¿Está mal querer ser rico?

¿Está mal querer ser rico?

¿Está mal querer ser rico?

Cuando el dinero (no) hace la felicidad.

Hablar de dinero siempre es un tema complicado. En los tiempos de los apóstoles, se creía que la riqueza era una señal de la bendición de Dios. Así, cuanto más tenías más santo debías de ser. Con el tiempo y el testimonio de los mártires, algunos desarrollaron la idea contraria, haciendo de la pobreza y del sufrimiento una prueba de fe o de santidad.  

Entonces, si el dinero o la pobreza no son determinantes, ¿está mal querer ser rico? Antes de anticipar una respuesta, es necesario repasar algunos conceptos importantes de la Biblia

No podemos vivir para el dinero

Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores […] no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). El problema está en la actitud hacia el dinero, y no en el dinero en sí. Si sirvo a Cristo, mis recursos van a estar dedicados a su obra; si no, solo voy a estar concentrado en conseguir más dinero.

Pablo escribió: “Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:10) ¿Significa esto que el dinero es malo, causante de dolores y que nos hace extraviar de la fe? No, el problema no es el dinero, o la riqueza, en sí mismos: es el “amor al dinero” y la “codicia”; es el lugar y el propósito que se le da en la vida. 

No podemos negar su importancia

Dios no tiene problemas con el dinero; de hecho, desea que prosperemos “en todas las cosas”, siempre que el crecimiento sea también espiritual (3 Juan 1:2). Además, en Deuteronomio 8:18 dice: “Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas”. El Señor no reparte dones que sean malos; todos los dones que da son para la edificación de la iglesia. Entonces, ¿cuándo surgen los problemas? Cuando nos olvidamos de Dios.

Adoramos a Dios con nuestros bienes y recursos. El diezmo y las ofrendas son parte de nuestro culto al Señor (Mal. 4:10-12). Con estos medios se avanza en la obra de predicar el evangelio.

Es obvio, pero comemos, nos vestimos y vivimos con dinero (Ecl. 5:19). Jesús habla de no preocuparnos en exceso ante estas cosas, sino confiar en que nuestro Padre conoce y suple nuestras necesidades. Pero, para esto, Dios bendice nuestros esfuerzos en el trabajo y la administración de los recursos que nos da a nosotros, a nuestros padres o a quienes nos ayuden si pasamos por una necesidad (Mat. 6:25-34). En las manos de Dios, nuestros bienes y riquezas pueden ser empleados en el servicio y la asistencia de quienes más lo necesiten (Hech. 4:34, 35).

Teniendo en cuenta estas consideraciones, ¿podemos afirmar que el dinero es malo y nada más? No, forma parte de la vida y debemos ser sabios en su administración. ¿Podemos lanzarnos a la búsqueda de adquirir bienes y recursos como si fuera lo principal en la vida? Tampoco. Lo primero es Dios y todo nuestro ser debe estar sujeto a su dirección. ¿Cuál es el equilibrio? 

Estudiando los principios de mayordomía

En primer lugar, debemos recordar que todo pertenece a Dios; nosotros solo somos administradores de lo que él nos provee (1 Crón. 29:14). Así haya sido por herencia, esfuerzo o ingenio, todo viene por el Señor y tenemos que usarlo para el Señor. Veamos:

-Todo lo que hacemos debe ser hecho “para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).

-Los recursos obtenidos siempre deben tener un origen en prácticas honestas (Prov. 20:23).

-Seamos “dadores alegres” (2 Cor. 9:7). Adorar a Dios con los diezmos y las ofrendas es un privilegio (Mal. 4:10-12). 

-Asegurémonos de estar haciendo “tesoros en el cielo”, no de buscar acumular bienes en este mundo. Seamos ricos “en Dios” (Luc. 12:13-21). 

-Debemos aprender a tener contentamiento con las bendiciones que el Señor nos da (1 Tim. 6:6-8), estando dispuestos a administrar la abundancia o la escasez (Fil. 4:12, 13). Recordemos siempre que la felicidad no está en las cosas materiales que podamos tener (Luc. 12:15). 

¿Cuál es el lugar que le doy en mi vida al dinero? ¿Es el dinero en sí mismo un objetivo o es solo un medio para ayudar a otros, predicar el evangelio y sostener a mi familia? Podría pensar que si obtengo mucho dinero y soy rico entonces podré dar mucho y hacer mucho para Dios. La Biblia nos demuestra que no necesito ser rico ni tener mucho dinero para poder hacer grandes cosas por el Señor. Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret […]” (Hech. 3:6-8). 

Si tu deseo es servir a Dios, presta atención a no olvidarte de Dios (Deut. 8:11-18) y a que Jesús forme siempre parte de tu vida. Estudia los principios de mayordomía presentes en la Biblia y en los escritos de Elena de White

Un antiguo canto cristiano decía: Ego sum pauper, nihil habeo, me ipsum dabo (“Yo soy pobre, nada tengo, me doy a mí mismo”). Asegurémonos de que le damos al Señor la totalidad de nuestro ser, y entonces él bendecirá el trabajo de nuestras manos según su voluntad y sabiduría. 

Este artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.

¿Es correcto pedir «señales» a Dios?

¿Es correcto pedir «señales» a Dios?

¿Es correcto pedir «señales» a Dios?

Claves para saber si las decisiones que tomas son correctas.

Hablar del tema de las señales es entrar en un terreno muy personal y subjetivo. Todos hemos escuchado historias de señales dadas por Dios que confirmaron a uno u otro lo que debía hacer. Y podría ser que hayamos experimentado algo similar en nuestra vida. Cuando hablamos de “señales”, una de las primeras historias que viene a nuestra mente se encuentra en Jueces 6, la de Gedeón y el famoso vellón. Repasemos los eventos:

Dios llama a Gedeón para librar a su pueblo. Y Gedeón pide una señal para ratificar ese llamado. Así, presenta una ofrenda en el altar que es consumida por fuego divino. No conforme con esto, unos días después vuelve a pedir a Dios otra señal (la del vellón). Esta segunda señal no lo convencerá tampoco, y lo lleva a pedir una tercera señal (Juec. 6:39, 40).

Este relato nos muestra la débil fe de Gedeón y su insistencia en poner a prueba a Dios. Gedeón no pide señales para saber qué debe hacer. Las que pide son para que Dios pruebe si tiene el poder de hacer lo que promete. Claramente, no es un ejemplo para nosotros.

Aunque en el Antiguo Testamento tenemos algunos otros ejemplos de personas que pidieron señales a Dios, como Jonatán o Eliezer, siervo de Abraham, sería bueno recordar que se trata de tiempos en los que la Palabra de Dios no estaba al alcance de todos, como nosotros la tenemos hoy.

Es bastante normal entre los jóvenes que sus pedidos de señales tengan que ver con el noviazgo, y ese es el contexto del pedido de Eliezer.

La historia íntegra se encuentra en Génesis 24:10 al 21, donde el siervo es enviado a buscar una esposa para Isaac en la tierra donde viven sus parientes. Si bien es cierto que el siervo ora y pide una señal, esta no se trata de eventos sobrenaturales, sino que tiene que ver con una prueba del carácter de la joven. En otras palabras, en lugar de pedir señales, deberíamos mirar el carácter de la persona que nos atrae (entre otras cosas, desde luego, como su fe). Ese fue el caso de Rebeca: demostró tener un espíritu de servicio desinteresado. ¡Y esa fue la señal!

Por otra parte, en el Nuevo Testamento tenemos a personas que se acercaron a Jesús para pedirle señales, a quienes su respuesta siempre fue: “Esta generación mala y adúltera demanda señal. Pero no le será dada otra señal que la del profeta Jonás” (Mat. 12:38; 16:1-4; Juan 6:30). Jonás estuvo, según relata en su libro, tres días en el vientre de un gran pez y luego salió. Así también, Jesús estaría tres días en la sepultura y luego volvería a vivir; ese fue el significado de sus palabras. ¿Por qué Jesús respondió de manera tan dura a ese pedido de los fariseos? “A pesar de haber realizado tantas señales ante ellos, no creían en él” (Juan 12:37).

Jesús había obrado muchos milagros, pero a pesar de esas señales no creían en él. En cierta ocasión, por medio de una historia, dijo lo siguiente: “Si no creen en Moisés y los profetas, tampoco se persuadirán, aunque se levante alguno de los muertos” (Luc. 16:31). Es decir, si no creemos a partir del estudio de la Biblia, no hay señal que alcance para convencernos realmente.

A veces pedimos una señal solo para tener confirmación de la voluntad de Dios cuando en primer lugar deberíamos orar y estudiar la Palabra divina. No podemos pedir a Dios señales sobre cosas para las que él ya ha revelado su voluntad en la Biblia. Si está revelado, entonces es nuestro deber estudiar, orar, reflexionar, usar las capacidades mentales que el Señor nos ha dado, y entonces actuar en función de lo que está escrito. Hacer lo contrario es buscar excusas para poder hacer lo que queremos hacer, o para no tener que pensar.

Dios no nos da todas las respuestas de forma inmediata, en un solo versículo. Hay ocasiones en que debemos profundizar y buscar comprender los principios de la Biblia y cómo se aplican a nuestro caso. Hemos recibido la capacidad para razonar, y la promesa de que su Espíritu nos iluminará el entendimiento a medida que estudiamos su Palabra (Sal. 119:105, 130; 2 Tim. 3:16, 17). Como adventistas, tenemos también los escritos de Elena de White para estudiar en busca de consejo y dirección. También se nos orienta de forma abundante a que pidamos el consejo de otras personas (Prov. 12:15; 19:20, 21; 24:6).

Si ya hemos hecho esto, y aún no está claro cuál sea la mejor decisión por tomar, escuchemos el consejo de Pablo: “La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, enseñando y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría. Cantad a Dios salmos, e himnos y canciones espirituales, con gratitud en vuestro corazón. Y todo lo que hagáis, sea de palabra o de hecho, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por él” (Col. 3:16, 17). Hazte luego la siguiente pregunta: si tomo tal o cual decisión, ¿puedo seguir experimentando en mi vida el cumplimiento de este versículo? ¿Puedo hacerlo en el nombre de Jesús? ¿Será Dios glorificado? Si la respuesta es positiva, sigue adelante y confía en que Dios abrirá y cerrará puertas para dirigir tu camino conforme a su voluntad.

Este artículo ha sido adaptado de la edición impresa de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2022.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.

¿Cómo puedo conocer a Dios?

¿Cómo puedo conocer a Dios?

¿Cómo puedo conocer a Dios?

Claves para iniciar una sesión con el Creador del universo.

La expresión “tienes que conocer a Dios de forma personal” es repetida constantemente en sermones, meditaciones, libros y revistas. Está bien que así sea. Después de todo, la propia Biblia insiste en que es el punto central de la experiencia cristiana: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien tú has enviado” (Juan 17:3). Pero ¿cómo poder hacerlo?

Este es un gran tema; y es algo que te vas a seguir preguntando toda tu vida porque la respuesta no solo es teórica, sino también práctica. A partir de lo que la Biblia enseña podemos esbozar una “fórmula” para conocerlo, pero no alcanza con eso.

Puedo tener veinte años como miembro de iglesia, haber memorizado la Biblia completa y todavía sentir que no conozco a Dios. Por otro lado, puedes encontrar personas que solo san capaces el Salmo 23 o Juan 3:16, que se bautizaron dos semanas atrás o están por hacerlo, y rebozan de una experiencia personal con Cristo. Los escuchas cinco minutos y te das cuenta de que conocen a Dios. Pero, tal vez, dentro de veinte años estén en la misma situación del primer ejemplo. ¿Por qué? ¿Por qué pareciera que conocer a Dios es algo tan elusivo si es en verdad el centro de toda la experiencia cristiana? ¿Será que Dios juega a las escondidas?

Jesús es una persona. Él es Dios, sí, pero es una persona y conocerlo es tener una relación con él. Ese es el punto y la razón de por qué constantemente en nuestra vida podremos tener momentos donde sintamos que antes conocíamos y ahora no. Como te darás cuenta, no hablamos de un conocimiento teórico, saber de memoria versículos que describan a Dios. Podríamos citar algunos y decir “yo conozco a Dios, él es omnipotente, omnisciente y omnipresente”, y estaríamos en lo correcto en la información acerca de él. Pero conocer a Dios es tener una relación de amistad con él.

Tomemos el siguiente ejemplo: cursaste toda la primaria y secundaria con tu mejor amigo, y después tuviste que mudarte a otro país. Pasan veinte años y un día se cruzan. ¿Podrías decir que lo conoces? En cierta manera sí, y probablemente ambos tengan muchos recuerdos, sin embargo, pasaron años y la relación ya no es lo que una vez fue. Dios es una persona y quiere ser nuestro amigo, conocerlo es tener una relación con él. Pero si paso mucho tiempo sin relacionarme con Dios (sin orar ni estudiar su Palabra), ese lazo se enfría y ya no sentimos que lo conocemos. Así, nuestra confianza en él cambia y nuestro amor por él se enfría o desaparece.

Es por eso que, para conocer a Dios, hay un único camino y que debe ser repetido una y otra vez, cada día de nuestra vida. ¿Cómo conociste a tus mejores amigos? Compartiendo juntos, ya sea en el aula, el trabajo o el barrio. Pasando tiempo con ellos. De igual manera, necesitamos pasar tiempo con Dios. Hay un pasaje en la Biblia que refleja perfectamente esto. El texto se refiere al llamado apostólico, pero se aplica igualmente a cada uno de nosotros: “Y estableció a doce, a quienes llamó apóstoles, para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar” (Mar. 3:14). Jesús nos llama a estar con él, ese es el primer paso para poder conocerlo realmente.

Ahora pensemos, ¿cómo estamos con él?: “El que me ama, guardará mi palabra. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él y habitaremos con él” (Juan 14:23). “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando… Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Juan 15:14, 17). “En esto sabemos que conocemos a Dios, si guardamos sus mandamientos. El que dice ‘yo lo conozco’, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y la verdad no está en él… Por esto sabemos que estamos en él. El que dice que está en él debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:3-6).

Notemos que Jesús dice que lo conocemos cuando guardamos su Palabra, guardamos sus mandamientos y amamos a los demás. En otras palabras, vivimos como él vivió, siguiendo su ejemplo. Para que eso pase, necesitamos dedicar tiempo a Dios: él nos habla por la Biblia y nosotros le respondemos por la oración. Al principio es difícil, como cuando tenemos que pasar tiempo con alguien que no conocemos bien y hay un silencio incómodo. Tiene que pasar tiempo para que se rompa el hielo y exista confianza.

¿Tengo que leer alguna parte específica de la Biblia? Es necesario estudiarla toda, porque toda la Escritura es útil (2 Tim. 3:16), pero Elena de White nos recomienda lo siguiente: “Sería bueno que dedicásemos una hora de meditación cada día para repasar la vida de Cristo desde el pesebre hasta el Calvario. Debemos considerarla punto por punto, y dejar que la imaginación capte vívidamente cada escena, especialmente las finales de su vida terrenal” (Testimonios para la iglesia, Tomo 4, p. 367).

Hacer esto cada día y sostenerlo en el tiempo es la única manera de conocer a Dios. Solo lo podemos conocer en la medida en que mantengamos ese contacto, porque ahí ocurre un milagro: somos transformados a su imagen (2 Cor. 3:18); y entonces viene la segunda parte de Marcos 3:14, donde somos enviados a predicar, a dar a conocer a otros a ese Dios que nosotros estamos aprendiendo a conocer. “¡Oh, si conociéramos al Señor! Esforcémonos por conocerlo. Él nos responderá, tan cierto como viene el amanecer o llegan las lluvias a comienzos de la primavera” (Ose. 6:3, NTV).

Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2021.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Buenos Aires, Argentina.

¿Es necesario volver a la iglesia?

¿Es necesario volver a la iglesia?

¿Es necesario volver a la iglesia?

La vida espiritual después de Zoom.

“¿Tenemos que volver a reunirnos en la iglesia el sábado por la mañana, para el repaso de la lección? Es mucho más cómodo hacerlo por medio de Zoom, y después ver el sermón online. Puedo hacerlo desde mi cama mientras desayuno o almuerzo”.

Sí, el tema está instalado y fue motivo de debate en una reunión de jóvenes a la que asistí mientras reflexionábamos sobre cómo volver a la “normalidad” después de pasar meses en cuarentena.

Esta pregunta es muy válida (incluso si no hubiésemos padecido la COVID-19): “¿Por qué debería concurrir a la iglesia? No tengo amigos, la gente me mira mal, son todos hipócritas…” Y la lista puede seguir.

Separemos por un momento el tema de la pandemia, de los protocolos sanitarios y de las excepciones en general, y pensemos en cómo responderíamos a esta pregunta: ¿Debo ir a la iglesia? Después de todo, ¿no decimos siempre que la salvación es individual? Entonces, ¿para qué vamos a reunirnos en un lugar? Es probable que alguna vez te hayas preguntado lo mismo, o conozcas a alguien que lo esté pensando.

Algunas respuestas

Por eso, quiero invitarte a reflexionar brevemente sobre cuáles son las razones para congregarnos en la iglesia.

Empecemos por lo más simple: la iglesia no es un edificio; eso sería el templo. Pero la iglesia somos nosotros. La palabra “iglesia” viene del griego ekklesía, y se refiere a un grupo o comunidad. Por eso, Jesús declaró que “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mat. 18:20, NVI). Los discípulos constituían una iglesia al reunirse en las casas, en la sinagoga, junto al río o en las catacumbas. Los cristianos en los primeros siglos del cristianismo fueron perseguidos por su fe, y por eso no tenían otra opción más que reunirse donde pudieran hacerlo.

La Biblia habla de la iglesia como una comunidad de fe. Y esto no puede darse en soledad. El propósito de esta comunidad de fe es adorar a Dios (Juan 7:24) y predicar su Palabra y cumplir con la misión de predicar el evangelio a todo el mundo (Mat. 24:14).

Entonces, voy a la iglesia para ser parte de esta comunidad, para relacionarme con la hermandad, más allá de los defectos o las luchas que todos podamos tener.

Mucho más que una “juntada”

No sé cuál sea tu experiencia hoy, pero cuando vemos la descripción que hace la Biblia de los primeros cristianos podemos notar que para ellos participar en la iglesia era algo más que solo juntarse por dos horas un sábado: “Eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración” (Hech 2:42, DHH). No solo estudiaban la Palabra, sino también se relacionaban entre sí, compartían sus necesidades, oraban, sociabilizaban, se servían unos a otros (Gál. 5:13), soportaban las cargas de los demás (Efe. 4:2).

Podríamos decir que quizá no encontramos esto en nuestra iglesia, y por eso no queremos asistir. Pero tenemos el ejemplo de Jesús, quien tenía la costumbre de concurrir a la sinagoga todos los sábados (Luc. 4:16). Es interesante pensar que él asistía a la iglesia cada semana desde pequeño, donde seguramente le tocó experimentar varias de las cosas que hoy algunos usan como razones para no congregarse más. Pero Jesús siguió yendo, y se nos dice que debemos seguir sus pasos (1 Ped. 2:21).

Como bien mencionan algunos, la salvación es individual, ya que depende de nuestra relación personal con Dios (Efe. 2:8, 9); sin embargo, en el momento en que aceptamos a Jesús somos parte del “cuerpo de Cristo” (1 Cor. 12:27). Ya somos miembros de su iglesia, y todos los miembros son necesarios para su buen funcionamiento (12:14-20). Pablo declara que cada uno recibió de parte de Dios un don, dado a nosotros para ponerlo al servicio de la iglesia, es decir, de las personas que conforman nuestra comunidad de fe. Cuando todos los feligreses participan juntos, haciendo uso de sus dones, todos los miembros crecen en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios; maduran en el Señor, hasta llegar a la “plena y completa medida de Cristo” (Efe. 4:7-13). Es este el resultado final de que nos congreguemos, de que participemos en nuestras iglesias siendo “humildes y amables”, “pacientes unos con otros”, tolerando “las faltas por amor” (Efe. 4:2).

Un repaso general del libro de Hechos de los apóstoles o de las cartas paulinas nos ayudará a comprender que no existe la iglesia ideal, donde no haya conflictos. Basta mirar la propia iglesia de Jesús, con sus doce apóstoles, para que no queden dudas. Pero somos necesarios a fin de cumplir con nuestra función específica, para ayudar a los demás a desarrollarse, para que la iglesia crezca sana. Incluso si todavía no puedo definir cuál es mi don, incluso si no es lo más cómodo, “no dejemos de congregarnos, como lo hacen algunos, sino animémonos unos a otros, sobre todo ahora que el día de su regreso se acerca” (Heb. 10:25, NTV).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2021.

Escrito por  Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

Tus errores, aun los más terribles, tienen solución en Jesús.

Había crecido en la iglesia y se había graduado de un colegio adventista. Con sus luchas y sus idas y vueltas por la vida, un día terminamos sentados en la oficina para hablar. Ella tenía varias preguntas sin respuesta: ¿Qué pasa si peco después de bautizarme? Para salvarme, ¿necesito vivir sin pecar nunca? ¿Hay que ser perfecto? Cualquiera que mire honestamente su vida, verá caídas, fracasos y pecado cada día. ¿Cómo mantener, entonces, la esperanza en nuestra salvación? ¿Cómo no caer y darse por vencidos?

Lo que necesitamos entender como base son dos conceptos:

1- ¿Qué es el pecado y qué es ser pecador?

Cuando pensamos en el pecado y queremos definirlo, terminamos hablando de acciones como matar, robar o mentir. Esto no es incorrecto, desde luego. La Biblia nos dice que el pecado es infringir la ley de Dios (1 Juan 3:4), ya sea en actos o pensamientos (Mat. 5:21-22, 27-28). Pero con este enfoque corremos el riesgo de creer que son estas acciones o pensamientos pecaminosos los que nos hacen pecadores. Razonando así, si dejásemos de realizar aquellas acciones, entonces dejaríamos de ser pecadores y seríamos perfectos.

¿Recuerdas al llamado “joven rico” que aparece en la Biblia? Él le dijo a Jesús que había guardado todos los mandamientos desde su juventud (Mar. 10:17-30). También está la parábola del fariseo que subió a orar al templo y agradecía porque él no era como el publicano, sino que oraba y ayunaba (Luc. 18:9-14). Pablo mismo, al mencionar su pasado, escribió que “si alguien pudiera confiar en sus propios esfuerzos, ese sería yo”, “¡un verdadero hebreo como no ha habido otro! Fui miembro de los fariseos, quienes exigen la obediencia más estricta a la ley judía […] en cuanto a la justicia, obedecía la ley al pie de la letra” (Fil. 3:4-6, NTV). Pero con el tiempo descubrió que esos eran los frutos del pecado, y que el problema real del pecado es la naturaleza pecaminosa con la que nacemos (Sal. 51:5; Isa. 59:2).

Soy pecador y, como resultado, realizo acciones pecaminosas. Un manzano da manzanas, no peras. Por eso Jesús le dijo a Nicodemo que para ir al cielo es necesario “nacer de nuevo” (Juan 3:5-7). A la hora de enfrentar el pecado, el ser humano no tiene solución por sí solo (Jer. 2:22; 13:23).

La confesión de Romanos 7:15 al 25 (NTV) es muy significativa (y cercana a nuestra vivencia). Relata Pablo: “Realmente no me entiendo a mí mismo, porque quiero hacer lo que es correcto, pero no lo hago. En cambio, hago lo que odio… Yo sé que, en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago… He descubierto el siguiente principio de vida: que cuando quiero hacer lo que es correcto, no puedo evitar hacer el mal […] Amo la ley de Dios con todo mi corazón, pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente. Ese poder me esclaviza al pecado que todavía está dentro de mí. ¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? ¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor”.

2- ¿Cómo somos salvos?

Hay una realidad en la Biblia: el pecado da como resultado la muerte y, dado que todos pecamos, todos estamos condenados a morir (Rom. 6:23; 3:23). Pero a esta realidad nefasta se le suma otra, muy esperanzadora: “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Por eso, para salvarnos, Jesús vino a este mundo. Él nació y venció al pecado en cada etapa (Heb. 4:15). Ganó así el derecho a la vida eterna, el Cielo y todas las bendiciones de Dios.

La paga del pecado es la muerte, pero “el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús” (Rom. 6:23; 3:24). En el momento en que le entrego mi vida a Jesús, le pido que me perdone y sea mi Abogado ante el Padre, él se convierte en mi representante ante Dios (1 Tim. 2:5). Es la garantía de nuestra salvación, y nos invita a permanecer en él cada día como la única forma de poder vencer nuestra naturaleza pecaminosa y desarrollar en su lugar una nueva naturaleza (Juan 15:4-6; Jud. 24, 25; 1 Cor. 10:13).

La vida cristiana no carece de pruebas. Tenemos tentaciones y caídas. No obstante, si pecamos, no estamos condenados. Solo tenemos que volver a confesar nuestros pecados y seguir adelante, confiando en Jesús (1 Juan 2:1). Hay que recordar que él no solo es quien nos salva, sino también quien nos santifica (1 Cor. 1:30). Si mantenemos nuestros ojos fijos en Jesús (Heb. 12:1-2), y dedicamos tiempo cada día a aprender más de él, seremos transformados a su imagen (2 Cor. 3:18). Entonces, no vamos a correr tras una perfección humana ni vivir con desesperación y temor, porque confiamos en que “nuestro Dios, es un Dios que salva” (Sal. 68:20). Vamos a ir a la iglesia para encontrarnos y para adorar a este Dios de amor, que nos perdona y nos transforma cada día.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2021.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.

¿Fe o presunción?

¿Fe o presunción?

¿Fe o presunción?

Una reflexión sobre barbijos, pandemias y el cuidado de nuestra salud.

Durante la época de cuarentena, daba estudios bíblicos a través del teléfono. Al final de uno de esos estudios, me hicieron una pregunta que parece simple de responder, aunque su trasfondo deja entrever un tema más profundo. La pregunta era acerca de la fe. En medio de una situación de pandemia, y teniendo que salir a menudo por sus actividades, era común que mi interlocutor orara por la protección de Dios. La pregunta era si, después de haber orado por protección y salud, el uso del barbijo, el distanciamiento social y todas las demás normas que debía seguir no eran una demostración de falta de fe. Después de todo, él había pedido la protección divina.

Es importante comprender que el tema de fondo es la fe; qué es y qué no es. Si vamos a la Biblia, diremos que “la fe es la certeza de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos” (Heb. 11:1). Claramente, es una respuesta correcta. Pero, para ponerlo en palabras incluso más sencillas, fe es igual a confianza. En este caso, confianza en Dios, en su Palabra y en sus promesas. Toda la vida cristiana se sostiene en la fe. Es algo tan importante que en Hebreos 11:6 se nos dice que “sin fe es imposible agradar a Dios”.

Pero, el versículo no termina ahí; si continuamos leyendo Hebreos 11:6, veremos que agrega “porque el que se acerca a Dios necesita creer que él existe y que recompensa a quien lo busca”. Notemos aquí que el foco está en la búsqueda de Dios. Sin fe no se puede agradar a Dios, porque sin fe no hay relación con él. Por eso, Pablo escribió en Romanos 10:17 lo siguiente: “Así, la fe viene por oír, por oír la Palabra de Cristo”. La fe se nutre de la Palabra de Dios, confía en sus promesas. Lo contrario a la fe es la presunción; “sólo el que tenga verdadera fe se halla seguro contra la presunción. Porque la presunción es la falsificación satánica de la fe” (El Deseado de todas las gentes, p. 101).

Un ejemplo perfectamente claro de esto lo vemos en la segunda tentación de Cristo en el desierto. La Biblia lo registra así: “Después el diablo lo llevó a la santa ciudad, Jerusalén, al punto más alto del templo, y dijo: Si eres el Hijo de Dios, ¡tírate! Pues las Escrituras dicen: ‘Él ordenará a sus ángeles que te protejan. Y te sostendrán con sus manos para que ni siquiera te lastimes el pie con una piedra’ ” (Mat. 4:5, 6, NTV). Satanás le cita a Jesús el Salmo 91:11 y 12, y lo incita a demostrar su fe en Dios al saltar desde lo más alto del Templo. Esta acción, dice el enemigo, probaría su confianza en la protección del Padre y sus promesas registradas en la Biblia.

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La vida cristiana no está exenta de riesgos. Hay lugares en el mundo donde predicar de Jesús puede ser suficiente para que a uno le quiten la vida; solo basta contemplar la historia de los mártires para comprobarlo. Pero una cosa es cuando el riesgo y la amenaza vienen por cumplir la Palabra de Dios y otra muy distinta cuando nos ponemos en riesgo de manera voluntaria e innecesaria. Él desea que prosperemos en todo, y que tengamos salud, así como prospera nuestra vida espiritual (3 Juan 1:2).

Confiemos en cada promesa de la Biblia mientras hacemos todo lo que está en nuestras manos para cuidarnos.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.