno puede corromperse sin llegar a ser consciente en el momento, hasta que es demasiado tarde para revertir las consecuencias de ir tan lejos.

Técnicamente, mantener la virginidad requiere evitar la penetración genital. Pero, antes de llegar a esto, se van traspasando los límites físicos: un beso apasionado, una caricia sobre la ropa (y luego por debajo), hasta llegar a practicar la estimulación genital mutua. Y el alivio de la conciencia suele ser que todavía mantienen la virginidad… perdiendo de vista que lo que realmente le importa a Dios es nuestra pureza sexual.

Porque puedes conservar tu virginidad técnicamente y aun así estar destruyendo tu pureza sexual. Aquí llegamos al punto importante: a la parte que define tu integridad.

David, aquel rey que se propuso en su corazón un día ser fiel a su Dios, en un momento comenzó a traspasar los límites de la integridad, al alimentar el placer sexual que le producía ver a una mujer desnuda desde su balcón. Conocemos cómo continúa la historia, pero me interesa, mucho más que hablar de su transgresión, observar la transformación que hubo en él luego de arrepentirse y decidir andar en la rectitud otra vez. En el Salmo 51:10 dice: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”.

Él deseaba vivir en pureza, y para conservarla debía buscar arduamente ser cada vez más limpio, alejarse de la tentación que ponía en riesgo su integridad. Durante la adolescencia y en la juventud, la vida parece muy larga como para tener que detenerse a medir las consecuencias de las acciones, y esto lleva a muchos a situarse en el terreno de la tentación demasiado a menudo, y caen poco a poco en equivocaciones más frecuentes.

Generalmente nos preguntamos qué tanto acercamiento físico podemos tener sin que eso sea contado como un pecado. Esto refleja una imagen equivocada de las leyes divinas, que no están para decirnos qué tan lejos puedo llegar sin transgredir el límite, sino qué tan lejos puedo huir de aquello que impida tener un corazón íntegro. Amar la obediencia no porque sea fácil ni atractiva, sino porque lo único que nos acerca más a la vida plena y abundante que el Señor nos quiere dar es el principio de la integridad.

Sé que generalmente estimamos la pureza muy poco y demasiado tarde, pero en la pureza es donde hallamos una forma armoniosa y plena de tomar decisiones y hallar una vida digna.

Joshua Harris, en Les dije adiós a las citas amorosas, escribió: “La verdadera pureza implica una determinada y persistente búsqueda de lo que es justo y recto. Esta dirección comienza en el corazón y la expresamos por medio de un estilo de vida que huye de toda oportunidad que pueda ser comprometedora”.

El ideal que Dios nos ha propuesto no es imposible o inalcanzable. Es desafiante, pero satisfactorio. Trae bendición y paz. Puede ser que en el pasado hayas cometido errores y tu integridad sexual haya estado corrompida por actos que te avergüenzan en el presente, pero así como David, el anhelo de tu corazón y tu oración puede ser: “Señor, hazme más parecido a ti, ayúdame a huir de la tentación, a evitar cualquier situación que pueda comprometer mi pureza, para conservarme íntegro sin importar lo que tenga que perder para alcanzarlo”. 

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2020.

Escrito por Vicky Fleck, estudiante de Psicología  y miembro de la Iglesia Adventista de Córdoba Centro.

Entendiendo el origen de mi identidad sexual

Entendiendo el origen de mi identidad sexual

Entendiendo el origen de mi identidad sexual

 Fuimos diseñados por el Creador, y su plan siempre es el mejor. 

Actualmente, nuevas corrientes sugieren que el origen de la identidad sexual no tiene que ver con el cuerpo, sino con la mente. Así, insinúan que lo que creemos ¡eso somos! 

No comprender las diferencias entre ambas cuestiones ha puesto en riesgo la identidad de género de muchas personas, que cedieron a pensamientos que ponían en duda lo sabido; es decir, el sexo que les fue asignado a partir de sus características anatómicas.

El movimiento LGBTIQ+ lucha por más derechos para las personas que se autoperciben como sexuadas fuera de la normativa binaria: masculino o femenino. También está en auge la filosofía de la teoría Queer, que propone que en una misma persona el sexo, el género y el deseo sexual pueden no ser uniformes, ni pertenecer a una misma clasificación. Así, una misma persona puede ser físicamente de sexo masculino, pero tener un deseo sexual femenino, y por lo tanto, autodeclararse de género no binario, es decir, ni masculino ni femenino. 

Esta teoría da una explicación alternativa para quienes tiene un cuerpo que biológicamente les asigna un sexo con el que no se sienten identificados, porque su deseo sexual los identifica más con una clasificación diferente de la que su biología natural les asigna. 

Ahora, si bien es cierto que nuestros pensamientos acerca de lo que somos definen en gran parte lo que somos, ¿qué consecuencias pueden haber de dejarnos definir sexualmente por pensamientos que surgen de ideologías erradas y antibíblicas?

Frente a las problemáticas

Los problemas de identidad sexual desencadenan cuadros de depresión, ansiedad, bipolaridad y otros diagnósticos de desorden mental, producto de una desorientación y poca noción del autoconcepto, es decir, de quién soy. Durante la adolescencia, nuestro cuerpo comienza a experimentar cambios biológicos, que anuncian la llegada de la etapa de madurez sexual. Pero, aunque el cuerpo madura sexualmente, la mente y el espíritu deben atravesar un proceso lento de comprensión, dominio propio y responsabilidad para gestionar adecuadamente los impulsos que aparecen en esta edad.

Para los Queer, el deseo sexual es el que determina tu identidad sexual. Para Dios, el cuerpo que él ha diseñado  no fue una equivocación, y es lo que determina quién eres no solo sexualmente, sino integralmente. Para Dios, el hecho de que no haya armonía entre lo que eres verdaderamente y lo que sientes no se resuelve con cambiar la forma de definirte a ti mismo, tampoco comportándote de una manera antinatural, uniéndote en relaciones íntimas y afectivas románticas con una persona de tu mismo sexo. Eso solo va pervirtiendo el diseño original. 

Diseño original = Felicidad

Dios ha pensado en cada detalle al crear a los seres humanos. El Creador pensó en cómo el carácter de un hombre, su fuerza, su virilidad, su determinación y liderazgo serían el complemento ideal para la mujer, que es visionaria, detallista, creativa; posee mayor capacidad de detectar emociones, de poner en palabras lo que sucede y de organizar lo que está desordenado. 

Lo femenino y lo masculino no solo se complementan, también hay diferencias que generan tensiones y roces inevitables. Cada sexo con sus peculiaridades, y cada relación heterosexual con esas tensiones y roces naturales, hacen que ambos tengan que trabajar –individualmente e interiormente– con el objetivo de poder ser más sumisos y humildes, a semejanza de Cristo.

El diseño de hogar cristiano en Edén no admite un modelo homosexual ni homoparental. No se trata de estereotipos normativos, tampoco de normas impuestas; ese modelo no fue hecho para que cada quién opine y decida sobre la base de su propia opinión. Como dice Romanos 1:24 y 25: “Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador […]».

Algunos pretenden cambiar la verdad absoluta e inmutable de Dios por mentiras de hombres, de criaturas que pretenden ser más sabias que su Creador, negando su existencia y formulando teorías a partir de pensamientos dirigidos por el príncipe de las tinieblas. Definir tu identidad sexual por lo que piensas, aunque eso vaya contra el diseño de tu cuerpo, es una deshonra al Creador; es decirle a Dios a la cara: “Tú te equivocas”. Eso, para Dios, es una deshonra al cuerpo y desgarra su corazón.

Dios tiene poder para hacer nuevas todas las cosas, pero no puede obligarte a que le entregues tu corazón. El primer paso para que ocurra en ti una renovación del entendimiento, esa transformación que no tiene nada que ver con un cambio externo por miedo o por culpa, sino con una renuncia a lo que te habías aferrado –sean ideologías, pensamientos, ideas, ajenos a la cosmovisión divina de quién eres y lo que vales–, es rendirte a los pies del Señor, y confesarle que necesitas que traiga entendimiento a tu confusión y luz a tu oscuridad, a fin de que te brinde un propósito que defina tu verdadera identidad.

Dios te ha creado para algo mucho más grande que la sola satisfacción de tus deseos. Su plan de redención te incluye; tu identidad, para él, no es un asunto de elección, es un asunto de aceptación. Y recuerda que tu valor está determinado por el Único que se atrevió a tomar tus pecados sobre sí, y morir en una cruz por ti.

ste artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

Escrito por Vicky Fleck, estudiante de Psicología y miembro de la Iglesia Adventista de Córdoba Centro, Argentina.

La cadena del elefante

La cadena del elefante

La cadena del elefante

Un componente vital para cuidar y mejorar tu salud emocional es la alegría. ¿Qué hacer para obtenerla y conservarla?

Los cuidadores de los zoológicos suelen atar a los elefantes adultos con una cadena de metal a una delgada estaca de madera clavada en el suelo. El elefante, que puede pesar en su edad adulta unos cinco mil kilos, podría romper la cadena y escaparse sin esfuerzo. Pero, no lo hace; ni siquiera lo intenta. ¿Por qué? Porque cuando el elefante era pequeño, los domadores utilizaban los mismos métodos. En ese momento, una cadena y una simple estaca en el suelo podían retener al elefante e impedir que este pudiera escapar por más que se esforzara.

Al crecer, el elefante asumió que era imposible romper la cadena que lo ataba, pues anteriormente no pudo hacerlo. Cuando ahora el elefante ve esa cadena, recuerda lo que aprendió en sus primeros años. No es cierto que hoy no pueda escapar; pero no importa que sea cierto o no, importa que él cree que no puede escapar.

A lo largo de nuestra vida, diversas experiencias nos han ido formando. Para bien o para mal, hemos aprendido mucho acerca de múltiples cosas. Si nuestro entorno nos ha enseñado que estamos atados a ciertas cadenas, por mucho potencial que tengamos, nunca nos decidiremos a intentar romperlas. En nuestra vida, esas cadenas del elefante representan nuestras creencias o actitudes autolimitantes, que nos frenan.

Estas experiencias del pasado pueden ser rechazos, fracasos o situaciones traumáticas. Tal vez sean mucho más poderosas que simples cadenas. Pero Dios nos creó para ser libres y para superarnos constantemente. No tenemos por qué atarnos. Cuidar nuestra salud emocional es vital para lograr esto.

7 beneficios de la risa

Desde luego, nadie espera o cree que en la vida solo obtendremos situaciones divertidas y que todo será risas. No. Sin embargo, a veces no valoramos la importancia que la risa tiene para nuestra salud mental.

Estadísticamente, en promedio, un niño menor de tres años se ríe más de cien veces al día. ¿Y un adulto? En promedio, solo ríe quince veces. Debemos tratar de superar esa media, ya que la risa trae grandes beneficios a nuestro organismo:

  1. Ejercicio: Con cada carcajada, se ponen en marcha cerca de cuatrocientos músculos, incluidos algunos del estómago que solo se pueden ejercitar con la risa.
  2. Limpieza: La carcajada hace vibrar la cabeza y se despejan la nariz y el oído. Además, se elimina toxinas, porque con el movimiento el diafragma produce un masaje interno, que facilita la digestión y ayuda a reducir  las sustancias tóxicas.
  3. Oxigenación: Gracias a la risa, entra el doble de aire en los pulmones, posibilitando que los órganos y la piel se oxigenen más.
  4. Analgésico: Durante el acto de reír se liberan endorfinas, los sedantes naturales del cerebro, similares a la morfina. De ahí que se utilice para terapias de convalecencia que requieren una movilización rápida del sistema inmunitario.
  5. Rejuvenecimiento: Reírse rejuvenece, ya que estira y estimula los músculos de la cara. Tiene, además, un efecto tonificante y antiarrugas.
  6. Dulces sueños: La risa genera una sana fatiga, que elimina el insomnio.
  7. ¡Adiós, estrés!: Con la risa, se liberan ciertas hormonas (endorfinas y adrenalina) que elevan el tono vital y nos hacen sentir más bienestar.

¿Qué dijeron sobre la alegría estos grandes pensadores?

  • “Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras tristezas, nuestros problemas perderían importancia” (Anatole France, escritor francés).
  • “Los mejores médicos del mundo son: el doctor dieta, el doctor reposo y el doctor alegría” (Jonathan Swift, político y escritor irlandés).
  • “¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! ¡La alegría es contagiosa! (Fiodor Dostoievski, novelista ruso).
  • “No existe nada en el mundo tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen humor” (Charles Dickens, escritor británico).
  • “La alegría ha sido llamada el buen tiempo del corazón” (Samuel Smiles, escritor y reformista escocés).

Aumentando la alegría

Así como entrenas tus músculos en un gimnasio o practicas un deporte para jugarlo mejor, la alegría, como el resto de las emociones, puede fomentarse usando simples técnicas. Prueba con estas:

  1. Analiza lo que te agrada: Tienes que conocer qué actividades sanas te resultan más placenteras, ya sea leer en la comodidad de tu hogar o salir a caminar al aire libre. Debes identificar qué cosas te hacen más feliz y dónde encuentras alivio para tu estrés. Algunos lo hacen tocando un instrumento, otros armando rompecabezas y otros jugando al fútbol. Cuando lo tengas en claro, practica esta actividad dos o tres veces por semana.
  2. Aprende a pensar de manera positiva: Sí, desde luego que esto no es tarea sencilla. Pero, si pensamos esto, ya no estamos cumpliendo la consigna. Si está lloviendo, no te quejes por el sol que no alumbra, celebra que las plantas están recibiendo agua. Cambia tu manera de ver las cosas y las situaciones. Te sorprenderás de cuántas miradas positivas eres capaz de tener, aun en medio de contextos complejos. 
  3. Transforma tus caídas: Desde luego, hay distintos grados de situaciones. La clave es aprender de ellas. Recuerda el refrán popular: “Nunca pierdo. O gano o aprendo”. Trata de extraer alguna lección de vida de tus derrotas. 
  4. Piensa en soluciones, no en problemas: Madurar también implica tomar cuenta de una situación y dedicar tiempo a solucionarla, más que a quejarse. Piensa y sé creativo. Hay muchos más caminos al éxito de lo que te imaginas.
  5. Ayuda a los demás y comparte la alegría: No fuimos creados por Dios para vivir de manera egoísta. Servir a otros es una fuente de felicidad. Busca un lugar para trabajar de manera comunitaria e intégrate a las actividades misioneras de tu iglesia o tu escuela. Cuanto más servicio y alegría brindes, más recibirás. 
  6. Pide ayuda y escoge bien tus compañías: Nadie se las sabe todas. No es errado solicitar a alguien que nos ayude a ser más alegres y optimistas. Esto también se relaciona con el tipo de amigos que tienes o las personas con las que te relacionas. Si están quejándose todo el tiempo y lamentando sus penas, es señal de que debes pensar en buscar la compañía de aquellos que también, como tú, procuran la alegría.
  7. Busca a Dios: Puedes hacer de cualquier cosa o persona la fuente de tu alegría. Pero la verdadera base o cimiento está en tu Creador. Si tienes y mantienes una relación con él, tendrás felicidad. Así lo expresa el Salmo 16:11 (DHH): “Me mostrarás el camino de la vida. Hay gran alegría en tu presencia; hay dicha eterna junto a ti”. Y así lo dice Elena de White: “Aquellos para quienes Dios es lo primero, lo último y lo mejor son las personas más felices del mundo” (Mensajes para los jóvenes, p. 34).

No mires tus cadenas. Mírate al espejo y sonríete. Recuerda que con alegría puedes cuidar tu salud emocional, y eso es vivir bien.

La alegría según Salomón

  • “La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los impíos perecerá” (Prov. 10:28).
  • Engaño hay en el corazón de los que piensan el mal; pero alegría en el de los que piensan el bien” (Prov. 12:20).
  • El deseo cumplido es causa de alegría” (Prov. 13:19, DHH).
  • El corazón alegre hermosea el rostro; mas por el dolor del corazón el espíritu se abate” (Prov. 15:13).
  • El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos” (Prov. 17:22).

Este artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

¿Está mal querer ser rico?

¿Está mal querer ser rico?

¿Está mal querer ser rico?

Cuando el dinero (no) hace la felicidad.

Hablar de dinero siempre es un tema complicado. En los tiempos de los apóstoles, se creía que la riqueza era una señal de la bendición de Dios. Así, cuanto más tenías más santo debías de ser. Con el tiempo y el testimonio de los mártires, algunos desarrollaron la idea contraria, haciendo de la pobreza y del sufrimiento una prueba de fe o de santidad.  

Entonces, si el dinero o la pobreza no son determinantes, ¿está mal querer ser rico? Antes de anticipar una respuesta, es necesario repasar algunos conceptos importantes de la Biblia

No podemos vivir para el dinero

Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores […] no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). El problema está en la actitud hacia el dinero, y no en el dinero en sí. Si sirvo a Cristo, mis recursos van a estar dedicados a su obra; si no, solo voy a estar concentrado en conseguir más dinero.

Pablo escribió: “Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:10) ¿Significa esto que el dinero es malo, causante de dolores y que nos hace extraviar de la fe? No, el problema no es el dinero, o la riqueza, en sí mismos: es el “amor al dinero” y la “codicia”; es el lugar y el propósito que se le da en la vida. 

No podemos negar su importancia

Dios no tiene problemas con el dinero; de hecho, desea que prosperemos “en todas las cosas”, siempre que el crecimiento sea también espiritual (3 Juan 1:2). Además, en Deuteronomio 8:18 dice: “Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas”. El Señor no reparte dones que sean malos; todos los dones que da son para la edificación de la iglesia. Entonces, ¿cuándo surgen los problemas? Cuando nos olvidamos de Dios.

Adoramos a Dios con nuestros bienes y recursos. El diezmo y las ofrendas son parte de nuestro culto al Señor (Mal. 4:10-12). Con estos medios se avanza en la obra de predicar el evangelio.

Es obvio, pero comemos, nos vestimos y vivimos con dinero (Ecl. 5:19). Jesús habla de no preocuparnos en exceso ante estas cosas, sino confiar en que nuestro Padre conoce y suple nuestras necesidades. Pero, para esto, Dios bendice nuestros esfuerzos en el trabajo y la administración de los recursos que nos da a nosotros, a nuestros padres o a quienes nos ayuden si pasamos por una necesidad (Mat. 6:25-34). En las manos de Dios, nuestros bienes y riquezas pueden ser empleados en el servicio y la asistencia de quienes más lo necesiten (Hech. 4:34, 35).

Teniendo en cuenta estas consideraciones, ¿podemos afirmar que el dinero es malo y nada más? No, forma parte de la vida y debemos ser sabios en su administración. ¿Podemos lanzarnos a la búsqueda de adquirir bienes y recursos como si fuera lo principal en la vida? Tampoco. Lo primero es Dios y todo nuestro ser debe estar sujeto a su dirección. ¿Cuál es el equilibrio? 

Estudiando los principios de mayordomía

En primer lugar, debemos recordar que todo pertenece a Dios; nosotros solo somos administradores de lo que él nos provee (1 Crón. 29:14). Así haya sido por herencia, esfuerzo o ingenio, todo viene por el Señor y tenemos que usarlo para el Señor. Veamos:

-Todo lo que hacemos debe ser hecho “para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).

-Los recursos obtenidos siempre deben tener un origen en prácticas honestas (Prov. 20:23).

-Seamos “dadores alegres” (2 Cor. 9:7). Adorar a Dios con los diezmos y las ofrendas es un privilegio (Mal. 4:10-12). 

-Asegurémonos de estar haciendo “tesoros en el cielo”, no de buscar acumular bienes en este mundo. Seamos ricos “en Dios” (Luc. 12:13-21). 

-Debemos aprender a tener contentamiento con las bendiciones que el Señor nos da (1 Tim. 6:6-8), estando dispuestos a administrar la abundancia o la escasez (Fil. 4:12, 13). Recordemos siempre que la felicidad no está en las cosas materiales que podamos tener (Luc. 12:15). 

¿Cuál es el lugar que le doy en mi vida al dinero? ¿Es el dinero en sí mismo un objetivo o es solo un medio para ayudar a otros, predicar el evangelio y sostener a mi familia? Podría pensar que si obtengo mucho dinero y soy rico entonces podré dar mucho y hacer mucho para Dios. La Biblia nos demuestra que no necesito ser rico ni tener mucho dinero para poder hacer grandes cosas por el Señor. Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret […]” (Hech. 3:6-8). 

Si tu deseo es servir a Dios, presta atención a no olvidarte de Dios (Deut. 8:11-18) y a que Jesús forme siempre parte de tu vida. Estudia los principios de mayordomía presentes en la Biblia y en los escritos de Elena de White

Un antiguo canto cristiano decía: Ego sum pauper, nihil habeo, me ipsum dabo (“Yo soy pobre, nada tengo, me doy a mí mismo”). Asegurémonos de que le damos al Señor la totalidad de nuestro ser, y entonces él bendecirá el trabajo de nuestras manos según su voluntad y sabiduría. 

Este artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.