Un camino más excelente

Un camino más excelente

¿Habla la Biblia de un “don de lenguas”? ¿Qué significa eso?

Tal vez durante mucho tiempo hayas escuchado hablar sobre la importancia del Espíritu Santo en la vida de la iglesia. Jesús dedicó buena parte de sus palabras finales para resaltarlo (Juan 14-16). Expresiones como “sellamiento”, “transformación”, “unción” y “bautismo” se asocian frecuentemente al Espíritu Santo, pero no siempre son explicadas. Algunos de mis alumnos habían escuchado mencionar que el “don de lenguas” era la prueba definitiva de todas estas palabras, y querían saber sobre su significado.

El “don de lenguas” es considerado por muchos cristianos como una referencia a la capacidad de hablar lenguas extrañas, angelicales, desconocidas para el ser humano, y que suele manifestarse en la oración, la alabanza o la predicación.

Creen sinceramente que este don es la prueba máxima de la presencia del Espíritu Santo, tomando como ejemplo lo que sucedió en la fiesta de Pentecostés (Hech. 2). Sin embargo, un análisis de los pasajes bíblicos donde este don se manifiesta nos deja entrever otra realidad mucho más comprensible.

Primero, debemos ubicarnos en el contexto en que se da. Según el relato de Hechos, habían pasado solo diez días desde que Cristo ascendiera a los cielos, y la iglesia había recibido la gran comisión de predicar el evangelio “a todas las naciones” (Mat. 28:19; Mar. 16:15; Luc. 24:47; Hech. 1:8).

Son 120 discípulos que están orando en el Aposento Alto. Se podrían estar preguntando: ¿cómo predicar el evangelio a todo un mundo con tantos idiomas diferentes?

Jesús les dijo a los discípulos que debían esperar en Jerusalén hasta recibir la promesa del Espíritu Santo, y entonces tendrían poder: “Y estas señales seguirán a los que crean: en mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes en su mano, y, aunque beban cosa mortífera, no les dañará. Sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán” (Mar. 16:17, 18).

El objetivo detrás de todos estos dones es la protección de los discípulos y la conversión de sus oyentes. El fin es práctico y es misionero.

Pablo declara que no todos recibimos los mismos dones, por lo cual no se puede considerar a uno determinado como la señal definitiva de tener al Espíritu (1 Cor. 12:27-31).

Y concluye presentando un “camino más excelente”, diciendo: “¡Que el amor sea su meta más alta!” (14:1 NTV). Más que la manifestación exterior de cualquier otro don, que hasta cierto punto puede ser falsificado (Mat. 7:21-23), son los “frutos del Espíritu” (Gál. 5:22, 23) los que demuestran la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Cuáles son? Toma nota: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2019.

Escrito por Santiago Fornés, capellán del Instituto Adventista de Mar del Plata, Buenos Aires, República Argentina.

Imperdonable

Imperdonable

¿Cuál es el pecado que nunca se puede perdonar?

Acostumbrados a las innumerables referencias al amor de Dios, es común sorprenderse y preocuparse al leer en la Biblia la mención de un “pecado imperdonable”. Inmediatamente surgen las preguntas: “¿cuál es este pecado?”, “¿por qué es imperdonable?”, “¿lo habré cometido yo?”

Me gustaría comenzar por señalar que, si sentimos una preocupación real por el estado de nuestra relación con Dios, entonces lo más probable es que no hayamos cometido el pecado imperdonable, porque en ese caso, no nos importaría. Pero analicemos lo que la Biblia enseña al respecto.

La mención al “pecado imperdonable” la hizo el propio Señor Jesucristo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. El que hable contra el Hijo del Hombre será perdonado; pero el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mat. 12:31, 32).

Lo primero que hemos de notar es que este pecado se relaciona con el Espíritu Santo, es una acción en su contra. Cuando Jesús declara, los fariseos lo estaban acusando de realizar milagros por el poder de los demonios en lugar de por el Espíritu de Dios (Mat. 12:22-30). Rechazaban así la obra que hacía el Espíritu Santo con el fin de convencerlos de que Jesús era el Mesías prometido.

Convencernos de pecado y testificar a cada uno de nosotros de la necesidad de arrepentirnos es la obra del Espíritu (Juan 16:8). “Cualquiera que sea el pecado, si el alma se arrepiente y cree, la culpa queda lavada en la sangre de Cristo; pero el que rechaza la obra del Espíritu Santo se coloca donde el arrepentimiento y la fe no pueden alcanzarlo” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 289). Por eso se nos advierte: “Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Heb. 4:7).

La blasfemia contra el Espíritu es, entonces, la resistencia a su obra, rechazar esa invitación a arrepentirnos, persistir en el pecado. No se trata de un acto específico, sino de la permanencia en la misma actitud, el rechazar la acción del Espíritu. El pecado endurece el corazón de quienes lo practican (Heb. 3:12, 13). Esto es lo que lo vuelve imperdonable, el hecho de que la persona no siente la necesidad o el deseo de arrepentirse.

En resumen, no hay necesidad de tener miedo, solo debemos seguir el consejo de la Palabra de Dios: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cerca. Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar” (Isa. 55:6, 7, LBLA).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2019.

Escrito por Santiago Fornés, capellán del Instituto Adventista de Mar del Plata, Buenos Aires, República Argentina.

Servir siempre fue el plan

Servir siempre fue el plan

¿Cuál es el propósito de mi vida?

Hay una pregunta que yace en el inconsciente de todas las personas. Una pregunta detrás de todas las demás. Una pregunta que he oído formular a grandes y a chicos por igual, ya sean alumnos, docentes o padres: ¿Hay un plan para todo esto? Dios ¿tiene un propósito para mí?

La Biblia es enfática al afirmarlo: “Yo sé los planes que tengo para vosotros –dice el Señor–, planes de paz y no de mal, para daros un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11). Es importante notar que, en el contexto de un mundo de dolor (y puedes poner aquí lo que sea que te esté afectando: el divorcio de tus padres, una enfermedad, el final de una relación, la falta de amigos, etc.), donde el destino final pareciera ser la muerte, el plan de Dios tiene como objetivo darnos “un futuro y una esperanza”.

Sí, hay un plan. Ahora, ¿por qué debería seguirlo? Después de todo, yo puedo tener mi propio plan para mi vida. La respuesta de Dios a esto se encuentra en Isaías 55:8 y 9: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos –dice el Señor–. Como es más alto el cielo que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”. Y nos advierte en Proverbios 14:12: “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero al fin conduce a la muerte”. Y, de eso se trata el plan de Dios: salvarnos de la muerte. Por eso presenta su plan en contraste con cualquier otra opción como si se eligiera entre dos caminos, con dos futuros posibles, la vida o la muerte (Deuteronomio 30:19, 20).

Cuando en esta vida, a pesar de sus luchas y dificultades, pongas tus intereses, tus dones y tus capacidades al servicio de Dios y de las personas, vas a estar cumpliendo con el gran propósito de tu vida. Digamos junto con David: “El Señor cumplirá en mí su propósito. Tu gran amor, Señor, perdura para siempre; ¡no abandones la obra de tus manos!” (Salmo 138:8 NVI).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2019. Escrito por Santiago Fornés, capellán del Instituto Adventista de Mar del Plata, Buenos Aires, República Argentina.

No estoy interesado

No estoy interesado

¿Por qué tengo que prepararme para ir al cielo?

¿Alguna vez te preguntaste por qué ir al cielo? Al principio, la pregunta nos toma por sorpresa; parecería ser obvia la respuesta, pero no lo era para el joven que la estaba formulando. ¿Por qué ir al cielo? ¿Qué de interesante tiene para mí?

Por mucho tiempo se ha presentado una idea errónea sobre el cielo: si hay que aceptar que la eternidad es estar acostado sobre una nube blanca tocando un arpa, pocos quisieran ir. No suena muy interesante, ¿verdad? Para otros, la principal razón para ir es el miedo al infierno, un concepto totalmente erróneo que se introdujo en el cristianismo siglos atrás.

Pero ¿qué dice la Biblia sobre el cielo? ¿Qué nos dirían los apóstoles y los profetas si les preguntáramos al respecto? Observa algunas características.

  • Es tan maravilloso que las palabras no alcanzan para describirlo. Ni siquiera somos capaces de imaginarnos todas las cosas que Dios tiene preparadas para quienes lo aman (1 Cor. 2:9).
  • Volveremos a ver a nuestros seres queridos (1 Cor. 15:52).
  • El cielo será en la Tierra, pero completamente renovada. No habrá necesidad de dormir nunca. No habrá noche, porque la gloria de Dios ilumina siempre la ciudad. No tendremos cansancio. La ciudad estará cubierta de joyas y piedras hermosas (Apoc. 21:1-12).
  • El Edén estará totalmente restaurado, y podremos comer el fruto del árbol de la vida (Apoc. 22:1, 2).
  • No habrá más muerte, ni llanto, ni dolor (21:4).
  • Las personas harán planes, edificarán, trabajarán, cumplirán sus sueños. Los animales convivirán en paz con las personas y unos con otros (Isa. 65:21-25). No habrá más enfermos (33:5, 6).
  • Además, en su libro La Segunda Venida y el cielo, Elena de White escribe lo siguiente:
  • Podremos continuar con el estudio y el aprendizaje de los grandes misterios del Universo, teniendo a Dios como Maestro (pp. 139, 141).
  • Todas nuestras dudas, todos nuestros grandes interrogantes durante esta vida, hallarán respuesta, y lo que hoy nos parece oscuro será claro como el día (p. 143).
  • Todas nuestras habilidades y talentos podrán desarrollarse ilimitadamente. No solo será un crecimiento espiritual, sino mental, físico y social. Se cumplirán nuestros sueños, se realizarán nuestras mayores ambiciones (p. 145).
  • Todas estas son razones válidas, son motivos por los cuales quisiéramos ser parte del cielo:
  • Volver a ver a nuestros seres queridos que hoy ya no están con nosotros.
  • Vivir para siempre, sin más sufrimientos y en paz.
  • Pero todo esto no es suficiente; el cielo es mucho más que un lugar, por más maravilloso que sea. Tiene una razón más.

¿Alguna vez te reencontraste con alguien a quien querías mucho, luego de un largo período? El cielo es un reencuentro con nuestro mejor Amigo.

Por eso Pablo afirma que todos “nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo” (Fil. 3:20).

Si no amamos a Jesús, si no anhelamos recibirlo, el cielo nunca será cielo, sin importar cuántas cosas lindas tenga. Ojalá podamos decir junto al salmista: “¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra” (Sal. 73:25, NVI).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2019. Escrito por Santiago Fornés, capellán del Instituto Adventista de Mar del Plata, Argentina.