Fe de pies mojados

Fe de pies mojados

Fe de pies mojados

Existen dos tipos de fe: la de pies secos y la de pies mojados. A veces, Dios nos guía hacia el Mar Rojo, con un ejército enemigo pisándonos los talones. Entonces, frente a nuestros ojos asombrados, Dios abre el mar y cruzamos por tierra seca. Esta es la fe de pies secos: Dios abre un camino, de forma milagrosa, antes de que nos mojemos.

Otras veces, sin embargo, Dios espera de nosotros una fe de pies mojados. Cuando ya hemos caminado con él por un tiempo, Dios nos puede guiar al río Jordán. Él nos dice claramente que avancemos, ¡pero el río está salido de su cauce! En ocasiones como estas, el río no se abre sino hasta que nuestros pies tocan el agua.

Si nos negamos a creer y avanzar hasta que toda incertidumbre desaparezca, nunca experimentaremos este tipo de fe. La fe de pies mojados requiere abandono y coraje emocional. ¡Es una fe intrépida! La autora cristiana Lysa Terkeurst nos pregunta: “¿Soy la clase de líder que necesita ver la tierra seca primero o estoy dispuesta a mojarme y ensuciarme un poco, a avanzar hacia lo desconocido y confiar en él?” ¿Estás dispuesto a arriesgarte?

Estoy convencida que Dios nos da oportunidades para crecer en la fe. Generalmente leemos el relato de Pedro bajándose de la barca y caminando hacia Jesús sobre las aguas, como un fracaso (Mat. 14:22-33). Es cierto que Pedro dudó y comenzó a hundirse. Sin embargo, también es cierto que Pedro se arriesgó y se mojó mucho más que los pies. En el proceso, Pedro aprendió una lección valiosísima: Jesús no nos abandona cuando nuestra fe flaquea.

En su libro Si quieres caminar sobre las aguas tienes que salir de la barca, John Ortberg explica cómo nuestros miedo al fracaso y amor por la comodidad nos impiden desarrollar una fe intrépida. Ortberg escribe: “La decisión de crecer siempre implica elegir entre el riesgo y la comodidad. Esto significa que, para ser un seguidor de Jesús, debes renunciar a la comodidad como el valor central de tu vida”.

Para crecer en la fe, también debes estar dispuesto a fracasar. No solo la comodidad nos detiene, sino también el miedo al fracaso, el terror a quedar como tontos en público. Nuevamente, John Ortberg escribe: “El fracaso no es un evento, sino un juicio de valor sobre el evento… es una manera de pensar acerca de los resultados”. Pedro fue el único de los doce discípulos que tuvo el coraje de bajarse de la barca.

No sé cuál sea tu barca o tu orilla hoy, pero te invito a creer y avanzar hacia Jesús. Te invito a elegir la valentía de la acción sobre la “perfección” de la inacción. Los que no trabajan no se ensucian la ropa; y los que no avanzan por fe tampoco se mojan. Recuerda que la fe de pies mojados no es presunción. Es confiar en la voz del que nos llama. Es bajarse de la barca de la certidumbre y de lo conocido, para conquistar territorios inexplorados en el nombre de Jesús. Es creer que Dios puede abrir caminos en el desierto y aun sobre el mar.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2020.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres, Inglaterra.

Recalculando el recorrido

Recalculando el recorrido

Recalculando el recorrido

 ¡Dios es más misericordioso que el sistema de posicionamiento global de tu automóvil! Mi amiga Noemí tiene un vehículo híbrido moderno, con GPS incorporado. Noemí le puso un apodo cariñoso a su GPS, y lo llama “Margarita”. Unos meses atrás, Noemí y yo viajamos a Cornwall, Inglaterra. Como era nuestra primera vez visitando las legendarias tierras del Rey Arturo, pusimos a “Margarita” a trabajar. Después de ingresar el código postal, “Margarita” diagramó nuestro plan de viaje.

Pero, a veces “Margarita” nos daba una instrucción que no entendíamos, y entonces oíamos la famosa frase: “Recalculando el recorrido”. Otras veces, creíamos que habíamos seguido las instrucciones al pie de la letra, y aun así “Margarita” nos informaba: “Recalculando el recorrido”. Luego de haber oído esa frase cientos de veces, llegamos a Cornwall sanas y salvas.

A veces, cuando tomo decisiones que afectarán mi futuro, tengo miedo de equivocarme. ¡Aun si tengo que elegir entre dos buenas opciones! Temo perderme un giro a la izquierda y terminar en el norte de Escocia cuando quería ir al sur de Cornwall. Honestamente, tengo miedo de cometer un error fatal y arruinar el plan de Dios para mi vida. Aunque a nadie le gusta sentir miedo, el temor nos confronta con las falsas imágenes que tenemos acerca de Dios. Mi miedo revela que creo que el plan de Dios es rígido y frágil; que Dios tendrá menos compasión de mis errores que un GPS.

¡Pero este no es el Dios de la Biblia! La Biblia está llena de historias de lo que Dios hace para redimir nuestros errores y aun nuestra rebeldía. Cuando Abraham y Sara dudaron de la promesa y decidieron tener un hijo a través de su sierva Agar, Dios no los abandonó. Por supuesto que hubo consecuencias dolorosas. Pero, aun así, Dios cumplió su plan. ¡Dios es más poderoso que nuestras equivocaciones! Cuando el rey David asesinó a Urías para quedarse con su esposa, Dios no lo abandonó tampoco. Cuando David pidió perdón, Dios redimió su rebeldía. Dios es un experto en recalcular la ruta para llevarnos a destino, es infinitamente más sabio y misericordioso que un GPS.

Dios no es un dictador sentado en el cielo pretendiendo que atravesemos en puntas de pie un campo minado para descubrir su voluntad. Cuando damos un paso en falso, cuando nos equivocamos, el plan de Dios no vuela en pedazos. Como dice el abogado y autor Bob Goff: “Dios no nos quiere más cuando somos exitosos, ni menos cuando fallamos. Él se deleita en nuestros intentos”. Dios es un Padre ensenándole a un niño a caminar. Cuando nos tropezamos, él nos sacude las rodillas, nos besa las heridas y nos ayuda a continuar.

No estoy abogando para que cometamos errores innecesarios o pasemos por sufrimientos que podríamos haber evitado. Tampoco estoy intentando darte una excusa para que tomes malas decisiones, o para que desobedezcas a Dios deliberadamente. Lo que sí estoy diciendo es que no necesitamos vivir en un continuo estado de pánico. El cumplimiento del plan de Dios para tu vida no depende solo de ti, ni de tu capacidad de tomar decisiones perfectas todo el tiempo. Tus errores no empujan a Dios de su trono, ni le atan las manos. Por grandes que sean, tus errores no son más poderosos que el Todopoderoso. Dios se especializa en redimir lo irredimible y en recalcular cualquier recorrido. Si tan solo se lo pides, él cumplirá su propósito en ti.

El plan de Dios para nuestra vida es mucho más fluido y resiliente de lo que nos imaginamos. Cuando no entendemos esto, tomar decisiones nos paraliza, ¡aun si se trata de escoger entre dos buenas opciones! Sin embargo, como escribió el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, no decidir por miedo a equivocarnos es un grave error. Después de todo, al siervo de la parábola que enterró su talento por miedo a equivocarse, el Señor lo llamó “malo y negligente” (Mat. 25:14-30). No vivas motivado por el miedo, sino por la fe.

Toma siempre la mejor decisión que puedas y avanza confiado. Dios es infinitamente más sabio y misericordioso que un GPS.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2020.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres.

La vida con equipaje de mano

La vida con equipaje de mano

La vida con equipaje de mano

Las compañías de vuelos de bajo costo cobran por facturar el equipaje. Así que, para evitar gastos extra, me convertí en una experta en sobrevivir a un viaje con tan solo el equipaje de mano. El secreto es planificar de antemano todas las combinaciones de vestuario posibles con un mínimo de prendas, y elegir un par de zapatos versátiles que combinen con todo.

Aprender a viajar ligero de equipaje es todo un arte, tanto al recorrer nuevos destinos, como también en la vida. Cada día es como una valija de mano, y lo que empacamos revela nuestras prioridades. Digo que cada día es una valija de mano porque, en realidad, no hay espacio para todo; debemos elegir. Los mochileros comprenden muy bien el arte de empacar lo imprescindible, y entienden que lo que no es útil se transforma en lastre.

“Cuanto más acumulamos, menos tenemos realmente. Creemos que es riqueza, pero en realidad se trata de un empobrecimiento”, señala Gabriele Romagnoli, en su libro Viajar ligero. Esta idea de que tener más puede resultar en un empobrecimiento, se aplica a muchos campos. Considera, por ejemplo, todo lo que te propones alcanzar el día de hoy, todo lo que quieres empacar en esta maleta de 24 horas. Estas cosas, ¿van a enriquecerte o a pesarte? ¿Excede tu maleta el peso máximo?

A veces sobrecargamos nuestro día con tareas porque sentimos que nuestro valor como personas depende de nuestra productividad, de lo que hacemos. El autor Alex Soojung-Kim Pang lo explica de esta manera en su libro Rest: Why You Get More Done When You Work Less [Descanso: Por qué tú haces más cuando trabajas menos]: “Si tu trabajo es tu identidad, cuando dejas de trabajar, dejas de existir”. La productividad no puede soportar el peso de nuestra identidad. Solo Cristo puede. Si ponemos a la productividad en el lugar de Cristo, se convertirá en una tirana, impidiéndonos descansar sin sentir culpa.

Otras veces, arrastramos una pesada maleta con los errores y pecados del pasado, o con el estrés y la incertidumbre del futuro. Pero nadie puede avanzar cargando el pasado o el futuro en los hombros. Hay una escena en la película “La misión” que ilustra este punto a la perfección. El mercenario y traficante de esclavos arrepentido Rodrigo Mendoza, caracterizado por Robert de Niro, se autoimpone una dura penitencia. Rodrigo decide ascender hacia la Misión de San Carlos arrastrando una inmensa carga a cuestas. Torturado por la culpa, Rodrigo arrastra la carga, intentando en vano trepar un acantilado. De repente, aparece un indio al borde del acantilado y ve que Rodrigo esta abajo. El indio tiene un cuchillo en la mano… y la oportunidad perfecta para vengar a su pueblo. Pero en lugar de matar a Rodrigo, el indio corta la cuerda de la que colgaba la carga. ¡Rodrigo es libre de su pasado!

A veces el Señor mira las cargas que nos autoimponemos como el indio miraba a Rodrigo. Entonces, Dios nos dice con ternura: “Hijo/a, suelta las cosas que nunca te pedí que cargaras”. Esta es una invitación a viajar por la vida ligeros de equipaje, a recibir gracia y misericordia para este preciso instante. Dios nos da su gracia fresca y nueva cada día (Lam. 3:22, 23). Como el maná, la gracia de hoy sirve solo para hoy. No alcanza para las pruebas del mañana; para eso habrá gracia mañana. Los errores del ayer están cubiertos con la gracia de ayer. Dios solo te pide que cargues con tu valija de mano estas preciosas 24 horas, y te da gracia para cada minuto de hoy. ¡Suelta todo lo demás!

La invitación de Jesús sigue vigente: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mat. 11:28-30).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2020.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación y escritora. Es argentina, pero vive y trabaja en Londres.

Abrazar la incertidumbre

Abrazar la incertidumbre

Abrazar la incertidumbre

“Cuando entren en el Mar Muerto, recuerden no intentar nadar”, dijo nuestra guía turística jordana. Aparentemente, la sensación de flotar sin hacer esfuerzo alguno confunde a muchos. “La gente intenta bracear, y se salpica agua en los ojos”, nos advirtió ella, recordándonos que el agua del Mar Muerto es casi diez veces más salada que la de los océanos. Si nos entraba agua en los ojos, nos arderían durante muchos días.

Entré despacito y con cuidado. Finalmente, me acosté. Aun si sacaba las manos y los pies fuera del agua, flotaba. La razón por la que mucha gente se confunde es que, normalmente, si entramos en el agua y no hacemos nada, nos ahogamos. En el Mar Muerto es diferente, pero nuestra mente está programada para hacer algo. Nuestra mente nos dice que debemos controlar la situación, si es que deseamos sobrevivir.

El Reino de Dios es un poco como el Mar Muerto: hace falta que tengamos fe, y no control. “La fe es lo opuesto a buscar el control”, dice el autor cristiano Skye Jethani. “Es ceder el control. Acepta la verdad de que el control es una ilusión: nunca lo tuvimos y nunca lo tendremos. En lugar de tratar de vencer nuestros miedos procurando más control, la solución […] es precisamente lo contrario: vencemos el miedo al ceder el control” (Skye Jethani, With Reimagining The Way You Relate To God (2011).

A primera vista, no tiene sentido que el miedo a la incertidumbre desaparezca justamente si no intentamos controlarlo todo. Pero, el secreto es la sal. Cuando tenemos fe en Jesús, no nos zambullimos en un mar cualquiera, sino en un “mar muy salado”. Cuanto más braceamos por estar en el control, más agua nos entra en los ojos. Pero, cuanto más nos relajamos y le cedemos el timón al Capitán, más disfrutamos de la aventura de la fe.

La incertidumbre es una parte importante de la vida. Es una amiga disfrazada de ansiedad, es una maestra; la lección que viene a enseñarnos es a depender más del Espíritu Santo. Si le damos la bienvenida, si la abrazamos cuando llega, de su valija sacará regalos costosos que solo el tiempo y la paciencia pueden comprar: resiliencia al cambio, fe y dependencia.

Pero, el regalo más sorprendente que nos da la incertidumbre es ayudarnos a recobrar el sentido de la aventura. La incertidumbre nos despabila, nos sacude de la rutina, nos recuerda que cuando nada es seguro todo es posible. De niños, sabíamos esto de forma intuitiva. Pero, al crecer tendemos a olvidarlo. La incertidumbre, con toda su incomodidad y desprestigio, es una puerta. Es una oportunidad para volver a ser como niños, disfrutando de las sorpresas y las aventuras.

En el mar de la incertidumbre, como en el Mar Muerto, la sal de la fe nos permite flotar y aun disfrutar de incontables e incontrolables aventuras.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2019.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación Social.

¡Déjense llevar!

¡Déjense llevar!

¡Déjense llevar!

De niñas, mis hermanas y yo teníamos un arma secreta para soportar los recalcitrantes veranos de Buenos Aires: una pileta rectangular de lona, marca “Pelopincho”. A las tres nos encantaba un juego que mi hermana mayor, Betina, había inventado. Nadábamos en círculo, con todas nuestras fuerzas, para crear una especie de remolino de agua. Entonces, cuando mi hermana mayor juzgaba que la corriente era lo suficientemente fuerte, ella gritaba: “¡Déjense llevar!” Por unos preciosos segundos, flotábamos sin esfuerzo llevadas por la corriente.

Unas semanas atrás, mientras pedaleaba al trabajo en mi bicicleta nueva, me acordé de este juego. Hay una calle empinada, justo antes de llegar a la oficina. La subida es durísima, pero en la bajada no hace falta pedalear; alcanza con la fuerza de la gravedad. Ese día, sin embargo, soplaba un viento implacable. Llegué a la cima jadeando, con el viento y la lluvia golpeándome la cara. Me detuve un segundo para respirar, y después me lancé cuesta abajo, como escuchando un eco de mi infancia: “¡Déjense llevar!” Pero, nada sucedió. En lugar de deslizarme a toda velocidad, quedé inmóvil. La única solución para contrarrestar la fuerza del viento fue pedalear cuesta abajo.

“Jesús, ¿cuál es la lección que tengo que aprender?”, oré mientras pedaleaba. Entonces, vino a mi mente un versículo de la Biblia: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

“¡No quiero ir en contra de tu Espíritu, ni de tus planes para mi vida!”, oré mientras aún hacía fuerza para avanzar. “Enséñame a detectar dónde estás obrando y a sumarme. No quiero perder tiempo creando mis propios planes. Enséñame a ver lo que tú ya estás haciendo y a dejarme llevar”.

Uno de los mitos más peligrosos de la vida es creer que estamos al control de todo lo que nos sucede, o que debiéramos estarlo. ¡Esto no es cierto! El Espíritu Santo debe estar al control. Nuestra parte es dejarnos llevar, como niños. “Son muchos los que, al idear planes para un futuro brillante, fracasan completamente. Dejen que Dios haga planes para ustedes. Como niñitos, confíen en la dirección del Ser que ‘guarda los pies de sus santos’ ” (Elena de White, El ministerio de curación, p. 380).

Si ignoramos al Espíritu Santo, podemos pasarnos la vida entera pedaleando en contra del viento. Aunque todos nos aplaudan y celebren nuestros éxitos, habremos fracasado a nivel eterno. Los planes de Dios no siempre tienen sentido desde nuestro punto de vista. Sin embargo, “Dios no guía jamás a sus hijos de otro modo que el que ellos mismos escogerían para ser guiados si pudieran ver el fin desde el principio y discernir la gloria del propósito que cumplen como colaboradores con Dios” (ibíd.).

El Espíritu puede guiarnos a lugares que no esperábamos. La primera vez que fui a la playa en Gales, Reino Unido, me sorprendí mucho. A lo lejos, y dentro del mar, vi cerca de treinta molinos de viento de alta tecnología. Sus aspas gigantes, de más de ochenta metros, danzaban en el aire. “¿A quién se le ocurre plantar un parque eólico en el medio del mar?”, me pregunté, decepcionada con la vista. Me pareció que los molinos deslucían el paisaje, estorbando la línea del horizonte. Definitivamente, yo no los hubiera puesto allí. Sin embargo, allí producían mejores resultados.

En vez de hacer nuestros planes y esperar que Dios los bendiga, tenemos que ir adonde sopla el viento. Debemos volvernos expertos en notar dónde es que el Espíritu ya está obrando, y allí izar las velas del alma. Aprender a ceder el control es la clave; avanzar por la fe, y no por lo que vemos.

¿Listos? ¡Déjense llevar!

Este artículo es parte de la versión impresa de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2019.

Escrito por Vanesa Pizzuto, Lic. en Comunicación Social.

Ganaron los buenos

Ganaron los buenos

Ganaron los buenos

Con mi familia solíamos mirar películas después de cenar. Como yo nunca fui de trasnochar, muchas veces me cansaba y me iba a dormir con la película por la mitad. Para no quedarme con la intriga, antes de irme a la cama, le pedía a mi papá: “¿Me cuentas mañana cómo terminó?” Papá siempre decía que sí. Sin embargo, a la mañana siguiente, invariablemente y sin importar qué tipo de película hubiéramos estado mirando, mi papá simplemente decía: “Ganaron los buenos”. 

–Pero ¿cómo? ¿Qué pasó? –preguntaba yo.

–Ganaron los buenos.

Su respuesta me parecía muy breve e insatisfactoria. Sin embargo, tal vez sin saberlo, papá me estaba enseñando una verdad más profunda. Muchas de las películas que nos cautivan se tratan del conflicto entre el bien y el mal. Hay algo dentro de nosotros que hace que deseemos que ganen los buenos y triunfe el bien. Hay algo que hace que nos enojemos si la película no termina como esperábamos y los malhechores se salen con la suya.

La Biblia dice que al final ganarán los buenos. En realidad, como Dios no está atrapado en las redes del tiempo y el espacio, él ya ganó la batalla. Pero, a nosotros nos toca esperar, y no es una tarea sencilla. A nosotros nos toca creer en las promesas, cuando aún no podemos ver el final de la película. La paciencia es un acto de fe. Cuando las cosas no se dan a nuestro modo, o en el lapso que esperábamos, es la confianza en el amor del Padre lo que nos permite esperar, lo que nos permite seguir creyendo que al final el bien triunfará.

Algunos vamos a esperar y orar por años por un milagro que tal vez no llegará, mientras observamos a otros llenarse los bolsillos de bizcochos y bendiciones. La verdad es que este mundo no es justo. Jesús nos advirtió: “En el mundo tendréis aflicción”. Entonces, ¿para qué seguir creyendo? Porque Jesús también dijo: “Pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Como decía mi papá, al final siempre ganan los buenos.

Después de mucha espera, de lágrimas y alegrías, vamos a ganar. Tal vez no aquí, no en esta vida. Pero un día todos los salvos y todos los seres celestiales gritarán triunfalmente: “¡Ganaron los buenos!”

La Biblia describe este maravilloso momento así: “Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2019. Escrito por Fernando Iriarte, pastor de jóvenes en la Iglesia de Florida, Buenos Aires, República Argentina.