¿Personas dispuestas o personas perfectas?

¿Personas dispuestas o personas perfectas?

¿Personas dispuestas o personas perfectas?

Pensar que lo que tienes para dar a Dios es insignificante roba tu boleto en primera fila para presenciar un milagro.

Al principio, les dije que no. Cuando me invitaron a formar parte de la Radio Adventista de Londres, pensé que era una idea terrible. Aunque me encanta la radio y hablo inglés como segunda lengua, yo estaba convencida de que otra persona podía hacerlo mejor y que estaba siendo “humilde”. 

Es fácil enfrentarnos a un desafío y convencernos de que lo que tenemos para dar es absolutamente insignificante. Sin embargo, esta manera de pensar nos paraliza y nos roba nuestra entrada, nuestro boleto en primera fila para presenciar un milagro. Cuando miramos la vida a través de una lente comparativa, pensamos que solo los aportes o las voces perfectas tienen valor. Pero la Biblia nos enseña que el significado de una vida, o el impacto de una ofrenda, no dependen de su tamaño o perfección. 

Probablemente había cerca de quince mil personas aquel anochecer, cansadas y hambrientas. Estaban demasiado lejos de la ciudad como para ir a comprar, y además hubiera costado una verdadera fortuna (el sueldo de más de seis meses de trabajo) conseguir alimentos para todos. Entonces, Andrés dijo: “Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?” (Juan 6:9 RVR). No solo la cantidad era absolutamente ridícula e insignificante, sino también la calidad de esa vianda. La cebada era el cereal de los pobres. En aquel tiempo, se lo consideraba poco nutritivo y más apto para alimentar animales que personas. En otras palabras, la comida de este niño pobre no podría haber ser menos adecuada para satisfacer las necesidades de la multitud. Sin embargo, ¡fue exactamente eso lo que Jesús usó! 

Estoy convencida de que, entre esas quince mil personas, había otro muchacho con mejores restos de su vianda, o una mujer con una baguette escondida en la cartera. Pero tal vez creyeron que lo que tenían para dar no era suficiente.

Y, como permitieron que el miedo y la comparación los neutralizara, se perdieron de ser los protagonistas del milagro. Jesús no necesita personas perfectas, sino personas dispuestas. El significado y el impacto de nuestra vida no dependen del tamaño de lo que tenemos para dar, sino de Aquel que lo bendice y multiplica.

Trabajé para la Radio Adventista de Londres casi tres años, y aunque fue un desafío enorme, también fue una gran bendición. En uno de mis últimos proyectos, tuve la oportunidad de grabar una serie de estudios bíblicos de Apocalipsis con el pastor Sven Ohman. Oyentes de diferentes partes del mundo nos contactaron para compartir sus impresiones acerca del programa, muchos de los cuales hablaban inglés como segunda lengua. Fue interesante descubrir que mi acento no nativo era una bendición para ellos, porque lograban comprenderlo mejor que al acento británico. Lo que yo pensé que me descalificaría para servir fue exactamente lo que Dios usó para su gloria. 

Al tiempo, el pastor Sven falleció repentinamente. Aunque todos estábamos muy entristecidos, su esposa me agradeció que hubiéramos grabado la serie de estudios bíblicos, porque así ella podría volver a oír su voz. ¡No hay cómo medir el impacto de un acto de fe y obediencia que Dios bendice! 

Un día, mientras leía la Biblia, me encontré con un versículo conmovedor: “A todos les hablaré de tu justicia; todo el día proclamaré tu poder salvador, aunque no tengo facilidad de palabras” (Sal. 71:15 NTV, énfasis agregado). Yo quería que mi pronunciación fuera perfecta; y mis palabras, elocuentes (para que la gente me entendiera… pero también para que me elogiara). Sin embargo, Dios tenía otras prioridades, porque para él las pequeñas ofrendas que da un corazón sincero se multiplican hasta que sobreabundan.

Este artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres.

Muchísimo que desaprender

Muchísimo que desaprender

Muchísimo que desaprender

En este año nuevo, inicia el proceso del desaprendizaje.

Días atrás, conversaba con un amigo al que respeto mucho por su profundidad intelectual y emocional. Yo le contaba sobre las imágenes negativas acerca de Dios que he tenido que desaprender a través de los años, y otras ideas a las que he tenido que renunciar. “¿Es posible educar a un niño de tal manera que no tenga que desaprender al crecer?”, le pregunté. Con su honestidad y afecto usual, me contestó: “Probablemente, no. Simplemente, dile que la vida se trata tanto de aprender como de desaprender. Dile que no tenga miedo de seguir avanzando”.

¿Qué tan bueno eres para desaprender? No se trata de olvidar, ni tampoco es lo contrario de aprender. Desaprender es animarse al cambio. Es dejar atrás las herramientas desafiladas que ya no nos sirven, es atreverse a modificar nuestra manera de pensar. A veces, desaprender me hace sentir feliz y entusiasmada como una niña; como si estuvieran a punto de comprarme un par de zapatos nuevos porque los viejos ya me quedan chicos. Otras veces, sin embargo, es como descubrir que hay un trozo de papel higiénico pegado a mi zapato.

¿Cuánto hace que ese error viajaba como polizonte adherido a mi suela? ¿Lo habrá visto todo el mundo? ¡Qué ganas de cavar un hoyo y convertirme en topo!

El proceso de desaprendizaje y reaprendizaje puede ser lento y gradual, tal como la primavera le gana al invierno, de a un brote a la vez. Otras veces llega repentinamente, con una sola bofetada de realidad. Pero, ya sea que me llene de asombro por lo que me espera, o de miedo por el confort que dejo atrás, estoy aprendiendo a apreciar el proceso. La vida no se trata de tener razón; se trata de ser valiente y de continuar aprendiendo. Nuestras seguridad y valor como personas se encuentra en Dios, no en tildar una lista de ideas correctas. Cuando nos olvidamos de esto, el hecho de “tener la razón” se convierte en una adicción, en un escudo para defender nuestra autoestima y nuestro sentido de identidad. Entonces… ¿te imaginas lo que sucedería si comprendiéramos que el desaprendizaje no es nuestro enemigo y que no va a destruirnos?

Me gusta la forma en que Elena de White describe este proceso: “Tenemos muchas lecciones que aprender, y muchísimas que desaprender. Solo Dios y el cielo son infalibles. Se chasquearán los que creen que nunca tendrán que abandonar una opinión acariciada, que nunca se les presentará la ocasión de cambiar su punto de vista” (Mensajes selectos, t. 1, p. 42, énfasis agregado).

Aunque hay mucho que aprender, ¡hay mucho más que desaprender! Necesitamos hacer espacio para lo nuevo, como quien organiza un ropero y regala la ropa que le queda chica. Honestamente, también nos tocará deshacernos de alguna prenda que todavía nos queda bien y que nos gusta mucho, pero que ya no es apropiada. No seamos “acumuladores intelectuales”, soltemos lo que ya no nos sirve. Tengamos fe en que algo mejor vendrá. Sigamos avanzando; ¡desaprender es cosa de valientes!

La vida no es un examen en el que nos dan más puntos por la cantidad de respuestas correctas que sabemos. Cuando nos equivocamos, Dios no nos ama menos; cuando acertamos, no valemos más. La vida es una aventura de fe y coraje. La humildad es la brújula y la presencia de Dios es el norte, el referente inamovible que nos guía. Vamos a tener que avanzar, retroceder y dar vueltas. La marea va a subir, y también va a bajar. Vendrán días soleados de certidumbre, y también tormentas de dudas. Pero, todo ese proceso tiene valor, cada parte es importante. En tanto estemos dispuestos a aprender, desaprender y reaprender, la experiencia nos traerá mayor y mayor libertad (Juan 8:32).

No tengamos miedo de seguir avanzando. ¡Desaprender es cosa de valientes!

Este artículo ha sido adaptado de la edición impresa de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2022.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina pero vive y trabaja en Londres.

¡No vale perrito guardián!

¡No vale perrito guardián!

¡No vale perrito guardián!

Tal vez, Dios valora mucho más nuestra valentía que nuestra eficacia.

Resulta que jugar a “la escondida” nos enseñó más de lo que creíamos. El juego era realmente divertido si al que le tocaba contar recorría el parque o el patio entero buscando a sus compañeros, pero no lo era si se quedaba parado al lado de la pared, vigilándola cual can. Por eso, todos los niños sabíamos una regla básica de “la escondida”: “¡No vale perrito guardián!”.

Obviamente, alejarse de la pared (también llamada “la piedra”) implicaba correr riesgos. Alguien podía correr más rápido que el buscador, tocar la pared y declarar: “Piedra libre para todos mis compañeros”. Si esto sucedía, le tocaría contar de nuevo. Sin embargo, en la vida –como en el juego de “la escondida”–, las cosas se ponen más interesantes cuando estamos dispuestos a correr ciertos riesgos.

Dios no espera que elijamos siempre la opción más segura en términos humanos. ¡No sé de donde sacamos esta idea! El siervo malo de la parábola cavó un pozo y enterró el dinero que había recibido. Aunque esta opción garantizaba que no perdería ni una sola moneda, al regresar su señor le dijo: “Siervo malo y negligente” (Mat. 25:25). ¿Alguna vez te preguntaste por qué el siervo decidió no correr ningún riesgo? De acuerdo con sus propias palabras, actuó motivado por el miedo que sentía de su señor (Mat. 25:24, 25).

Como dice el autor estadounidense John Eldredge: “La cantidad de riesgos que estás dispuesto a correr en tu vida es reflejo directo de lo que piensas acerca de Dios”. Así que, te pregunto: ¿qué imagen tienes acerca de Dios? Si en el fondo crees que Dios es severo o tacaño, vas a sentir una gran aversión al riesgo, como el siervo de la parábola. Sin embargo, ¿qué sucedería si realmente comprendiéramos la profundidad de la generosidad de Dios y los riesgos que toma por amor a nosotros?

Dios nos creó libres, con la posibilidad de rechazarlo. Cuando pecamos, corrió un enorme riesgo al enviar a Jesús. Jesús tampoco se aferró a su divinidad como a una manta de seguridad, sino que se humilló a sí mismo, siendo vulnerable y obediente hasta la muerte en la cruz (Fil. 2:6-8). Por amor, Dios no economiza en riesgos. Él no está calculando qué es lo menos que puede hacer para salvarnos; sino que, con una generosidad y un abandono completo, vuelca el cielo para bendecir a la Tierra. ¡Así es Dios y fuimos creados a su imagen! Debemos tomar riesgos sabios por la causa de Dios. Cederle terreno al perfeccionismo nos inmoviliza y esclaviza. Pero, ¿y si resulta que Dios valora mucho más nuestra valentía que nuestra eficacia? ¿Qué tal si correr riesgos, avanzando por fe (teniendo presente que podemos equivocarnos), es justamente lo que nos lleva a permanecer dependientes de Dios?

Después de andar por el desierto por cerca de tres años, los israelitas atisbaron Canaán. ¡Ya casi podían tocar la tierra prometida con las puntas de los dedos! Para planear la conquista, enviaron doce espías a reconocer la tierra. Sin embargo, al regresar, diez de ellos los convencieron de que avanzar no era seguro. El pueblo de Israel idolatraba a tal punto esa “seguridad” que inclusive quisieron buscar a un nuevo líder que los llevara de vuelta a Egipto (Núm. 14:3). ¡Preferían la esclavitud de lo conocido al riesgo de lo desconocido! En Cades Barnea su cobardía y rebeldía selló su destino. Todos ellos, a excepción de Josué y Caleb, morirían sin entrar en la tierra prometida. ¡La nación entera malgastaría cuarenta años vagando por el desierto! “¿Qué sucede cuando el pueblo de Dios no escapa del cautivante encanto de la seguridad? ¿Qué sucede si intentan vivir sus vidas en el espejismo de la seguridad? La respuesta es: vidas malgastadas”, escribió John Piper. “El pueblo estaba borracho del sueño de la seguridad mundanal. E intentaron apedrear a Josué y a Caleb. El resultado fueron miles de vidas y años malgastados”.

No podemos vivir vidas plenas, siguiendo a Jesús, sin correr riesgo alguno (Luc. 14:25-33). Por supuesto, no se trata de ser temerarios, ni de tener complejo de héroes; sino de comprender que en la fe y en el amor siempre correremos riesgos. Peor que equivocarse, es nunca intentar. Mucho peor que fracasar es llegar al borde de la tierra prometida, allí donde casi podemos alcanzar nuestros sueños, y no animarse a avanzar. La verdadera seguridad no es la ausencia de peligro, sino la presencia de Jesús. Por eso, recuerda: ¡no vale perrito guardián!

 Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2021.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres.

Pide lo que realmente quieres

Pide lo que realmente quieres

Pide lo que realmente quieres

Tal vez Dios quiera darte exactamente eso que soñabas.

Varios meses atrás, fui al centro de Londres a realizar unos trámites. Como la estación del tren que me lleva a Londres no queda muy lejos de mi casa, monté en mi bicicleta roja y pedaleé hasta allí. Al llegar, la aseguré bien en el estacionamiento para bicicletas de la estación, que es muy moderno y hasta tiene cámaras de seguridad. Pero, ya sabes lo que sucedió, ¿no? Cuando regresé, mi bicicleta se había evaporado… junto con cualquier noción de que “estas cosas no pasan en el primer mundo”. Para colmo, yo acababa de perder mi trabajo en medio de la crisis de la pandemia del coronavirus, y no tenía dinero para una bicicleta nueva.

Llegué a casa agotada, pero entonces sonó el teléfono. Era Douglas, mi “abuelo adoptivo”. En cuanto le conté, me dijo: “Yo te voy a comprar una nueva”. Le agradecí la oferta, pero inmediatamente me sentí culpable y avergonzada, ya que me parecía mal hacerle “malgastar” su dinero en mí. Lo fui postergando durante varios meses, diciéndole que tal vez la policía encontraría mi bicicleta, o que era mejor que compráramos una usada. Finalmente, Douglas dijo: “Mañana vamos a ir a tal negocio a comprar tu bicicleta”.

La noche anterior ingresé al sitio web del negocio y vi una bicicleta hermosa, de estilo antiguo, con asiento de cuero y canasta al frente. Fue amor a primera vista… ¡o al menos hasta que vi el precio! Decidí ir al negocio y no decir nada, pensando que sería más “humilde” permitir que Douglas escogiera la que le pareciera mejor a él. Cuando entramos en el negocio, él sugirió que tomáramos unos minutos para ver todos los modelos. De pronto, Douglas señaló una bicicleta y me dijo: “¡Esa! ¿Te gusta?” Mi corazón dio un vuelco. ¡Era exactamente la que yo quería! Douglas la compró inmediatamente, sin preocuparse en lo más mínimo por el precio.

Debo admitir que, a menudo, trato a Dios de la misma manera. Actúo como si conformarme con menos y tener sueños más prácticos fuera un gran logro espiritual, el pináculo de la humildad. Sin embargo, no atreverse a soñar, o a pedir, no es un acto de humildad, sino de cobardía emocional. El escritor estadounidense John Eldredge lo describe con estas palabras, en su libro The Journey of Desire: “Vivir con deseo es elegir vulnerabilidad en lugar de autoprotección. Admitir lo que queremos y buscar ayuda es todavía más vulnerable. Es un acto de confianza. En otras palabras, aquellos que conocen su deseo y se niegan a dejarlo morir, o a actuar como si no necesitaran ayuda, son los que viven por fe. Los que no piden no confían en Dios lo suficiente como para desear algo”. ¡Soñar y pedir son actos de fe!

¿Qué habría sucedido si Douglas hubiera escogido una bicicleta diferente? A veces cubrimos nuestra cobardía emocional con una pequeña capa de espiritualidad: “Bueno, ¡tal vez esa era la voluntad de Dios!” ¿Y si no lo era? ¿Y si Dios quiere darte exactamente aquello que soñabas, pero preferiste enterrar el talento antes que arriesgarte a perderlo e invertirlo?

Durante todo este proceso, Anne, mi mejor amiga, me decía continuamente: “¡Pide la bicicleta que realmente quieres! Permite que Dios te bendiga a través de quien él crea mejor. No escatimes en sueños”. Tengo mucho que aprender de ella; aunque Anne no siempre recibe lo que pide, ella no siente miedo de pedir. Honramos a Dios cuando soñamos, cuando pedimos, cuando nos acercamos a él realmente vivos, no entumecidos por el cinismo o anestesiados contra toda esperanza. Eldredge reflexiona: “No se ha escrito una sinfonía, escalado una montaña, combatido una injusticia o mantenido vivo un amor, sin deseo. El deseo […] nos salva de cometer suicidio emocional, de sacrificar nuestros corazones en el altar de la conformidad”.

¡Pide lo que realmente quieres! No escatimes en sueños. No te conformes con poco, no mendigues migajas, cuando hay un asiento de honor reservado para ti en la mesa del banquete del Padre. Dios no te llama a una vida fundamentalmente práctica, segura o predecible, sino a una aventura de fe. Confía lo suficiente como para desear y pedir algo de todo corazón. “Así que, ¡sean fuertes y valientes, ustedes los que ponen su esperanza en el Señor!” (Sal. 31:24, NTV).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2021.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina pero vive y trabaja en Londres.

¿Es esta la voz de Dios?

¿Es esta la voz de Dios?

¿Es esta la voz de Dios?

Tres secretos para aprender a escuchar los mensajes del Cielo entre la multitud de sonidos discordantes.

¿Sabías que tu voz es única? Tal como las huellas digitales, cada voz es única e irrepetible. Cada voz tiene una intensidad y un timbre propio, lo que te permite reconocerla entre la multitud. Imagina que vas a un restaurante a encontrarte con un amigo. En cuanto abres la puerta, una oleada de sonidos golpean tus tímpanos: la música de fondo, la gente que charla, el tintineo de los cubiertos que rozan la superficie de los platos… Sin embargo, cuando oyes a alguien decir a lo lejos: “¡Estoy aquí!” inmediatamente sabes que es tu amigo. Puedes reconocer su voz, aun sin ver su rostro, porque lo conoces bien.

Como cristianos, creemos que Dios nos habla. Sin embargo, ¿cómo suena la voz de Dios? Aprender a diferenciar la voz de Dios de la multitud de sonidos y ruidos que nos rodean requiere práctica y paciencia, ¡pero es posible!

Por esto, quiero compartir contigo tres secretos para aprender a reconocer la voz de Dios.

Silencia al crítico interior
Lamentablemente, muchos tenemos un monólogo negativo que se repite constantemente dentro de nuestras cabezas, como un disco rayado. Esa voz nos dice cosas horribles, como, por ejemplo: “Eres un fracasado” o “Es demasiado tarde para cambiar”. Y dado que una parte de la labor del Espíritu Santo es convencernos de pecado, a veces pensamos que esta voz cruel que nos ataca continuamente es la voz de Dios. ¡Pero esto no es verdad! Si la voz que oyes hace que te sientas desesperado o desolado, entonces puedes estar seguro de que no es la voz de Dios (Juan 10:10). Dios no usa la culpa y el miedo como armas de coerción. Él nos atrae con su amor eterno e inagotable (Jeremías 31:3).

Cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, lo hace por medio del ofrecimiento de la garantía del amor del Padre. Por esto, aunque reconocer nuestro pecado nos causa dolor, no desesperamos. En cambio, el amor de Dios nos da esperanza y el deseo de ser purificados. Recuerda que Judas traicionó a Jesús la misma noche que Pedro lo negó. Ambos discípulos pecaron. Sin embargo, Pedro escuchó la voz del Espíritu Santo y se arrepintió. Judas escuchó la voz del enemigo y se dio por vencido.

Entrena tus oídos
“Yo puedo oír todas y cada una de las notas que ella toca”, me dijo Carrie O’Toole, una autora estadounidense, durante una entrevista. La hija de Carrie toca el corno francés en una orquesta. Cuando Carrie asiste a los conciertos, puede distinguir claramente a su hija entre la multitud de sonidos. ¿Cómo es posible? Por dos razones. Primero, porque durante muchos años Carrie se dedicó a enseñar música. Segundo, porque Carrie conoce perfectamente la manera de tocar de su hija.

La voz de Dios también tiene un sonido único (Juan 10:27). Sin embargo, ¡debemos entrenar el oído para reconocerlo! Cuando el joven Samuel escuchó la voz de Dios por primera vez, no se dio cuenta de quién le hablaba (1 Samuel 1:3). Sin embargo, con el tiempo, Samuel desarrolló su capacidad para escuchar y reconocer la voz de Dios. Tú puedes hacer lo mismo. ¡Afina tus oídos para escuchar su voz!

Da el siguiente paso
Como dijo la famosa misionera estadounidense, Elisabeth Elliot, algunas veces simplemente debes dar el siguiente paso. En vez de quedarte estancado, paralizado en la indecisión, haz la tarea que tienes a mano, obedece en lo que ya sabes que Dios pide de ti. He notado que hay una especie de crescendo en la voz de Dios. A medida que lo obedecemos en las pequeñas cosas, lo oímos con mayor claridad y es más fácil obedecerle en las cosas grandes (Lucas 16:10). En su libro, Oyendo la voz de Dios, Henry Blackaby dice que nuestra “disposición a obedecer cada palabra de Dios es crucial para que podamos oírle hablar”.

También es importante reconocer que Dios nos da solo la información que podemos manejar; lo que necesitamos saber ahora. Como explica Priscilla Shirer: “Deseamos que Dios pinte el cuadro completo de inmediato, pero él, sabiamente, omite cierta información y verdades hasta que las necesitemos”. Así que, recuerda mantenerte fiel en las pequeñas tareas y con los oídos afinados. En el momento oportuno, él revelará su plan. Mientras tanto, da el siguiente paso.

La voz del Pastor

Jesús les dijo a sus discípulos que les convenía que él se fuera, porque así recibirían el Espíritu Santo (Juan 16:7-15). Estoy convencida de que, si estamos dispuestos a escuchar, el Espíritu utilizará cada oportunidad que se presente para hablarnos.

Prepara tus oídos. No te pierdas de escuchar la dulce voz del Pastor.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2021.

Escrito por Por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres.

El efecto Dunning-Kruger

El efecto Dunning-Kruger

El efecto Dunning-Kruger

Los problemas de la superioridad ilusoria: cuando el jugo de limón no nos hace invisibles.

El 19 de abril de 1995, McArthur Wheeler asaltó dos bancos, en Pittsburgh, Estados Unidos. McArthur, un hombre de un metro setenta y más de ciento veinte kilos, robó los bancos a mano armada, a plena luz del día y sin usar ninguna máscara o disfraz para proteger su identidad. Las cámaras de seguridad lo capturaron apuntándoles a las cajeras. La policía compartió las imágenes con el noticiero local, y en cuestión de minutos recibieron suficiente información para apresar a McArthur.

Cuando la policía golpeó a su puerta, McArthur no podía creer que lo hubieran encontrado. “¡Pero me puse jugo de limón!”, les dijo a los oficiales de la policía. McArthur había leído en algún lado que el jugo de limón se usa como tinta invisible. Él pensó que, si se untaba la cara con jugo de limón, esto lo volvería invisible a las cámaras de seguridad. Antes de robar los dos bancos, McArthur verificó su teoría untándose la cara con jugo de limón y tomándose una foto con su cámara polaroid.

Coincidentemente, la foto salió oscura, y él creyó que había encontrado una forma práctica y eficaz de robar bancos sin ser reconocido.

McArthur fue llevado a prisión. Sin embargo, su historia motivó a David Dunning, un profesor de Psicología de la Universidad de Cornell, a investigar lo sucedido. David realizó una serie de experimentos junto con Justin Kruger. Ellos hicieron que un grupo de estudiantes de la Universidad tomaran exámenes de lógica, gramática y humor. Dunning y Kruger descubrieron que los estudiantes que peores resultados tenían en los exámenes eran justamente los que pensaban que habían rendido mejor. A este sesgo cognitivo lo llamaron el “efecto Dunning-Kruger”. Irónicamente, son justamente las personas más incompetentes las que tienden a considerarse más inteligentes y preparadas.

Estoy convencida de que todos tenemos la cara pintada con limón en alguna que otra área de nuestra vida, pero en ninguna tanto como cuando se trata de entender los caminos y los tiempos de Dios. La Biblia dice: “Pues así como los cielos están más altos que la tierra, así mis caminos están más altos que sus caminos y mis pensamientos, más altos que sus pensamientos” (Isa. 55:9, NTV). La perspectiva de Dios es infinitamente más grande y más alta que la nuestra. Dios ve el pasado, el presente y el futuro de un solo vistazo. Su inteligencia y su poder son ilimitados. Cuando nos sentimos tentados a soltarnos de la mano de Dios, sospechando que él no sabe lo que hace, o que no nos ama, estamos actuando como McArthur Wheeler.

[… Texto completo exclusivamente en la versión impresa. Suscríbete a la revista Conexión 2.0 y recíbela trimestralmente en tu domicilio o iglesia] 

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por  Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina pero vive y trabaja en Londres.