¿Es necesario volver a la iglesia?

¿Es necesario volver a la iglesia?

¿Es necesario volver a la iglesia?

La vida espiritual después de Zoom.

“¿Tenemos que volver a reunirnos en la iglesia el sábado por la mañana, para el repaso de la lección? Es mucho más cómodo hacerlo por medio de Zoom, y después ver el sermón online. Puedo hacerlo desde mi cama mientras desayuno o almuerzo”.

Sí, el tema está instalado y fue motivo de debate en una reunión de jóvenes a la que asistí mientras reflexionábamos sobre cómo volver a la “normalidad” después de pasar meses en cuarentena.

Esta pregunta es muy válida (incluso si no hubiésemos padecido la COVID-19): “¿Por qué debería concurrir a la iglesia? No tengo amigos, la gente me mira mal, son todos hipócritas…” Y la lista puede seguir.

Separemos por un momento el tema de la pandemia, de los protocolos sanitarios y de las excepciones en general, y pensemos en cómo responderíamos a esta pregunta: ¿Debo ir a la iglesia? Después de todo, ¿no decimos siempre que la salvación es individual? Entonces, ¿para qué vamos a reunirnos en un lugar? Es probable que alguna vez te hayas preguntado lo mismo, o conozcas a alguien que lo esté pensando.

Algunas respuestas

Por eso, quiero invitarte a reflexionar brevemente sobre cuáles son las razones para congregarnos en la iglesia.

Empecemos por lo más simple: la iglesia no es un edificio; eso sería el templo. Pero la iglesia somos nosotros. La palabra “iglesia” viene del griego ekklesía, y se refiere a un grupo o comunidad. Por eso, Jesús declaró que “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mat. 18:20, NVI). Los discípulos constituían una iglesia al reunirse en las casas, en la sinagoga, junto al río o en las catacumbas. Los cristianos en los primeros siglos del cristianismo fueron perseguidos por su fe, y por eso no tenían otra opción más que reunirse donde pudieran hacerlo.

La Biblia habla de la iglesia como una comunidad de fe. Y esto no puede darse en soledad. El propósito de esta comunidad de fe es adorar a Dios (Juan 7:24) y predicar su Palabra y cumplir con la misión de predicar el evangelio a todo el mundo (Mat. 24:14).

Entonces, voy a la iglesia para ser parte de esta comunidad, para relacionarme con la hermandad, más allá de los defectos o las luchas que todos podamos tener.

Mucho más que una “juntada”

No sé cuál sea tu experiencia hoy, pero cuando vemos la descripción que hace la Biblia de los primeros cristianos podemos notar que para ellos participar en la iglesia era algo más que solo juntarse por dos horas un sábado: “Eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración” (Hech 2:42, DHH). No solo estudiaban la Palabra, sino también se relacionaban entre sí, compartían sus necesidades, oraban, sociabilizaban, se servían unos a otros (Gál. 5:13), soportaban las cargas de los demás (Efe. 4:2).

Podríamos decir que quizá no encontramos esto en nuestra iglesia, y por eso no queremos asistir. Pero tenemos el ejemplo de Jesús, quien tenía la costumbre de concurrir a la sinagoga todos los sábados (Luc. 4:16). Es interesante pensar que él asistía a la iglesia cada semana desde pequeño, donde seguramente le tocó experimentar varias de las cosas que hoy algunos usan como razones para no congregarse más. Pero Jesús siguió yendo, y se nos dice que debemos seguir sus pasos (1 Ped. 2:21).

Como bien mencionan algunos, la salvación es individual, ya que depende de nuestra relación personal con Dios (Efe. 2:8, 9); sin embargo, en el momento en que aceptamos a Jesús somos parte del “cuerpo de Cristo” (1 Cor. 12:27). Ya somos miembros de su iglesia, y todos los miembros son necesarios para su buen funcionamiento (12:14-20). Pablo declara que cada uno recibió de parte de Dios un don, dado a nosotros para ponerlo al servicio de la iglesia, es decir, de las personas que conforman nuestra comunidad de fe. Cuando todos los feligreses participan juntos, haciendo uso de sus dones, todos los miembros crecen en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios; maduran en el Señor, hasta llegar a la “plena y completa medida de Cristo” (Efe. 4:7-13). Es este el resultado final de que nos congreguemos, de que participemos en nuestras iglesias siendo “humildes y amables”, “pacientes unos con otros”, tolerando “las faltas por amor” (Efe. 4:2).

Un repaso general del libro de Hechos de los apóstoles o de las cartas paulinas nos ayudará a comprender que no existe la iglesia ideal, donde no haya conflictos. Basta mirar la propia iglesia de Jesús, con sus doce apóstoles, para que no queden dudas. Pero somos necesarios a fin de cumplir con nuestra función específica, para ayudar a los demás a desarrollarse, para que la iglesia crezca sana. Incluso si todavía no puedo definir cuál es mi don, incluso si no es lo más cómodo, “no dejemos de congregarnos, como lo hacen algunos, sino animémonos unos a otros, sobre todo ahora que el día de su regreso se acerca” (Heb. 10:25, NTV).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2021.

Escrito por  Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Morón, Argentina.

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

¿Para qué ir a la iglesia si igual sigo pecando?

Tus errores, aun los más terribles, tienen solución en Jesús.

Había crecido en la iglesia y se había graduado de un colegio adventista. Con sus luchas y sus idas y vueltas por la vida, un día terminamos sentados en la oficina para hablar. Ella tenía varias preguntas sin respuesta: ¿Qué pasa si peco después de bautizarme? Para salvarme, ¿necesito vivir sin pecar nunca? ¿Hay que ser perfecto? Cualquiera que mire honestamente su vida, verá caídas, fracasos y pecado cada día. ¿Cómo mantener, entonces, la esperanza en nuestra salvación? ¿Cómo no caer y darse por vencidos?

Lo que necesitamos entender como base son dos conceptos:

1- ¿Qué es el pecado y qué es ser pecador?

Cuando pensamos en el pecado y queremos definirlo, terminamos hablando de acciones como matar, robar o mentir. Esto no es incorrecto, desde luego. La Biblia nos dice que el pecado es infringir la ley de Dios (1 Juan 3:4), ya sea en actos o pensamientos (Mat. 5:21-22, 27-28). Pero con este enfoque corremos el riesgo de creer que son estas acciones o pensamientos pecaminosos los que nos hacen pecadores. Razonando así, si dejásemos de realizar aquellas acciones, entonces dejaríamos de ser pecadores y seríamos perfectos.

¿Recuerdas al llamado “joven rico” que aparece en la Biblia? Él le dijo a Jesús que había guardado todos los mandamientos desde su juventud (Mar. 10:17-30). También está la parábola del fariseo que subió a orar al templo y agradecía porque él no era como el publicano, sino que oraba y ayunaba (Luc. 18:9-14). Pablo mismo, al mencionar su pasado, escribió que “si alguien pudiera confiar en sus propios esfuerzos, ese sería yo”, “¡un verdadero hebreo como no ha habido otro! Fui miembro de los fariseos, quienes exigen la obediencia más estricta a la ley judía […] en cuanto a la justicia, obedecía la ley al pie de la letra” (Fil. 3:4-6, NTV). Pero con el tiempo descubrió que esos eran los frutos del pecado, y que el problema real del pecado es la naturaleza pecaminosa con la que nacemos (Sal. 51:5; Isa. 59:2).

Soy pecador y, como resultado, realizo acciones pecaminosas. Un manzano da manzanas, no peras. Por eso Jesús le dijo a Nicodemo que para ir al cielo es necesario “nacer de nuevo” (Juan 3:5-7). A la hora de enfrentar el pecado, el ser humano no tiene solución por sí solo (Jer. 2:22; 13:23).

La confesión de Romanos 7:15 al 25 (NTV) es muy significativa (y cercana a nuestra vivencia). Relata Pablo: “Realmente no me entiendo a mí mismo, porque quiero hacer lo que es correcto, pero no lo hago. En cambio, hago lo que odio… Yo sé que, en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago… He descubierto el siguiente principio de vida: que cuando quiero hacer lo que es correcto, no puedo evitar hacer el mal […] Amo la ley de Dios con todo mi corazón, pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente. Ese poder me esclaviza al pecado que todavía está dentro de mí. ¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? ¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor”.

2- ¿Cómo somos salvos?

Hay una realidad en la Biblia: el pecado da como resultado la muerte y, dado que todos pecamos, todos estamos condenados a morir (Rom. 6:23; 3:23). Pero a esta realidad nefasta se le suma otra, muy esperanzadora: “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Por eso, para salvarnos, Jesús vino a este mundo. Él nació y venció al pecado en cada etapa (Heb. 4:15). Ganó así el derecho a la vida eterna, el Cielo y todas las bendiciones de Dios.

La paga del pecado es la muerte, pero “el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús” (Rom. 6:23; 3:24). En el momento en que le entrego mi vida a Jesús, le pido que me perdone y sea mi Abogado ante el Padre, él se convierte en mi representante ante Dios (1 Tim. 2:5). Es la garantía de nuestra salvación, y nos invita a permanecer en él cada día como la única forma de poder vencer nuestra naturaleza pecaminosa y desarrollar en su lugar una nueva naturaleza (Juan 15:4-6; Jud. 24, 25; 1 Cor. 10:13).

La vida cristiana no carece de pruebas. Tenemos tentaciones y caídas. No obstante, si pecamos, no estamos condenados. Solo tenemos que volver a confesar nuestros pecados y seguir adelante, confiando en Jesús (1 Juan 2:1). Hay que recordar que él no solo es quien nos salva, sino también quien nos santifica (1 Cor. 1:30). Si mantenemos nuestros ojos fijos en Jesús (Heb. 12:1-2), y dedicamos tiempo cada día a aprender más de él, seremos transformados a su imagen (2 Cor. 3:18). Entonces, no vamos a correr tras una perfección humana ni vivir con desesperación y temor, porque confiamos en que “nuestro Dios, es un Dios que salva” (Sal. 68:20). Vamos a ir a la iglesia para encontrarnos y para adorar a este Dios de amor, que nos perdona y nos transforma cada día.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2021.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.

¿Fe o presunción?

¿Fe o presunción?

¿Fe o presunción?

Una reflexión sobre barbijos, pandemias y el cuidado de nuestra salud.

Durante la época de cuarentena, daba estudios bíblicos a través del teléfono. Al final de uno de esos estudios, me hicieron una pregunta que parece simple de responder, aunque su trasfondo deja entrever un tema más profundo. La pregunta era acerca de la fe. En medio de una situación de pandemia, y teniendo que salir a menudo por sus actividades, era común que mi interlocutor orara por la protección de Dios. La pregunta era si, después de haber orado por protección y salud, el uso del barbijo, el distanciamiento social y todas las demás normas que debía seguir no eran una demostración de falta de fe. Después de todo, él había pedido la protección divina.

Es importante comprender que el tema de fondo es la fe; qué es y qué no es. Si vamos a la Biblia, diremos que “la fe es la certeza de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos” (Heb. 11:1). Claramente, es una respuesta correcta. Pero, para ponerlo en palabras incluso más sencillas, fe es igual a confianza. En este caso, confianza en Dios, en su Palabra y en sus promesas. Toda la vida cristiana se sostiene en la fe. Es algo tan importante que en Hebreos 11:6 se nos dice que “sin fe es imposible agradar a Dios”.

Pero, el versículo no termina ahí; si continuamos leyendo Hebreos 11:6, veremos que agrega “porque el que se acerca a Dios necesita creer que él existe y que recompensa a quien lo busca”. Notemos aquí que el foco está en la búsqueda de Dios. Sin fe no se puede agradar a Dios, porque sin fe no hay relación con él. Por eso, Pablo escribió en Romanos 10:17 lo siguiente: “Así, la fe viene por oír, por oír la Palabra de Cristo”. La fe se nutre de la Palabra de Dios, confía en sus promesas. Lo contrario a la fe es la presunción; “sólo el que tenga verdadera fe se halla seguro contra la presunción. Porque la presunción es la falsificación satánica de la fe” (El Deseado de todas las gentes, p. 101).

Un ejemplo perfectamente claro de esto lo vemos en la segunda tentación de Cristo en el desierto. La Biblia lo registra así: “Después el diablo lo llevó a la santa ciudad, Jerusalén, al punto más alto del templo, y dijo: Si eres el Hijo de Dios, ¡tírate! Pues las Escrituras dicen: ‘Él ordenará a sus ángeles que te protejan. Y te sostendrán con sus manos para que ni siquiera te lastimes el pie con una piedra’ ” (Mat. 4:5, 6, NTV). Satanás le cita a Jesús el Salmo 91:11 y 12, y lo incita a demostrar su fe en Dios al saltar desde lo más alto del Templo. Esta acción, dice el enemigo, probaría su confianza en la protección del Padre y sus promesas registradas en la Biblia.

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La vida cristiana no está exenta de riesgos. Hay lugares en el mundo donde predicar de Jesús puede ser suficiente para que a uno le quiten la vida; solo basta contemplar la historia de los mártires para comprobarlo. Pero una cosa es cuando el riesgo y la amenaza vienen por cumplir la Palabra de Dios y otra muy distinta cuando nos ponemos en riesgo de manera voluntaria e innecesaria. Él desea que prosperemos en todo, y que tengamos salud, así como prospera nuestra vida espiritual (3 Juan 1:2).

Confiemos en cada promesa de la Biblia mientras hacemos todo lo que está en nuestras manos para cuidarnos.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.

¿Dónde está Dios?

¿Dónde está Dios?

¿Dónde está Dios?

Cuestionamientos válidos en medio del dolor.

Cuando experimentamos dolor o vemos el sufrimiento en otros, es común que se despierten en nosotros una serie de preguntas acerca de Dios: ¿Dónde está? ¿Podría él haber evitado lo que está pasando? Y, si es así, ¿por qué no lo evitó?

Estas no son preguntas fáciles de responder; sin embargo, merecen que las pensemos porque lo que se pone en tela de juicio ante el dolor es el amor de Dios y también su poder.

En los evangelios, encontramos que Jesús tuvo que enfrentar dos de estas serias preguntas durante su ministerio: “¿Dónde estabas?” y “¿Por qué lo permitiste?” Ambas se las hicieron cuando murió su amigo Lázaro. El relato es así: Lázaro está enfermo y sus hermanas envían un mensajero que llame a Jesús para que venga y lo sane (Juan 11). Es necesario entender que esta es una familia de fe, que ya ha visto milagros realizados por Cristo y que tenían una relación de profunda amistad con él.

Sobre la base de esa confianza que tienen con Jesús, no le piden nada, solo le informan que “aquel a quien amas está enfermo” (Juan 11:3). La fe de ellos es completa. Conocen a Jesús de manera personal. Pero Lázaro muere de todas maneras.

Después de varios días, Jesús llega a Betania; y las hermanas de Lázaro, Marta y María, salen a su encuentro. Ambas dicen lo mismo, casi a modo de reproche: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Juan 11:21, 32). Ante la situación, Jesús no da un discurso. En lugar de eso, Juan nos cuenta que “se estremeció en espíritu y se conmovió”, y deja testimonio de esto en uno de los versículos más cortos de todas las Escrituras: “Jesús lloró” (Juan 11:33, 35). La primera respuesta de Jesús nos demuestra que él no es indiferente al dolor y que, además, tiene un plan. Él sabe que está a punto de resucitar a Lázaro, que sus amigos van a estar felices por eso, y sin embargo llora porque los ama y se conmueve ante su dolor.
Elena White escribió: “Tal es la compasión de Cristo que nunca se permite a sí mismo ser un espectador indiferente de cualquier sufrimiento ocasionado a sus hijos. Ni la más leve herida puede ser hecha de palabra, intención o hecho que no toque el corazón de aquel que dio su vida por la humanidad caída […]. Cuando sufre un miembro de este cuerpo, con el cual Cristo está tan misteriosamente conectado, la vibración del dolor es sentida por nuestro Salvador” (El ministerio de la bondad, p. 26). Por eso, Jesús llora por la muerte de su amigo.

Las personas que estaban presentes, viendo sus lágrimas, dijeron entonces: “El que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber evitado que Lázaro muriera?” (Juan 11:37). En otras palabras: Si tenía el poder para evitarlo, ¿por qué lo permitió? Jesús no discute, no se justifica. El Evangelio registra que se conmueve una vez más; y acercándose al sepulcro, lo resucita. Pero, antes de hacerlo, declara: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Juan 11:25, 26).

Aunque Jesús se conmueve por la muerte de Lázaro y lo resucita, él sabe que esa no es la solución definitiva. Lázaro envejecerá y volverá a morir. La única respuesta definitiva ante el sufrimiento y el dolor humanos es la segunda venida de Cristo. Con sus palabras, Jesús trata de llevar la mirada de las personas hacia ese día. Al resucitar a Lázaro, espera que crean en que tiene el poder para darles vida eterna. ¿Por qué hay que esperar hasta el regreso de Jesús? La Biblia nos presenta que hay un conflicto entre dos poderes: El Reino de Dios, donde todo es paz y amor, sin sufrimiento ni dolor; y el de la muerte, donde esta domina y Satanás es quien la instiga.

Lamentablemente, desde la caída de Adán y Eva, este mundo quedó bajo el dominio del enemigo de Dios. Jesús mismo lo llama “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31; 14:30; 2 Cor. 4:4; 1 Juan 5:19). Por eso hay enfermedad, dolor y sufrimiento. Pero, no fuimos abandonados sin esperanza. La Biblia declara que Cristo vino a este mundo, “para destruir por medio de su muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Heb. 2:14). Vino a invitarnos a volver a ser parte de su reinado. Todo su mensaje, durante su ministerio público, giró en torno al Reino; sus parábolas comenzaban generalmente diciendo: “el Reino de los cielos es semejante a…” (Mat. 4:17; 13:24, 31, 44, 47; 18:1; 20:1; 22:2; 25:1, 14; Mar. 1:15; 4:26, 30).

Así como Adán y Eva, viviendo bajo el Reino de Dios, eligieron libremente ser parte del gobierno del enemigo, hoy nosotros, que estamos viviendo en este mundo fragmentado por el pecado y el dolor, podemos elegir ser parte del Reino de los cielos. Desde el momento en que aceptamos a Jesús, él reina en nuestra vida y ya somos parte de su Reino. Pablo dice que ya estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales (Efe. 2:6); Juan declara que ya tenemos la vida eterna (1 Juan 5:12, 13). Sin embargo, envejecemos, enfermamos, tenemos accidentes y morimos. ¿Por qué? Porque, aunque ya somos parte del Reino, todavía no estamos en su plena manifestación hasta que Cristo venga.

Entonces, cuando su Reino se consuma, “Dios enjugará toda lágrima de los ojos […] y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor” (Apoc. 21:4). Por eso, mientras estamos en esta vida, Jesús nos invita a orar cada día diciendo: “Venga a nosotros tu Reino” (Mat. 6:10).

Este artículo fue publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2020.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina

¿Amigos o no?

¿Amigos o no?

¿Amigos o no?

En nuestro encuentro pasado hablamos sobre la amistad entre cristianos y no cristianos, y nos preguntamos si era posible o debería evitarse. A continuación, resumiremos algunos de los conssceptos que mencionamos:

  • La amistad es un camino de dos vías, donde la influencia es inevitable.
  • Los fariseos eligieron alejarse de las personas que consideraban malas para no ser influenciadas por ellas.
  • Jesús no fue así. Él no rechazaba a las personas por causa de sus pecados. Su amistad tenía un objetivo claro: acercarlas al Padre, restaurar en ellas la relación con el Cielo.

En otras palabras, y considerando lo anterior, debemos ser sabios al elegir nuestras amistades, pero también debemos considerar la misión que tenemos de ser luz del mundo y sal de la Tierra (Mat. 5:13, 14).

Jesús, en su oración al Padre, dijo que, si bien no somos del mundo, él no pedía que seamos sacados del mundo sino guardados de él (Juan 17:15-17). Jesús mismo fue cuestionado por algunas de las personas con las que se asociaba: cuando fue a la fiesta en casa de Leví Mateo (Mar. 2:15-17); con la mujer samaritana (Juan 4:27); cuando dejando a la multitud que lo seguía se fue a comer a casa de Zaqueo (Luc. 19:5-7); por mencionar algunos casos.

En cada ocasión, Jesús usó su amistad para influenciar de manera redentora a las personas con las que se relacionaba. Nuestra amistad, por el mismo principio de influencia, debe ser una bendición para nuestros amigos.

Pero eso solo será posible si somos amigos de acuerdo con la visión de Dios y no de la sociedad. ¿Cuáles son entonces las características de un amigo cristiano según la Palabra de Dios?

En primer lugar, como principal característica, está el amor incondicional. El amor es el impulso que lleva a todo lo demás. Pero hay dos tipos de amor diferentes:

Uno nos impulsa a acercar a las personas a Dios. Es un amor que:

  • Guía a sus amigos por el buen camino (Prov. 12:26).
  • No traiciona la confianza que le fue dada (Prov. 16:28).
  • Perdona las faltas y los errores de sus amigos, aunque estos se repitan (Prov. 17:9; Mat. 18:22).
  • No se aparta en los momentos difíciles (Prov. 17:17).
  • No es violento ni agresivo (Prov. 22:24, 25).
  • Escucha y aconseja (Prov. 27:9).
  • Ayuda a mejorar el carácter, confrontando las decisiones de sus amigos, advirtiéndoles claramente cuando algo está mal (Prov. 17:5, 6; 27:17).
  • Trata a los demás como espera ser tratado (Luc. 6:31).
  • Respeta las opiniones, las decisiones y las acciones (Rom. 12:10).
  • Ayuda a llevar las cargas, se involucra de forma real. No teme compartir sus alegrías ni su dolor (Gál. 6:2; Rom. 12:15).
  • Está dispuesto a dar su vida por sus amigos (Juan 15:13).
    Ama a sus amigos, incluso cuando estos se alejan de Dios (Job 6:14).
  • Ora por sus amigos (Efe. 1:15, 16).
  • Habla de Dios “a sus compañeros” (Mal. 3:16, NBV).
  • Este amor de un amigo es una influencia positiva que refleja el amor de Dios por las personas.

Lamentablemente, hay también otro tipo de “amor” que es destructivo. Elena de White lo expresa de la siguiente manera:

“Hay un elemento llamado amor que nos enseña a alabar y halagar a nuestros semejantes y a no decirles fielmente el peligro que corren, y a no amonestarlos y aconsejarlos para su bien. Este amor no proviene del Cielo. Nuestras palabras y nuestras acciones deberían ser serias y fervientes, especialmente ante los que descuidan la salvación de su alma […]. Si nos unimos con ellos en liviandad, vulgaridad y búsqueda del placer, o en cualquier hecho que desplace la seriedad de la mente, les estamos diciendo constantemente con nuestro ejemplo: ‘Paz, paz; no os perturbéis. No hay razón para que os alarméis’. Esto es como decirle al pecador: ‘Todo te saldrá bien’ ” (A fin de conocerle, ver cita online en su contexto).

Si tenemos una relación real con Cristo, si lo ponemos en primer lugar por medio de la oración y del estudio diario de su Palabra, entonces su amor se verá reflejado en todas nuestras amistades.

Tendremos un tipo de amor que no calla cuando ve a quienes ama en peligro. No tendremos vergüenza ni temor de hablarles de nuestra fe. Tampoco dejaremos de amarlos o ayudarlos en momentos de necesidad, incluso aunque ellos se distancien de nosotros por causa de nuestra fe.

Ese fue el ejemplo de Jesús.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2020.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata.

¿Amigos o no?

¿Amigos o no?

¿Amigos o no?

¿Pueden un cristiano y un no cristiano ser mejores amigos?

Juan y Gabriel habían sido amigos desde pequeños, estudiaron juntos durante la escuela primaria, e incluso iban a la misma iglesia. Cuando llegaron a la secundaria, Gabriel tuvo la oportunidad de ir a un colegio cristiano con internado. En ese lugar encontró nuevos amigos, participó de un grupo misionero que trabajaba con niños en un merendero, disfrutó de las clases de Historia Sagrada y de cada semana de oración. Al llegar las vacaciones, volvió a su casa feliz porque volvería a ver a su amigo. Sin embargo, al llegar, sus padres le dijeron que en ese tiempo Juan había abandonado la iglesia. Le prohibieron juntarse con él porque temían que fuese una mala influencia. Ahora Gabriel estaba en mi oficina preguntándome por qué no podía seguir siendo amigo de Juan solo porque él ya no creía en Dios.

¿Puede un cristiano sincero tener amigos que no lo sean? ¿Podemos relacionarnos de la manera más profunda con alguien que no comparte nuestra fe sin correr riesgos? ¿Pueden un cristiano y un no cristiano ser mejores amigos? Antes de saltar a alguna conclusión, vamos a repasar varios conceptos que son importantes.

La amistad es uno de los vínculos más profundos y significativos que existen, dado que no está impuesta por ningún lazo familiar, sino que se basa en la elección de dos personas.

El cumplimiento del propósito divino para mi vida y la eternidad se ve afectado por las amistades que tengo. Jesús nos dice que en la vida solo hay dos caminos que podemos elegir: el angosto o el ancho, el que lleva a la vida eterna o el que se aleja de Dios (Mat. 7:13, 14). Por su parte, San Pablo dice lo siguiente, al respecto: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Qué armonía hay entre Cristo y el diablo? ¿O qué parte tiene el creyente con el incrédulo?” (2 Cor. 6:14, 15).

Aunque no siempre lo tengamos presente, la Biblia nos declara que todas las personas en este mundo estamos bajo la influencia de uno de dos poderes: el Espíritu de Dios o el enemigo de Dios. No significa que un amigo no creyente realice acciones conscientes para apartarnos de nuestra fe, pero sí que puede ser usado como un canal por el enemigo. Al mismo tiempo, nosotros podemos ser usados por Dios para alcanzarlos, y esto debería ser de manera consciente.

¿Debemos entonces plantearnos rechazar la amistad de los no creyentes? O, ¿debemos cuestionarnos cuál es nuestro rol e influencia en su vida, y por qué representan para nosotros un riesgo tales compañías? (Sant. 1:14, 15). El tipo de influencia que tendré sobre los demás, y cómo me afectarán a mí, dependerá de mi conexión real con Dios.

El mejor ejemplo de cómo ser amigos con los no creyentes lo encontramos en Cristo: “El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces les decía: Seguidme” (Elena de White, Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 511). En cada caso, Jesús buscó establecer con ellos una amistad perfecta o virtuosa, buscando su redención (Juan 15:13). Si yo tengo un amigo, alguien a quien quiero mucho, es imposible no desear su salvación. Si no hago nada para que mi amigo conozca a Jesús, entonces yo soy la parte que está fallando.

La amistad es un camino de dos vías: tanto Juan como Gabriel ejercerían influencia uno sobre el otro, de manera consciente e inconsciente. Esto nos deja otra pregunta: ¿Qué es lo que hay en mi corazón y cómo afecta a mis amigos? En nuestro próximo encuentro nos dedicaremos a analizar cuál es la radiografía de un amigo según la visión de Dios y cómo deberíamos actuar si queremos ser una bendición para nuestros amigos.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2020.

Escrito por Santiago Fornés, Lic. en Teología y capellán en el Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.