Aprender en misión

Aprender en misión

Aprender en misión

No sé cuándo surgió en mi mente la idea de ser misionera. Sé que fue durante mi adolescencia, en algún momento. Terminé mis carreras universitarias y ni siquiera esperé a la ceremonia de graduación. Me embarqué en la primera de dos grandes aventuras misioneras que me cambiaron y transformaron muchas perspectivas que yo tenía de la vida.

Tailandia

Ayudar a los que más tienen

Llegué a Tailandia con poca información, mucha expectativa y la intención de “cambiar el mundo”. Iba a enseñar inglés a una escuela de idiomas, en la ciudad de Ubon Ratchathani, la ciudad con mayor proporción de wats (templos budistas) por habitante.

La coordinadora de la escuela de idiomas era Carla, una estadounidense con la sonrisa más grande que hayas visto y el corazón igual de enorme.

Pero las primeras semanas no fueron fáciles. Aprendí a manejar mi bicicleta por el lado izquierdo de las calles, comencé a acostumbrarme al calor abrazador de la zona y descubrí que mai pet, la frase clave que me habían enseñado para pedir comida sin picante, no funcionaba. Pasaron meses antes de que alguien me enseñara que mai pet significa “solo un poquito de picante” (uno o dos chiles nomás), y que si no quería nada de picante tenía que decir mai sai prick.

El idioma tailandés es, en cierto aspecto, similar al chino. Se escribe con “dibujitos” y tiene cinco tonos (o sea, que la entonación modifica totalmente el significado de las palabras). Aprendí los números para poder comprar frutas y alimentos en los mercados.

Aprendí a dejar el calzado afuera de las casas, las aulas, la iglesia. Aprendí que “enseñar inglés” implicaba tanto ser la niñera de un bebé de un año y medio como enseñarle a un grupo de niños de nueve años, y perfeccionar la gramática inglesa de un abogado de setenta años. Y también aprendí que ser misionera no es solo ayudar a quienes tienen menos (recursos, oportunidades y conocimiento). También significa ayudar a quienes tienen más. Entre mis alumnos estaban los hijos de los comerciantes más acaudalados de la ciudad. Entre ellos controlaban el 70 % de los negocios y comercios de Ubon. Y ellos también necesitaban de Jesús.

La mayoría de las personas son budistas. Nunca escucharon hablar de Jesús ni de la Biblia. En cada clase incorporábamos el cristianismo de diversas maneras: con un juego de la memoria bíblico, con un dibujo de David o Daniel para colorear o leyendo las historias más conocidas de la Biblia. Todas las clases terminaban con una oración. Era una oración básica que los alumnos repetían. Pero después de algunos meses, ellos esperaban la oración y la podían repetir de memoria.

Un día estaba coloreando con mi alumno Ohm, de cinco años. De repente, me miró y me dijo: “Teacher, anoche oré a Dios. Solo le conté sobre mi día”, mientras seguía coloreando. Me emocioné. Tan simple y tan profundo.

Bam es una alumna a la que le enseñé durante toda mi estadía en Tailandia. Tenía catorce años. Al principio fue difícil enseñarle porque ella era muy reservada. Pero después de varios meses logramos una linda amistad y mucha confianza. Un miércoles me preguntó si esa noche había reunión en la iglesia.

–Sí –le dije–, todos los miércoles tenemos una reunión.

–¿Y las personas que van tienen que ser cristianas? –me preguntó.

–No –le dije–, cualquier persona puede ir.

–¿Y qué hacen?

–Cantamos, oramos, y alguien habla un ratito sobre un tema para que todos pensemos .

La charla fue larga, y me preguntó qué significaba la cruz, por qué Jesús tuvo que morir, si se puede seguir dos religiones al mismo tiempo, si es posible cambiar de religión, qué creemos los adventistas, y muchas cosas más. Yo respondí sus preguntas de la manera más simple que pude y tratando de utilizar conceptos que ella conocía. Pero lo que quedó en mi corazón es cómo los chicos buscan y se interesan por encontrar algo que llene su corazón. Todos necesitamos de Dios, aun cuando no lo sepamos.

Y otra gran lección que aprendí de Bam es lo mucho que influyó la amistad que teníamos. Esta conversación ocurrió luego de más de ocho meses de vernos. No hay dudas de que ser cordial y formar amistades sinceras es una de las mejores maneras de construir puentes para compartir a Jesús.

Líbano

Ayudar a los que están aprendiendo

De Tailandia, Dios abrió las puertas para que me mude a Beirut, Líbano. Ese sería mi hogar por los siguientes casi tres años.

Otra vez experimenté un cambio de cultura drástico: nuevo idioma, nueva comida, nueva forma de trabajo…

En Middle East University (MEU) [Universidad del Medio Oriente] servía como preceptora del hogar de chicas, coordinadora de huéspedes y profesora de inglés. Mi misión era totalmente diferente y, al mismo tiempo, igual. Ya no estaba casi en contacto con personas que nunca habían oído sobre Jesús. Me dedicaba a alumnos de entre 17 y 30 años, en su mayoría cristianos.

Muchos de ellos eran egipcios adventistas que venían a la única universidad adventista de la zona con el fin de prepararse para servir a Dios. Ahora, me tocaba guiar a quienes estaban aprendiendo.

Los veía en el comedor, en los cultos, en el aula, en el campus, en la cancha de fútbol y en los dormitorios. Yo organizaba sus festejos sorpresa de cumpleaños, y ellos organizaron el mío. Algunos días me agradecían por mi ayuda; otros días se enojaban conmigo porque no les daba permiso para quedarse hasta más tarde en el parque. Me desafiaron y me emocionaron. Y ellos me enseñaron a enseñar mejor.

Ayudar a los que ayudaron

En todo Líbano había cuatro iglesias adventistas. Una de ellas está ubicada en Bishmizzine, un pueblo al norte de Beirut. Allí había funcionado un colegio adventista, que llevaba años cerrado. Pero la pequeña iglesia seguía en pie, con servicios todos sábados. La membresía era de unas seis a ocho personas; y el promedio etario era de setenta años.

Y, ya ni recuerdo cómo, surgió el proyecto de ir con un grupo de alumnos del internado a apoyar a esa iglesia cada tanto. El conductor, diez alumnos y un par de voluntarios subíamos a una combi y viajábamos unas horas. Algunos dirigían las alabanzas, del himnario en árabe, por supuesto. Otro leía la historia misionera. Un par de alumnos juntaban las ofrendas; y alguno de los voluntarios predicaba. Después, el almuerzo a la canasta. Eran unos pocos adultos mayores, pero preparaban comida como para un batallón. Al estilo libanés; porque hambre nunca vas a pasar.

Compartían lo que tenían; y su actitud gritaba que para ellos era un privilegio hacerlo. Se habían pasado la vida entera ayudando, en medio de conflictos internos y externos, de conflictos armados e ideológicos. Pasando necesidades y escondiéndose de los aviones bombarderos. Pero eran conscientes de que su misión no había terminado. Nosotros pensábamos que íbamos a ayudarlos; a alegrarles los sábados con nuestra juventud… y lo hacíamos. Pero ellos me enseñaron la generosidad extrema, la alegría en medio de las dificultades. Me enseñaron que la misión no termina nunca. Cambia de forma, cambia de destinatario, cambia de escenario, pero no termina.

Ayudar a los que ayudan

Una vez al año, MEU recibía la visita del Friendship Team, un grupo de alumnos de la Universidad Andrews liderados por el Pr. Glenn Russell, quien había vivido en Beirut durante su niñez. Ellos venían a realizar algún proyecto de ayuda comunitaria, a aprender sobre otras realidades y a llevar adelante una de las dos semanas de oración de la Universidad.

Como coordinadora de huéspedes, parte de mi trabajo era preparar las habitaciones donde ellos estarían durante su estadía, ir a buscarlos al aeropuerto, responder sus miles de preguntas, presentarlos a los alumnos, ser de nexo para conseguir cualquier cosa que ellos necesitaran y acompañarlos en sus salidas. Durante esas dos semanas del año, me tocaba ayudar a los que venían a ayudar. Y eso amplió una vez más mi perspectiva sobre la misión. Porque aunque ellos venían a hablar sobre Jesús y a apoyar a los alumnos en su desarrollo de una amistad con Dios, cada miembro del Friendship Team también estaba en una búsqueda personal de mayor cercanía con Dios.

Varias veces, durante los tres años en que viví en el Líbano, Glenn me pidió que compartiera parte de mis experiencias con los voluntarios que él traía. Glenn buscaba enfrentar a sus alumnos con el concepto de que todos estamos en la misma búsqued y todos tenemos que aprender de quien tenemos a nuestro lado. Puede ser un budista, un musulmán o un cristiano. Puede ser un alumno, un misionero o un pastor. Sea quien sea, tiene algo para enseñarte.

Glenn cumplió su cometido año tras año. Y no les enseñó solo a los alumnos con quienes viajaba desde los Estados Unidos hasta el Líbano. También me lo enseñó a mí, una misionera argentina; a Allana, una periodista brasilera; a Rahil, una alumna egipcia; y a decenas más.

Ayudar a los que menos conocen

Mientras vivía en el Líbano, tuve la oportunidad de viajar un poco y visité Jordania. Allí la iglesia había organizado un retiro espiritual para jóvenes. La primera gran diferencia que noté fue que no era solo para jóvenes adventistas, sino para todos los jóvenes cristianos evangélicos. Asistieron cerca de sesenta jóvenes y solo quince eran adventistas.

Me habían pedido que ayudara con las actividades sociales y recreativas, que incluían desde juegos para conocernos más entre todos hasta juegos bíblicos, torneos deportivos y juegos “de fogata”. Todo se desarrolló en árabe, así que tuve que utilizar todo mi poco conocimiento del idioma, y contar con la ayuda de un intérprete.

Durante las reuniones, yo escuchaba. No quería cargar a los intérpretes, así que intentaba concentrarme para escuchar los textos bíblicos. Honestamente, no esperaba aprender demasiado. Había ido para ayudar, ofrecer mi amistad, guiarlos en actividades sociales, y sonreír mucho.

Pero me esperaba una sorpresa de esas que te cambian de por vida. Sí, así de grande. Llegó el momento de la dinámica de oración. Estaba sentada al fondo, contra la pared. No estaba con el grupo. Se dividieron en grupos para orar. Oraron. A los diez o quince minutos, iban terminando las oraciones grupales, y se acercaban a alguno de los pastores para que orara con ellos. Cuando terminaba ese momento, se desarmaba el grupo y se volvían a armar en grupos diferentes para seguir orando. Acudían a algún otro de los pastores para que orara por ellos. Se desarmaba el grupo y se juntaban de a dos o tres para seguir orando. Pasaron unas dos horas de oraciones grupales espontáneas. Entonces, uno de los pastores tomó un micrófono y terminó con una oración desde el frente.

Me quedé pensando en esto por días. ¿Cómo es que les era tan natural orar? ¿Cómo podían orar por horas, así? Y, la pregunta más dura de todas: ¿Por qué me sorprendía tanto?

En Jordania aprendí a ver la oración de otra manera. Aprendí que cuando de oración se trata, no necesitamos seguir la agenda del retiro espiritual. Que cuando los jóvenes se reúnen espontáneamente para orar y clamarle a Dios que cambie sus vidas, todo lo demás pierde importancia. Y aprendí que es muy especial hablar con nuestro Padre en grupos.

Perspectivas

Pero, entonces, ¿ir a ayudar no es el punto central de ser un misionero? Si me preguntas a mí, te respondo: “No”.

Cuando decides dedicarle tu vida al Señor para ser misionero, el punto central no es ayudar: es aprender. Porque solo cuando estés dispuesto a aprender de todas las personas que te rodeen, estarás capacitado para enseñar.

Constantemente limito a Dios. Lo pongo dentro de una cajita en mi mente. Pero Dios quiere que lo conozca cada vez mejor y que conozca diferentes aspectos de él. Quiere que lo conozca como Salvador y como Amigo. Como Creador y como Padre.

Quiere mostrarme su gran poder y su ternura incomparable.

Ser misionero es entregar tu vida entera a Dios y entonces, abrir grandes los ojos y los oídos para aprender, día a día, a conocerlo mejor, mientras ayudas donde él te muestre.

¿Te animas? Te aseguro que no te vas a arrepentir.

Este artículo fue publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2020.

Escrito por Natalia Jonas, profesora y traductora de Inglés y editora en la ACES. Fue misionera en Tailandia y en Líbano.

Una vida en misión

Una vida en misión

Escribo estas líneas a días de cumplir 29 años. Si tengo que presentarme y decir quién soy o a qué me dedico, con mucha naturalidad puedo decir que soy misionera voluntaria y que me dedico a compartir con otros el amor que Jesús manifestó en mi vida.

Nací en una familia adventista del séptimo día y a los trece años decidí bautizarme. En distintos sentidos, mi historia de vida no es muy diferente de la de otros jóvenes: momentos lindos y divertidos, muchas pruebas, luchas y decisiones que tomar.
Sin embargo, en 2016 acepté vivir una experiencia que marcó mi vida. Me encontraba próxima a terminar mi carrera universitaria y tenía un trabajo estable; en ese contexto, recibí la invitación de Dios para participar del proyecto Un año en misión (OYIM, por sus siglas en inglés). Estaba en un congreso de jóvenes y el lema era “Más que pasión”. Aquella frase me tocó: entre el trabajo y el estudio, yo no vivía con pasión las actividades de la iglesia y, en realidad, no tenía pasión por Dios. Es cierto que era muy activa en la iglesia, pero lo que hacía era cumplir responsabilidades por compromiso. Era algo que me gustaba, pero que no me llenaba. Por eso, acepté el llamado a servir, y todo fue distinto para mí. Ahora vivo mi vida en misión.

En 2017 me recibí de Licenciada en Comunicación, y estoy muy agradecida a Dios porque él me dio las fuerzas y la sabiduría para lograrlo. Pero lo realmente importante ese año fue mi viaje a Mendoza, en el oeste de Argentina, para cumplir mi primer año en OYIM (sí, el primero, ¡porque fueron tres!). En 2018 me invitaron a participar del proyecto en Santa Cruz, Bolivia, y en 2019 lo hice en Luján, en la provincia de Buenos Aires, Argentina.

Cada año fue diferente, pero los tres me dejaron algo en común: la certeza de que ser parte de OYIM no se trató de lo que yo tenía para dar al proyecto, si no de lo que Dios quería darme a mí.

Lecciones de una vida en misión

Para empezar, salir de casa, de mi iglesia, de mi trabajo y de todo lugar conocido, en donde yo me manejaba cómodamente, fue un shock. Tuve que aprender a depender totalmente de Dios, entender que yo no tenía el control de nada y vivir sus planes. Dios también me enseñó, a lo largo de los tres años, a valorar mis capacidades y a verme como alguien importante en su obra.

La última enseñanza que quiero compartir, y en la cual me quiero detener, es el amor por las personas. Tengo una forma de hablar con Dios que me ayuda a ver a través del tiempo cómo me responde y está atento a mis preocupaciones más chiquitas: ¡cuadernos de oración! Al revisar mis oraciones desde 2017, una y otra vez se repite un pedido similar: “Señor ayúdame a ver a los otros con tu amor, a preocuparme por su salvación tanto como por la mía”.

Amar a todas las personas es algo imposible para un ser humano. ¿Cómo amas a alguien que no conoces? ¿O a alguien que hace cosas con las que no estás de acuerdo? Esto es algo profundo y aún sigo orando sobre eso. Pero diré que Dios me respondió: lo hizo desafiándome constantemente a dejar de mirarme a mí misma. Si quería transformar vidas, tenía que amar esas vidas.

Dejar de pensar en mí y en cómo me siento fue un paso gigante. Y solo pude darlo cuando comprendí lo importante que fue Dios en mi vida, las veces que me rescató de situaciones tristes y que perdonó mis equivocaciones.

También fue clave encontrarme con la triste realidad de vidas sin esperanzas. Me encontré con personas que tenían luchas mucho más complejas que las que yo hubiera vivido, y a las que se estaban enfrentado solas, sin Dios. ¿Alguna vez te preguntaste qué hubiese sido de ti si en los momentos más duros de tu vida no hubieses tenido la gran esperanza de un cielo y una Tierra nuevos? Pensar en esto ¿te llena de angustia y desesperación?

Precisamente, desesperada es como vive la gente sin Dios. Y, como cristianos, no tenemos derecho a quedarnos con la Esperanza solo para nosotros. Más triste que ver a alguien morir sin Dios es ver a alguien intentando vivir sin Dios.

La abuelita que conoció a Dios

Ella vivía sola en su casa de Mendoza, donde tenía un puesto de flores. Había estudiado en un colegio de monjas, rezaba cada día. Vender flores también le permitía charlar cada vez que recibía a un cliente. Pero, en su soledad, un pensamiento la atormentaba: el de un Dios castigador. Además de esto, había sido víctima de muchos robos. No era extraño que viviera con miedo.

La visitaba una vez por semana. Cada vez que yo llegaba, ella desocupaba una silla que tenía con flores, la limpiaba y me hacía sentar. El estudio bíblico era una excusa: ella necesitaba hablar, que alguien la escuchase. Me contaba de su familia, de cómo habían llegado de España a la Argentina, me hablaba de los afectos que había perdido y también de los que están, pero no la visitan… Después, leíamos la Biblia y reflexionábamos juntas.

Luego de aquellas visitas ya no se sentía sola, su miedo había disminuido y había comenzado a hablar con Dios. No podía ir a la iglesia por problemas de salud, pero eso no le impedía entregar una ofrenda especial: me daba flores hermosas –no las que sobraban de su venta– para adornar la casa de Dios. A pesar del dolor que había experimentado, ella logró ver a Dios como realmente es: un Dios de amor que la cuida cada día.

Una visita salvadora

Los momentos lejos del hogar, la familia y los amigos son duros, especialmente ante situaciones que no sabemos manejar. Es entonces cuando el equipo se transforma en tu apoyo. Encontrar gente sin esperanza te lleva, por ejemplo, a verte un día con alguien que no quiere seguir viviendo, que ya no tiene fuerzas para luchar. Varias veces lloré por amor a esas personas que me hablaban de heridas profundas y de que preferían morir a seguir soportándolas. Me di cuenta de que, si cualquiera de mis compañeros o yo hubiéramos dicho “no” al llamado, algunas personas habrían llegado al suicidio.

Un día, mis dos compañeras salieron a hacer visitas a personas que habían solicitado una Biblia. Había una mujer a la que habían ido a ver en varias oportunidades y nunca la encontraban. Habían decidido no ir a su casa aquel día, pero como la visita previa se había suspendido se decidieron a intentar una vez más. Cuando llegaron, entendieron que aquello no había sido una casualidad: la mujer acababa de tomar pastillas para quitarse la vida. Las chicas llegaron a tiempo para asistirla, llamar a una ambulancia y contactar a su familia. Después de ese día, comenzamos a visitarla semanalmente para leer la Biblia y orar juntas. Así, y con la ayuda profesional que también requería, vimos en su cara la paz que solo Cristo puede dar.

El poder de los centros de influencia

Un lugar donde se aprende a amar a las personas, cuidarlas y crear amistades verdaderas son los Centros de influencia. En Bolivia y en Luján, tuve la oportunidad de estar en estos centros.

Lo que hacíamos era conocer la zona y a los vecinos para brindarles cursos y charlas que fueran de su interés. Esto implicaba que, además de trabajar con profesionales de la iglesia, cada uno descubriera nuevos talentos: a mí, por ejemplo, me llevó a dictar cursos de cocina saludable, de manualidades y de bordado mexicano. Otros compañeros enseñaban música, idiomas, actividad física. También había especialistas que hablaban de psicología emocional, control del estrés o prevención de enfermedades. Todas estas actividades, aunque muy distintas entre sí, coincidían en crear un espacio en el cual podíamos conocernos con los vecinos.

En Lujan, la gente fue tan receptiva a estas charlas –acompañadas por una merienda caliente en los días fríos– que el grupo se repitió cada semana por dos meses. En este espacio reforzábamos los temas hablados sobre salud y además compartíamos reflexiones bíblicas. También había comida, juegos y momentos para contar experiencias.

Rina y Carla: una prueba de fe

El método de Cristo –atender necesidades, brindar nuestra amistad a las personas y luego mostrarles a Jesús– no es novedoso, pero tengo que decirlo: funciona. Sí, funciona dedicar tiempo, escuchar, charlar de temas que al otro le importan. Después de meses de trabajo y amistad, de compartir recetas, patrones de bordados, libros y un montón de momentos, pude ver personas entregar su vida a Jesús.

Rina fue una mujer amorosa y luchadora que llegó al curso de cocina una tarde acompañada de Carla, su hija de veinte años. Estaban muy interesadas en la comida saludable, habían adoptado una alimentación vegetariana y necesitaban herramientas. Después de la primera clase, se acercaron para hablar y me contaron que habían empezado a estudiar la Biblia con una señora de la iglesia y que ella les había recomendado el centro. Rina tenía cáncer de colon y estaba muy dolorida, pero tenía el apoyo de sus cuatro hijos y su marido.

Con el paso de las semanas, la salud de Rina empeoró. Ella y Carla dejaron las clases de cocina y también de ver a la hermana que les daba los estudios bíblicos. No obstante, siguieron buscando a Dios y, un sábado, las vi en la iglesia acompañadas por su instructora bíblica. Aquel día, ambas se pusieron de pie ante el llamado a entregar su vida a Dios.

Después de ese sábado, a Rina la internaron. Los últimos dos meses del proyecto viví la experiencia más cruda de mi vida: estar al lado de alguien que se estaba muriendo y acompañar a una amiga mientras organizaba el entierro de su madre… Yo no era una persona que visitara hospitales, y gracias a Dios no me tocó aún despedir a alguien tan cercano. Sin embargo, Dios me empujaba a estar ahí y, en cada visita al hospital, orábamos y leíamos una meditación.

En una de las últimas veces que la vi, Carla me habló de su relación con Dios: no estaba enojada, no le pedía explicaciones, estaba confiada en que el dolor de su mamá iba a terminar y que, la próxima vez que se vieran, Rina estaría sana y sonriente, abrazando a su familia. Carla realmente se aferró a la gran esperanza: ella y su madre aceptaron la salvación que Jesús nos da y, aunque Dios no sanó a Rina del cáncer, ambas volverán a verse el gran día del regreso de Jesús.

¿Por qué ser OYIM?

A lo largo de estos años me preguntaron muchas veces: “¿Por qué ser OYIM?”

No es fácil: se extrañan la casa y los amigos, te sientes cansada e insegura, la convivencia puede complicarse, las cosas pueden salir mal en algún evento, recibes criticas… Para el resto, dedicar un año a la misión es perder experiencia laboral e independencia económica, desperdiciar un título universitario, resignar gustos y hasta poner en peligro tu vida sentimental. Pero si puedo, con lo imperfecta que soy, volver a vivir experiencias como escuchar a una persona orar por primera vez o ver su sonrisa al hablar con el mejor Amigo, entonces cualquier “sacrificio” es válido.

No tienes que ser OYIM, tienes que vivir tu vida en misión. Y la única forma que yo encontré de caminar cada día con Dios fue sabiendo que, para marcar la diferencia en la vida de alguien, primero necesito que él me llene de su amor. Para llegar al cielo y mantener viva la esperanza del regreso de Jesús, hay que salir a ver el mundo y darnos cuenta de lo afortunados que somos. Cuando entendemos eso, no lo podemos guardar.

Hoy sigo creciendo en Cristo; mi vida refleja muy poco de su carácter de amor, pero miro al mundo con otros ojos. Y eso se lo debo a él, a los tres años que me invitó a estar muy cerca de él y a las personas que me puso en el camino. Te invito a vivir esta experiencia: deja que Jesús te saque del lugar donde todo aparenta estar bajo control, anímate a ir a lo desconocido con él, y tu vida encontrará su real sentido.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2020.

Escrito por Marta Samaya Contreras, Licenciada en Comunicación. Asiste a la Iglesia de Adolfo Sourdeaux, en Buenos Aires, Argentina. Actualmente colabora con el equipo de comunicación del Departamento de Jóvenes en la Unión Argentina.

Una vida sin misión no es vida

Una vida sin misión no es vida

“Hice muchas cosas, pero esta ha sido la mejor experiencia de mi vida”.

“He sentido, literalmente, la presencia de Dios cada día de la misión”.

“He visto milagros de Dios en esta misión”.

“Esta misión me ayudó a definir la carrera que quiero estudiar el año que viene”.

“Yo tenía mucho vértigo; pero, aquí en la misión, Dios me ayudó a trabajar a seis metros de altura en una construcción y me sacó ese miedo”.

“Yo quiero venir el año próximo a la siguiente misión que se organice”.

Estas son algunas de las frases y comentarios de los chicos del nivel medio del Instituto Superior Adventista de Misiones (ISAM) en el programa de testimonios al cerrar la misión Amazonas 2.0, que se realizó del 16 al 29 de septiembre de 2019. En total, fuimos 18 alumnos del nivel medio y 9 adultos. Participamos de una experiencia intensa, muy enriquecedora e inolvidable, sirviendo a dos comunidades de las riberas de los poderosos ríos de la cuenca del Amazonas.

La reunión de testimonios duró más de dos horas, porque casi todos tenían mucho para contar. Todos sentimos la bendición enorme de poder ser usados por Dios para hacer una obra que él mismo planificó y dirigió (Efe. 2:8-10). Porque solo quien es movido por el Espíritu del Señor está dispuesto a desembolsar una gran suma de dinero para ir a trabajar en un ambiente extremo, lleno de dificultades. Pero ninguno se arrepintió de haberlo hecho. Al contrario, todos deseábamos extender nuestra estadía allá, o al menos regresar otra vez,  porque el gozo de sentirse usado por el Señor en su obra de restaurar y salvar a la humanidad no tiene comparación. Una madre, algunos días después de concluida la misión, me contó que el hijo le dijo: “Cada peso que gastaron para que yo pueda ir ha sido bien invertido, pues me ayudó muchísimo y me cambió la forma de pensar. Ahora sé que quiero servir a Dios toda la vida”.

Nuestra misión comenzó luego de llegar en avión a la ciudad de Manaos. Desde el aeropuerto, un ómnibus nos llevó hasta la base del ministerio Salva Vidas Amazonia. Luego de una noche de descanso, nos preparamos para salir a nuestra misión de diez días a bordo de un hermoso barco de madera de dos pisos.

La mayoría de las comunidades de las riberas de los ríos solo son accesibles por agua. El régimen anual de crecida de los ríos hace imposible tener rutas terrestres, por causa de la escasa cantidad de tierras no inundables. Los ríos son las rutas para el transporte de pasajeros, de cargas y de servicios. Se pueden ver lanchas “colectivo”, casas flotantes, barcos que son clínicas de salud, agencias de banco navegantes y hasta una iglesia adventista que navega.

En Costa de Aruaná

Los primeros días de nuestra misión estuvimos en Costa de Aruaná, una comunidad donde la vida es simple, la gente vive de la pesca todo el año y de lo que puede sembrar cuando baja el nivel del río, entre agosto y septiembre. Luego cosechan lo sembrado justo antes de que la crecida anegue toda la región, aproximadamente en abril o mayo. Por esa razón, las casas en esa región están construidas sobre postes de 1,5 a 3 metros de altura, dependiendo de la altura de la tierra donde se las construye. Pero, eso sí, casi todas las construcciones están a la orilla del río para un acceso rápido a las embarcaciones, que son, prácticamente, el único medio de transporte de la región.

La única presencia estatal en la comunidad es una escuela a la cual la mayoría de los niños llegan en el transporte escolar: una antigua lancha de pasajeros. No hay centros de salud, ni policía ni servicios básicos. Solo hay un par de despensas multirrubro, que venden desde alimentos hasta combustible e insumos para las lanchas.

En esa región hay muchas poblaciones y bastante movimiento de lanchas y embarcaciones mayores. Hay algunas personas que tienen ganado y hay grandes zonas deforestadas. Hace mucho calor las 24 horas, todos los días del año. Hay muchos yacarés, que nunca se acercan a los humanos, porque son fáciles de cazar.  También hay muchas aves hermosas e iguanas, y abundan los mosquitos, sobre todo a la tardecita y durante la noche.

Durante esos diez días, el barco se convirtió en nuestra casa, donde dormíamos en “hamacas” (redes) con mosquiteros; comíamos sentados, pero sin una mesa, y nos bañábamos en duchas con el agua del río. Sin embargo, aunque las comodidades no eran óptimas, sabíamos que estábamos allí para servir, no para relajarnos y vacacionar.

Allí, nos tocó hacer varias tareas. Un equipo estuvo trabajando en la construcción de una casa que será una vivienda permanente para misioneros voluntarios. Otros equipos realizaron visitas misioneras, juegos y actividades para niños, y atención médica en la escuela local y en las casas de quienes no se podían trasladar.

La misión y el servicio se vivieron con mucha intensidad. Cada día terminábamos cansados pero felices, sonrientes, y llenos de felicidad y satisfacción por haber podido ayudar a tantas personas. El calor, el sol inclemente, los abundantes mosquitos del atardecer y de la noche y las incomodidades no nos lograban frenar ni desanimar. Recibir la gratitud de tantas personas y notar cómo nuestra ayuda era tan significativa para ellos nos ayudaba a continuar y a seguir animados cumpliendo con la misión de cada día.

Muchos de los misioneros recién llegados al Amazonas no sabían hablar ni una palabra en portugués y algunos creían que no podrían hacer mucho por los demás. Pero, desde el primer contacto, pudieron descubrir que el lenguaje que abría las puertas era el del amor y del servicio. Se dieron cuenta de que las palabras eran secundarias y de escaso valor en ciertos momentos. Pero, pocos días después, las palabras comenzaron a fluir y, mientras los misioneros trataban de aprender portugués, a su vez enseñaban español a los ribereños que deseaban aprender nuestro idioma.

Por las noches teníamos reuniones en la iglesia, tanto para niños como para jóvenes y adultos. Los cánticos de alabanzas, las oraciones y los estudios de la Palabra se realizaban con emoción, intensidad y fe. Aún quedan en nuestra memoria esas canciones que todavía nos emocionan al escucharlas o cantarlas nuevamente.

Cinco integrantes de esta misión habíamos participado en la misión Amazonas del año 2018, donde estuvimos diez días en la misma comunidad de Costa do Aruaná. En esa ocasión trabajamos en la construcción del templo, que era un anhelo de las dos familias adventistas que había en la comunidad. También realizamos Grupos pequeños, trabajos con niños y dejamos funcionando la iglesia con un lindo número de interesados. Así que, fue muy emocionante para nosotros y para los hermanos locales este reencuentro y seguir trabajando junto a ellos para el avance de la causa del Reino de Dios.

Luego de seis intensos días concluimos nuestra tarea al dejar la casa completamente techada (y a la espera de recursos para que en siguientes misiones se construyan el piso y las paredes con el objetivo de hacerla habitable para el año próximo). Los hermanos y los amigos de la comunidad realizaron un muy emotivo almuerzo de despedida, en el que pudimos disfrutar de la camaradería y el compañerismo de todos. Y, aunque la despedida fue emotiva y difícil, viajamos hacia otra comunidad con la certeza de que la obra del Señor seguiría avanzando. Allí quedaron hermanos de fe, optimismo, entrega y pasión por la misión.

Navegando por el Solimões

Este viaje nos hizo desandar parte de lo navegado en el río Solimóes. Ascendimos por el río Negro por unos 100 kilómetros hasta llegar al río Cuieiras, uno de sus afluentes, para servir en la comunidad de São Sebastião. El viaje duró unas 17 horas, incluyendo unas cinco horas de descanso en un lugar encantador, aislado y tranquilo. Allí, el barco paró sus motores para permitirnos descansar mejor durante la noche.

El clima y el paisaje en esta región son diferentes. Hay abundante vegetación y un clima un poco más fresco por las noches. Lo que coincidía con las otras regiones que visitamos era la presencia de delfines del Amazonas: unas simpáticas criaturas a las que les gusta jugar y asomarse cerca de las embarcaciones.

La comunidad de São Sebastião es diferente de la anterior. Está asentada en una península elevada. Esto hace que las aproximadamente 45 casas  del poblado estén en un radio muy cercano. Allí, las crecidas del río llegan hasta el borde del pueblo, pero no lo anegan. En aquel lugar nos encontramos con personas también muy receptivas, pero con algunas dinámicas diferentes. Había algunas personas que nos relataron sus problemas con el alcohol y las drogas. Esta es una región alejada, con pocos barcos, con energía eléctrica unas pocas horas por día. No hay redes de telefonía celular, ni policía, ni servicios básicos, pero es una zona donde los vicios están presentes desde hace décadas.

Realizamos actividades muy similares a las de la comunidad anterior. Había muchos niños para jugar y enseñar de Jesús, muchos jóvenes y adultos para visitar. Además, ya que los médicos llegan solo una vez al mes en una clínica flotante, había mucha gente con necesidades relacionadas con la salud.  También ayudamos a remodelar y remozar una casa de madera que fue donada para ser la iglesia adventista de la comunidad.

Durante el día las actividades eran intensas, y por las noches realizábamos unas reuniones de evangelización con temas introductorios presentados por un médico psiquiatra que formaba parte de nuestro grupo. Además, los pastores de la misión presentaban temas bíblicos. Paralelamente se realizaba una reunión para niños con representaciones y narraciones de las historias bíblicas, con animadas canciones en portugués y en español, idioma que a los niños les gustaba escuchar y aprender.

En esa comunidad también se pudieron tejer lazos fuertes con los lugareños Los invitamos a congregarse en la pequeña casa-iglesia para disfrutar de tres noches de evangelismo con más de veinte adultos y la misma cantidad de niños.

Misiones como estas pueden ser muy efectivas para llevar alegría, salud, amistad y el evangelio de Cristo a muchas personas sedientas y necesitadas. Pero, ciertamente, también afirman la necesidad de la comunión con el Señor y la determinación de seguir trabajando por la causa del Reino de Dios, en los propios misioneros.

Haber pasado solo unos pocos días allá nos permitió percibir por qué hay gente que está dispuesta a dejar su zona de confort y dedicar un año, cinco años, o el resto de la vida, a la misión. Nuestras vivencias en aquellas tierras nos permitieron tener un atisbo de lo que habrá sido para Jessie y Leo Halliwell fundar un ministerio que aún hoy no ha concluido.

La vida puede tener muchos momentos hermosos; pero, si aún no experimentaste la sensación de haber sido usado por el Señor para cumplir una misión en favor de los demás, no tienes idea de lo que te estás perdiendo. No demores más y busca a tus compañeros, tu director de jóvenes o tu pastor para iniciar un grupo misionero en tu localidad.

Tu también puedes ser voluntario

Si te interesa participar de alguna misión en el Amazonas, puedes contactarte con el ministerio Salva Vidas Amazonia. Con ellos podrás sumarte a misiones abiertas que tienen durante todo el año. Visita: Salva vidas Amazonía

También puedes comunicarte con el ISAM y sumarte a nuestra Misión Amazonas 3.0, que se realizará durante 2020.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2020.

Escrito por Daniel Vergara, pastor y director de Vida Estudiantil del Instituto Superior Adventista de Misiones (ISAM).

Misión Kyrgyzstán

Misión Kyrgyzstán

Misión Kyrgyzstán

Son tres historias, tres experiencias, tres vidas… Son reales y concretas. Son desinteresadas y anónimas; aunque sus protagonistas son reales y es verdad todo lo que dicen y vivieron en diferentes lugares.

Siempre escuchamos historias de voluntarios de diferentes partes del mundo, y muchas veces hasta soñamos serlo algún día; pero lo importante es que hay que decidirlo, y que para ser voluntario hay que empezar a serlo.

Estas historias intentan mostrar, en pocas palabras, algunas vivencias buenas y malas, pruebas y anécdotas de lo que estos jóvenes vivieron en sus lugares de trabajo. Y cada uno de ellos nos muestran que no hay una sola manera de cumplir con lo que Dios nos encomendó. Pero todos mencionan que, a pesar de las pruebas y las dificultades, Dios está con nosotros, y que cuanto más cerca estemos de él, más nos va a mostrar cómo servirlo.

El voluntario busca siempre seguir el ejemplo de Jesús cuando estuvo en la Tierra: primero, responder a las necesidades físicas, emocionales y/o espirituales de las personas; y recién después mostrar por medio de la amistad y las relaciones sociales a Aquel que nos amó tanto que envió a su Hijo para morir por nosotros.

A veces pensamos que para ayudar a los demás primero debemos cambiar nuestra vida, pero, como veremos a continuación, estas historias nos muestran que, en realidad, ayudar a los demás cambia nuestras vidas.

Una caja de sorpresas

Mi voluntariado en Kirguistán fue una continua caja de sorpresas. Algunas propias de las diferencias culturales, los cambios en el trabajo, las relaciones interpersonales, y la vida misma. Pero también sucedió, al adaptarme al lugar donde vivía y disfrutar de la experiencia, que los días se hicieron rutinarios: sentirse en casa, el trabajo de enseñanza de idiomas de siempre, y las caras de siempre.

Cuando transitaba el noveno mes de mi estadía allá, atravesé por una serie de sucesos poco agradables que parecían que iban a oscurecer el final de mi año como voluntaria. Oré muchísimo para que el Señor me diera fuerzas y que el espíritu misionero sea más fuerte que cualquier circunstancia.

Fue en ese momento cuando recibí una invitación inesperada que cambió todo. Luego de varias circunstancias aparentemente casuales, un instituto de enseñanza privada me contactó para que trabajara allí durante los últimos meses de mi estancia en el país. Parecía una buena oportunidad para renovar el aire y obtener ciertos beneficios, pero estaba cansada y con bastante trabajo en el Centro de Influencia en el que desarrollaba la mayor parte de mis tareas.

Estuve a punto de rechazar la oferta, pero vino a mi mente la siguiente idea: “¿Cuál es mi objetivo como voluntaria? ¿Cumplir mi trabajo y volver a casa?” En los establecimientos que pertenecen a la iglesia a veces tenemos mucha precaución con hablar de Dios, por los controles que el gobierno ejerce sobre nosotros, pero fuera de ellos, si bien hay que ser siempre cuidadosos, tenemos más libertad. Además, si yo quería hacer más amigos e influenciar sobre más personas, este era un buen lugar para encontrarlos.

Y eso es lo que encontré en este instituto. Noventa alumnos que hicieron una diferencia, no solo en mi vida como voluntaria, sino además en mi forma de ver la misión. Personas con las que hicimos amistades tan lindas, que me hicieron entender en forma práctica el valor de las relaciones personales a la hora de compartir mi fe.

Con ellos no solamente nos veíamos en clase, sino también en festejos del instituto, salíamos a comer juntos, a hacer compras en el bazar, o simplemente a pasear. Con varios alumnos hicimos amistades más cercanas, que mantengo hasta el día de hoy gracias a las redes sociales, y pude invitarlos a la iglesia y a otros programas religiosos. Su curiosidad hacía que me hicieran preguntas sobre mi estilo de vida, a partir de las cuales podíamos tener conversaciones más profundas sobre nuestras creencias. En algunas oportunidades pude hacer oraciones con ellos, regalar libros espirituales, incluso la Biblia.

Ellos fueron quienes estuvieron aquel día triste de nuestro adiós en el aeropuerto. Con los líderes del instituto viví varias circunstancias que me dieron la oportunidad de testificar en cuanto a lo que dice la Biblia respecto a cómo guardar el sábado, el estado de los muertos y la vida cristiana, entre otros temas. También organizamos una fiesta latina, con la que yo me despedí de todos y en la que también pude hablar abiertamente de Dios y cómo él dirige mi vida.

Aprendí la importancia de aprovechar cada oportunidad que el Señor me da para hacer amigos, y que la constante oración debe ser por discernimiento para que Dios nos muestre cómo influenciar sobre otros; no limitarse a lo que se nos asigne como tarea, puesto que esa es solo la excusa para contactar personas. El trabajo misionero más fuerte viene después, fuera del aula de clases, fuera de la cancha de fútbol, fuera de la oficina… Y, por último, estar preparada para todas las sorpresas hermosas que Dios tiene en el campo misionero, que no es solamente un año afuera, es para toda la vida.

Lejos de casa

Estar distanciado del hogar no es fácil, y menos cuando tienes que enfrentarte a tus miedos, a tu temperamento, a tus propios errores, a un mundo totalmente diferente, a aprender de nuevo qué es lo que está bien y qué es lo que está mal en otra sociedad, a ser humilde y a pensar mucho más de lo que lo hacías antes.

Quiero contarte una experiencia que tuve. A los dos meses de estar como voluntario, caminaba por un lugar y me paró un policía. Automáticamente trate de evadirlo, por algunas razones. Primero, no había hecho nada malo, y segundo, realmente no entendía mucho el idioma. Sin embargo, él me siguió unos metros y me volvió a hablar. Lo miré, y automáticamente me pidió el pasaporte. Yo sabía que podía negarme a dárselo a él y que podía mostrárselo sin tener la necesidad de soltarlo. Por eso, traté de tenerlo en mi mano. No obstante, el policía forcejeó y me lo quiso sacar. De inmediato me puse a pensar: “Es grande, es policía, es otro país, y no tengo idea de qué pasará si me pongo firme”. Así que, lo solté. Pasados unos segundos, el policía se fue con mi pasaporte. No tuve otra opción que seguirlo, dado que ese documento era indispensable para mí. En ese momento intenté llamar a mi director del grupo de trabajo, pero no logré comunicación con él.

A las pocas cuadras, mientras caminábamos por un pasillo lleno de negocios al costado, entramos en una tienda de celulares. Adentro había una sala con una mesa larga y unos bancos. El policía me pidió que me sentara. Si tengo que contar realmente cuáles eran mis sentimientos en ese momento, sin entender el idioma, sin entender nada de la situación, realmente estaba nervioso y no quería estar ahí.

Mientras me hacía algunas preguntas sobre mi trabajo, llegó otro policía. Me preguntaron sobre mi familia, y si llevaba alguna bomba. En un momento me hicieron parar y me revisaron todo: la billetera, las fotos que tenía dentro de mi celular, todo… Luego, llegó otro policía. Este solo se sentó y observaba la situación. No voy a mentir, sentía una incomodidad total; que estaba perdiendo mi dignidad y que no podía hacer nada. Al final, tomaron mi billetera, sacaron dinero y me hicieron la seña de no decir nada y que me fuera.

Ese mes siguiente fue muy difícil. Si veía un policía, caminaba tal vez diez cuadras más para no cruzarlo. Realmente me había quedado mal, pero tenía que superarlo. Con la ayuda de Dios, y con oración, todo fue mejorando.

Necesitamos recordar las veces que Dios nos cuida, porque somos muy olvidadizos. Si hoy me preguntaran ¿qué es para ti ser misionero?, mi respuesta sería: no solo es predicar y llevar el evangelio. Hay algo antes de todo esto, y es poder mantenerte en sintonía con Dios continuamente, constantemente… todo lo demás llegará solo. Lograrás el éxito al estar en continua comunión con Dios.

Mi propósito no es contar cómo o cuántas bendiciones me regaló Dios por un año a su servicio, pero no tengas la menor duda que fueron muchas, incontables. Y no lo digo como algo superficial. Hablo de forma específica, digo que trabajar para Dios te cambia el carácter, la personalidad, moldea tu vida; pero debes buscar esa Fuente de poder y poner en práctica tu fe.

Puedes ser misionero donde vayas. Podrán cambiar el país, la gente, la cultura, pero lo que nunca cambiará será que todo lo que hagas dependerá de tu continua relación con Dios.

Una misión, una decisión

2 de enero de 2017, asiento 16A del vuelo TK 348, rumbo a Asia Central. La ropa y el idioma de los demás pasajeros me indican que estoy muy lejos de casa, y que los meses que tengo por delante serán un verdadero desafío, una aventura junto a mi Jesús.

Grandes montañas, temperaturas extremas y tormentas de nieve me dieron la bienvenida. Y desde un comienzo las personas del lugar se mostraron amables y curiosas. No es común ver occidentales en esta parte del mundo. Quizás una de las anécdotas más graciosas de experiencias que viví fue el día en que dos taxistas comenzaron discutir en un lenguaje que no entendía, y a tironear de mi ropa para que viajara con uno de ellos. Este tipo de momentos no se olvidan fácilmente. La adaptación, a veces, toma formas inesperadas.

En el transcurso de un año como voluntario en un país donde el idioma, el horario, las costumbres y algunos conceptos básicos son tan diferentes de los propios, el aprendizaje es constante, y cada jornada se ve enriquecida con un sinfín de situaciones en las que nuevos conocimientos, palabras, actitudes y modos de vivir se vuelven parte de nuestra vida. Pero, aun así, nada de esto hubiese sido posible sin el paso que di en el sentido de lo que quería. Y esa fue, sin lugar a dudas, mi mayor enseñanza: debemos tomar decisiones, debemos dar pasos con sentido.

Cuando pienso en esto, recuerdo al pueblo de Israel frente al Jordán. Y es sabido que los sacerdotes tuvieron que caminar y mojarse los pies para que el río se abriera. Muchas veces leí y escuché sobre este momento que narra la Biblia, pero recién cuando lo viví entendí la importancia que tiene el hecho de avanzar, de salir, de levantarse, de tomar una decisión y actuar en consecuencia, para que Dios pueda manifestarse con poder y, sobre todo, de manera real y concreta en todas las áreas de la vida. Vacilamos muchas veces en umbrales que nos detienen a evaluar, a analizar y repensar nuestra existencia. Por supuesto que en ocasiones es necesario, pero no nos acomodemos allí: Dios no nos muestra su voluntad meramente con el fin de que la tengamos en cuenta, lo hace si la vamos a seguir.

Han pasado ya ocho meses desde mi regreso. Los recuerdos son muchos, variados y, por cierto, agradables. La emoción de haber estado en ese país y haber compartido hermosos momentos con cada una de las personas con quienes me relacioné continúa intacta. Miro hacia atrás, y puedo ver que no fue fácil concretar este sueño. Hubo de todo: un poco de renuncia, muchas incógnitas, algo de valor, y sin duda, una gran alegría por formar parte de esta experiencia.

Muchas fueron mis vivencias allí: desde manadas de lobos hasta no poder mover una pierna estando solo en medio de las montañas; orar en el nombre de Jesús junto a un grupo de jóvenes que poco sabía de nuestro Salvador; compartir lo que Dios hizo en mi vida con alguien que actualmente reconoce el sábado como día del Señor. Notar cómo de a poco el idioma dejó de ser una barrera, para transformarse en un canal de bendiciones. Y obviamente, ver la mano de Dios en cada una de las actividades que realizamos en ese hermoso país.

A quienes leen esto, les digo: sean decididos, avancen. Lo que Jesús tiene preparado para ustedes es mucho más grande de lo que puedan imaginar.

Quiero ser voluntario. ¿Cómo hago?

Puedes formar parte del Servicio de Voluntario Adventista (SVA) de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Sudamérica. El objetivo del SVA es poner a disposición, de forma organizada, oportunidades de servicio voluntario temporario para adventistas jóvenes y adultos, estudiantes y profesionales, en regiones necesitadas del mundo, apoyando a la iglesia en la proclamación del evangelio.

Tus oportunidades de servir están a un solo clic.

Ingresa a: sva.adventistas.org/es/

Busca un proyecto en el mapa. Puede ser a corto o a largo plazo).

Toma nota de los requisitos para aplicar a ese proyecto.

Este artículo fue publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2020.

Escrito por una pareja de misioneros voluntarios que trabajan en Kirguistán.

Poliamor

Poliamor

Poliamor

Las nuevas tendencias sociales están reconfigurando las relaciones de pareja tradicionales. ¿Cómo mantenerse firme en un mundo donde todo vale y todo está permitido?

“Hola, me llamo C., vine con mi novia S. y mis otras dos parejas. Ella vino con F., su otra pareja”.

La frase que acabo de escribir no fue extraída de una película de ficción (aunque bien podría), sino de la misma realidad. En una entrevista concedida a un popular medio nacional de la Argentina, S. contaba cómo era esta convivencia afectiva: “Con mi novio, nos cansamos del modelo tradicional de una relación. Por eso, decidimos abrirnos afectiva y sexualmente a otras personas. Nos sentíamos atrapados en la monogamia porque es como una especie de estructura sentimental, y decidimos apostar a esto”.

Aunque no lo creas, casos como este son cada vez más comunes en Latinoamérica y en el mundo; tanto, que hasta se asignó un nombre a este tipo de relaciones: poliamor. ¿Qué es esto? Es un término que se refiere a mantener relaciones amorosas y/o sexuales de manera simultánea con varias personas, con el consentimiento y el conocimiento de todos los involucrados.

Como nunca en la sociedad, el tema del sexo ha dejado de ser una restricción o algo prohibido. Al contrario, cada vez hay menos tabúes, y conceptos como el “poliamor” están a la orden del día. Además, las redes sociales, las aplicaciones para conocer personas con quienes entablar una relación sexual y la pornografía digital son frecuentes, consumidas y aceptadas socialmente. Como nunca, hoy es muy sencillo acceder a cualquier cosa que rodee al sexo. Claro que, en la escala de valores de la cambiante sociedad posmoderna de hoy, el don de la sexualidad está a miles de kilómetros de distancia del ideal edénico que Dios nos ofreció.

Hablemos de sexo

Si hay algo que el enemigo ha logrado, en una estrategia maestra, es que los cristianos pensemos que el sexo y todo lo relacionado con él es pecado. Gran error: la sexualidad es un regalo de Dios para ti. Leamos Génesis 1:26 al 28. Allí dice que fuimos creados a la imagen de Dios y que fue él mismo quien indicó a Adán y a Eva lo que implicaba la sexualidad.

La Biblia es un libro muy claro al respecto. La revelación divina no es confusa ni da lugar a interpretaciones extrañas.

Mira lo que dice acerca del sexo. Lee, compara, indaga e investiga. La relación sexual bíblica es heterosexual y monogámica, y tiene un lugar y un tiempo específicos para ser ejercida: el matrimonio.

Un hombre y una mujer (Gén. 2:18-25; Hech. 13:4), con respeto, fidelidad, amor y consideración hacia las necesidades del cónyuge (Prov. 5:15-23; Efe. 5:22-33) son los protagonistas de la sexualidad; que lejos de ser algo acotado meramente a lo carnal forma parte de nuestra vida integral, y es el resultado de una combinación espiritual, física y emocional de nuestro ser con el de la otra persona.

Sin rodeos, y con la maravillosa y necesaria luz que emana de lo revelado por Dios, la Biblia califica como pecado a:

  • El sexo premarital y la violencia sexual (Deut. 22:13-21, 23-29).
  • La relación entre personas del mismo sexo (Lev. 18:22; 20:13; Rom. 1:26, 27).
  • El travestismo (Deut. 22:5).
  • El adulterio, o sexo fuera del matrimonio (Éxo. 20:14; Lev. 18:20; 20:10; Deut. 22:22; 1 Tes. 4:3-7).
  • Las diferentes formas de ejercer la prostitución, tanto masculina como femenina (Lev. 19:29; Deut. 23:17).
  • Las relaciones sexuales con animales, o bestialismo (Lev. 18:23; 20:15, 16).
  • La relación con personas de la misma familia o con niños (Lev. 18:6-17; 20:11, 12, 14, 17, 19-21).

Conforme a su estrategia, Satanás se ha encargado por todos los medios de desvirtuar este sublime regalo divino. Observa a tu alrededor, abre tus redes sociales, mira casi cualquier video en YouTube, y te darás cuenta de esto. Pero… ¡calma! Depende de ti cuidar y valorar este regalo.

Pide un deseo

El sexo es un don que Dios te dio para que disfrutes y seas feliz. Y es una dádiva maravillosa. Desde luego que, como tal, debemos cuidarla.

Si se hiciese realidad tu deseo de tener, por ejemplo, el último teléfono, o el último automóvil… Por más lindos o caros que sean,  se arruinarían si no los cuidas como debes. Lo mismo ocurre con el sexo.

Sexo sin “sexo”

Sin embargo, en los últimos tiempos, hay un fenómeno que intriga a los investigadores. Los adolescentes tienen menos relaciones sexuales, según las encuestas y las investigaciones. Podrías pensar entonces que esto es muy positivo, y que estamos cuidando y valorando más el regalo de Dios. Mmm… no, precisamente. Sigue leyendo.

A pesar de un contexto y de un acceso tan favorable a todo lo relacionado con la sexualidad (por medio de las aplicaciones en el celular para encontrar con quién tener sexo, las películas que incitan a los jóvenes a tener relaciones y la pornografía digital), varios estudios en adolescentes han mostrado que en la actualidad la iniciación sexual (por medio de una relación sexual propiamente dicha) se da cada vez más tarde.

En Estados Unidos, entre 1991 y 2017, el porcentaje de estudiantes de nivel medio que habían tenido relaciones sexuales cayó del 54 % al 40 % (según datos que se desprenden de una encuesta realizada por los centros para el Control y Prevención de Enfermedades sobre la Conducta de Riesgo Juvenil de ese país, en diciembre de 2018).

¿A qué se debe esto? Sin duda, a múltiples factores. No obstante, los psicólogos y los sociólogos coinciden en algo: los abundantes espacios digitales expulsan lo presencial y provocan la pérdida de habilidades sociales. Así, los adolescentes no reprimen ni cuidan su sexualidad por no tener relaciones sexuales, sino que “disfrutan” del sexo pero de otras maneras. ¿Cuáles?

El consumo de pornografía digital (ya sea de películas o de fotos), mayormente, por medio de teléfonos celulares.

  • La exposición en las redes y el envío por medio de mensajería digital de fotos eróticas.
  • El uso constante de aplicaciones en el celular relacionadas con el sexo.
  • El sexting, que es el envío de mensajes sexuales, eróticos o pornográficos por medio de teléfonos móviles.
  • La masturbación, que es la autoestimulación de los órganos sexuales para lograr placer.

Así, los jóvenes encuentran muchas ventajas en estos modos de relación, porque les permiten evitar los conflictos, las decepciones, y el tener que exponerse.

Lejos de ser positivo, todas estas cuestiones implican algo que va más allá. El hecho de que no tengas relaciones sexuales propiamente dichas no quiere decir que estés ajeno a los pecados sexuales. La Biblia nos habla de un valor fundamental en la vida del cristiano: la pureza.

La Biblia dice que tener pensamientos impuros también es pecado. Además, está en contra de los vicios secretos, como la pornografía y la masturbación (Eze. 16:15-17; 1 Cor. 6:18; Gál. 5:19; Efe. 4:19; 1 Tes. 4:7); el exhibicionismo sexual (Eze. 16:16, 25; Prov. 7:10, 11); y el acoso sexual (Gén. 39:7-9; 2 Sam. 13:11-13).

El poliamante bíblico

Aunque no lo creas, el poliamor no es algo nuevo. Ya existía en la Biblia. Abraham, por ejemplo, tuvo varias esposas y personas con las que tuvo hijos (Sara, Agar y Cetura, por ejemplo). Y también tuvo graves consecuencias por ello.

Pero, el caso más conocido, sin dudas, es el de Salomón. Cuando fue joven amó a una sola mujer y fue feliz (para corroborar esta impresionante historia de amor, lee el libro del Cantar de los Cantares).

Con el paso del tiempo, Salomón fue cediendo en sus principios y cayó en el poliamor. Y su felicidad huyó. Tal vez te parezca bueno el concepto de tener muchas personas a las que amar y con quienes tener sexo; pero no fue así el caso de Salomón. Da pena leer 1 Reyes 11:3: “Tuvo setecientas esposas de rango real y trescientas concubinas, las cuales desviaron su corazón”. Y mira cómo sigue el relato: ”Cuando Salomón ya era anciano, sus mujeres hicieron que su corazón se desviara hacia otros dioses, pues no se había entregado por completo al Señor su Dios” (1 Rey. 11:4).

Al final de su vida, Salomón reconoció a Dios por sobre todo y se arrepintió. Por eso, dejó una lección sumamente importante en el libro de Eclesiastés. En el capítulo 2, versículos 1 al 11, él describe todo lo que tuvo. Entre la lista de bienes, se mencionan mujeres y concubinas, y dice que no se negó ningún placer. Y ¿a qué conclusión llegó? Mira: “Me puse luego a considerar mis propias obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y me di cuenta de que todo era vana ilusión, un querer atrapar el viento, y de que no hay nada de provecho en este mundo” (Ecl. 2:11).

El poliamor ofrece un aparente goce de ilimitado placer, pero todo queda en la nada porque ese no es al plan de Dios para tu vida. No fuiste diseñado para eso. La felicidad que supuestamente obtendrías con eso no es real ni duradera. ¡Qué bueno que, más allá de sus caídas, tenemos en la Biblia la experiencia de Salomón!

¿Muro o puerta?

Años antes de ceder al poliamor, el mismo Salomón nos dejó en la Biblia una excelente ilustración del ideal de Dios para nuestra sexualidad. Dice Cantares 8:9 y 10: “Si ella es muro, edificaremos sobre él un palacio de plata; si fuere puerta, la guarneceremos con tablas de cedro. Yo soy muro, y mis pechos como torres, desde que fui en sus ojos como la que halla paz”. Y en Cantares 4:12 se dice: “Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía; fuente cerrada, fuente sellada”.

La metáfora poética es aplicable a nuestra vida hoy. Podemos ser puertas abiertas, y caer en la promiscuidad sexual (con otras personas o con pensamientos impuros), o podemos ser muros (o huertos cerrados y fuentes selladas), y resguardar nuestra sexualidad para vivirla en el momento y el lugar que Dios determinó en su plan maestro: el matrimonio.

Vencer la tentación sexual no es fácil; nadie dice que lo sea. Pero ¿sabes qué? Es posible. La Biblia lo afirma y debes creerlo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). ¡Qué declaración extraordinaria!

Nunca olvides que hay perdón y restauración en Jesús. Muchos y muy conocidos personajes bíblicos cayeron en pecados sexuales, como David (que no tenía Internet, pero se distrajo mirando una cosa y otra –¿te parece familiar?– por los techos de su palacio. Vio a la hermosa Betsabé, y cedió a la tentación sexual. Y la mujer hallada en adulterio. Pero encontraron el perdón divino. Lee el Salmo 51, Juan 8:1 al 11 y 1 Juan 1:7 al 9).

Jesús es el mejor ejemplo de “poliamor”. No porque él haya cedido a la tentación sexual, sino porque él te ama de todas las maneras y de todas las formas. Te ama intensa y maravillosamente. Te ama más allá de lo que hagas, más allá de tus fallas, más allá de tus caídas, más allá de tus promesas incumplidas, más allá de tus rebeliones, más allá de tus fracasos. Más allá de todo.

Te ama tanto que murió por ti en la Cruz para darte el perdón y una nueva oportunidad.

Te ama tanto que te regaló el don de la sexualidad para que lo disfrutes, pero también para que lo cuides.

¡Dio su primer beso en el altar!

Michelle (de Ecuador) y Jorge (de Chile) unieron sus vidas antes Dios por medio del casamiento hace poco tiempo, luego de tres años de noviazgo. Pero esta sería una historia más, a no ser por un “pequeño detalle”. Conexión 2.0 dialogó con los actores centrales de esta hermosa película de amor. Esto nos dijeron.

Jorge: “Cuando mi esposa (Michelle) tenía catorce años, hizo una promesa a Dios. Era la siguiente: le iba a dar su primer beso al hombre que sería su esposo en el altar de su casamiento. Para eso, puso una llave en un cofre cerrado. Esa llave simbolizaba la pureza. Con esta promesa, ella quería honrar a Dios con su vida y con su cuerpo. Y así fue.

“Conocí a Michelle en la Universidad Adventista del Plata, donde estudiamos Comunicación Social. Nos hicimos muy amigos y luego… ¡nos pusimos de novios! Fue muy raro todo, porque yo sabía de esta promesa. Así que, éramos novios, pero no le podía dar un beso. Fue algo un poco complejo al principio. Me costó mucho, pero me pareció una promesa muy linda, de mucha pureza. Usemos la boca para conocernos, me dijo ella. Y así fue durante tres años. Por eso, hablamos mucho y profundizamos nuestra relación. Eso es lo que más importa cuando estás de novio. Conversar es abrirse al otro, expresar lo que uno siente, sus miedos, sus sueños. Durante nuestro noviazgo, cimentamos con palabras lo que sería nuestra vida futura, y servimos mucho a Dios mediante la actividad misionera. Con el tiempo, lo de besarnos en la boca pasó a ser secundario. Yo la respeté porque la amaba. Dios nos fue guiando.

“El 4 de febrero de 2018 nos casamos. Y fue genial. Fue en ese momento que ella me entregó esa llave del cofre y fue allí donde nuestros labios se juntaron por primera vez (y fue el primer beso que ella daba en su vida). Fue un momento que no puedo describir. Fue único, espectacular, perfecto.

“Creemos que nuestra historia es solo para honrar el nombre de Dios. No digo que todas las parejas de novios hagan lo mismo que nosotros, pero sí los invito a conservar la pureza en la relación de noviazgo”.

Michelle: “Tengo que reconocer que prometer algo así a los catorce años y cumplir esa promesa no fue algo sencillo. Sin embargo, valió la pena, porque el final fue emocionante. Nunca había experimentado un beso, y el primero fue en el altar, con toda el alma, envuelto con la dulce espera. Ahora que ya perdimos la cuenta de cuántos besos hemos disfrutado en nuestra corta etapa de casados, los besos solo son un ingrediente más para el conocimiento. Por varios años, decidimos darle prioridad a nuestras historias, ya sea a construirlas o a recordarlas.

“No saben cuánto disfruto escuchar hablar a mi amor. Amo besarlo con mis labios, amo besarlo con mi alma, amo abrazar su vida y la mía, juntas.

“La espera nos enseñó que, para llegar a disfrutar algo hermoso, debemos no solo guardar nuevas emociones, sino además disfrutar tan bien las que tenemos a nuestro alcance.

“Hoy amo besarlo con mis labios, pero amo más conocerlo tanto como si lleváramos toda una vida juntos. Amo pasar a su lado cada día, amo despertarme cada mañana junto a él, amo cuando me lleva desayunos a la cama, amo cuando me entiende en mis momentos difíciles, amo cuando me cuida y hace todo a su alcance para darme la mejor vida.

“No sé cómo uno puede llegar a amar tanto a una persona que pertenecía a un mundo distinto del tuyo; no puedo entenderlo, pero sí experimentarlo, cada día”.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2019.

Escrito por Pablo Ale, pastor, periodista y director de Conexión 2.0

La mejor aventura

La mejor aventura

La mejor aventura

Viajamos hasta Brasil para participar del V Camporí Sudamericano de Conquistadores. Fueron días de calor, alegría, emoción, servicio a la comunidad y de muchos, pero muchos amigos.

¿Te imaginas un viaje en colectivo de tres días? ¿Te imaginas ser parte de una ciudad de 50.000 personas y que la mayoría tenga entre diez y quince años? ¿Te imaginas que esas personas sean de más de 10 países diferentes y que hablen distintos idiomas? ¿Te imaginas cantar y alabar a Dios en portugués y en español en un estadio repleto de adolescentes? ¿Te imaginas hacer amigos nuevos de toda Sudamérica y jugar, reír e intercambiar pines, remeras y gorros con ellos?

Todo esto y mucho más se vivió en Parque do Peão, ubicado en la localidad de Barretos (Estado de San Pablo, Brasil) en las dos ediciones del V Camporí Sudamericano de Conquistadores: la edición Alfa fue del 8 al 13 de enero y la edición Omega fue del 15 al 20 de enero. El lema del camporí fue “La mejor aventura”.

La organización al extremo, el cuidado de cada detalle y la coordinación de cientos de actividades diversas (entre programación, investidura, recitales, seminarios, juegos, salidas, estands y demás) requirió una gran capacidad de planificación y de logística de un gran equipo de pastores, administradores, visitas mundiales (entre las que se destacaron la del Pr. Andrés Peralta –líder mundial de Conquistadores– y la del Pr. Gary Blanchard –líder mundial de Jóvenes Adventistas) y voluntarios liderados por el Pr. Udolcy Zukowski, director de Conquistadores de la División Sudamericana. Montar esta miniciudad llevó cuatro meses de trabajos previos.

Además de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay; también participaron conquistadores de México, Estados Unidos, Colombia, Canadá, Rumania y Corea del Sur, entre otros países. Así, este crisol de naciones disfrutó de los programas de culto de la mañana y de la noche, de los juegos, los momentos de confraternización, los seminarios y las tareas comunitarias. En total, se repartieron cerca de 100.000 libros misioneros Esperanza para la familia y se realizaron seis expoferias de salud en la región donde se atendieron a 1.500 personas.

Barretos, segunda temporada

Otra vez, como en 2014, me tocó disfrutar la experiencia de poder estar en el “Parque del peón” de Barretos, presenciar todos los programas y revivir el maravilloso espíritu de amistad que se siente en el aire del predio. Cinco años pasaron, pero hay cosas que nunca cambian: la alegría de los conquistadores (incesante y continua), los sonidos de las fanfarrias que resuenan en el aire (acompañados de marchas perfectamente coordinadas), las filas para ir al baño (que se transforman en notables centros de confraternización), el aprendizaje informal de palabras en otro idioma (aunque siempre, tanto los conquistadores de habla hispana como los de portuguesa le piden al interlocutor de turno que por favor hable más lento), el intercambio de elementos (como banderas, remeras, pines y recuerdos de otros camporís), los emotivos programas nocturnos (llenos de sorpresas, invitados especiales y fuegos artificiales), los juegos espectaculares (si fuiste, seguro te subiste a las ruedas gigantes hechas con troncos, unas construcciones geniales), las largas caminatas para realizar las actividades (es gracioso, pero siempre el lugar donde tienes que ir queda en el otro extremo de donde estás) y… ¡el calor! ¡Mucho calor! (Pero ¿qué inconveniente representa esto para un conquistador? Con buena hidratación y gorro… ¡Ninguno!)

“En Perú hace menos calor que aquí. ¡A las siete de la tarde todavía hay sol en Brasil!”, observa Jaqueline mientras gesticula con las manos. Sin embargo, ni la cuestión climática ni mucho menos la distancia que ha recorrido son factores que la desaniman, incluso luego de enfrentar una travesía de 28 horas. Dieciséis de esas horas fueron en un ómnibus desde Arequipa, ciudad en la que vive, hasta Lima, capital del país; luego, un vuelo de seis horas hasta San Pablo y otras seis horas en ómnibus hasta el Parque do Peão.

Participar por primera vez de un encuentro sudamericano de Conquistadores es, según ella, un estímulo para aprender portugués, a fin de comunicarse con otras personas con las cuales convivirá en los próximos días.

¡2.000 en bicicleta!

Seguramente, Wilmar Villana y el pastor Amando Pardo soportaron más calor. Este dúo recorrió 2.273 km en bicicleta en 16 días para llegar al V Camporí Sudamericano desde Cochabamba, Bolivia. Mientras las llantas giraban y giraban, y los pies no dejaban de pedalear; con cada metro, cada kilómetro y cada ciudad recorrida se acercaban más a la conquista de un sueño que nació hace cinco años.

Luego de nueve meses de planificación, buscaron aliados para empezar la travesía: un auto que los acompañara, dos conductores y 1.500 dólares cada uno para los gastos del viaje. Así, pedalearon con sol y con frío, en pistas de asfalto y de arena, al atardecer y al amanecer, durmiendo en hoteles o en iglesias. “El plan era pedalear 150 kilómetros cada día, descansar los sábados en la iglesia que nos tocara y separar un día después de los mil kilómetros para hacer un mantenimiento a las bicicletas”, afirman.

Lo particular de esta historia es que Wilmar y Amando se conocieron hace 35 años en el primer Camporí Sudamericano de Conquistadores, donde el evento solo albergaba 5.200 participantes. “En ese entonces yo vine con responsabilidades en el club, pero ahora vengo a disfrutarlas desde otra perspectiva”, sostiene el Pr. Pardo, quien es jubilado de la Iglesia Adventista.

El Camporí nos regala siempre estas historias apasionantes. Historias de vida, historias de superación, historias de fe. Historias como las de Dalma.

La mejor decisión

La noche de apertura fue mucho más que una simple inauguración. Se trató de una noche de decisiones para treinta conquistadores. Entre los jóvenes que eligieron entregar la vida públicamente a Jesús está Dalma, de trece años, quien viajó desde Uruguay. Además de hacer las clases regulares de Amigo y Compañero, ella hizo los estudios bíblicos en el Club; por eso, no pensó dos veces cuando tuvo la oportunidad de elegir bautizarse en el Camporí. “Es una emoción muy buena, porque voy a entregar mi vida a Dios. Todo lo que haga será para él”, contó minutos antes de su bautismo.

Ella vive en Montevideo, capital de Uruguay, y ni la distancia de la familia en un momento especial le impidió que tomara esta decisión. La madre y los hermanos de Dalma son adventistas, pero no vinieron al campamento. “El Camporí es un momento muy especial; ya es algo muy bueno entregarse a Dios, y qué decir de hacerlo en un Camporí”, explicó.

Fue lindo ver en cada programa de la noche cómo muchos conquistadores sellaron públicamente su pacto con Dios por medio del bautismo.

Abrazos interminables

La semana pasó muy rápido, entre risas, cantos, aprendizajes y juegos. Fue una semana inolvidable. Pero llegó el domingo, llegó el final. Agustín llora. Melisa se emociona. Matías sigue caminando, envuelto en la bandera de un país que no es el suyo. Priscila es de Brasil y tiene puesta una remera que no es la de su club. Se nota claramente porque todos sus compañeros tienen otra. La cambió ayer con una nueva amiga de Argentina. Todos se abrazan en grupo. El abrazo pareciera no terminar nunca. Esta escena, con otros actores, se replica por doquier.

En un Camporí Sudamericano no importan las divisiones políticas, ni los equipos de fútbol, ni el color de la piel, ni el idioma diferente… Todos somos uno. Todos estamos bajo el estandarte ensangrentado de la bandera de la cruz. Todos somos parte de un movimiento maravilloso que es el Club de Conquistadores. Como nunca, en el estadio se respira un clima de armonía y cordialidad. Siento que tengo 49.999 hermanos. Guardo en mi memoria este momento genial y, al recordarlo, sé que nunca estaré solo.

Este V Camporí fue una aventura de amistad, de compromiso, de solidaridad, de hermandad y de fe. Sin duda fue la mejor de todas las aventuras.

¡Tiene 150 especialidades!

Una de las principales actividades en el Club de Conquistadores es la realización de especialidades; es decir, series de estudios sobre áreas específicas de conocimiento. Después de cumplir todos los requisitos propuestos, el integrante recibe una insignia para colocar en la banda, que es parte del uniforme oficial.

Yasmin Silvestre, de la ciudad de Toledo, Paraná, Brasil fue presentada en el Camporí como la conquistadora que ha realizado el mayor número de ellas. Con 152 insignias y una banda que pesa casi medio kilo, los organizadores hasta entonces no conocían a alguien, ya sea en Brasil, Bolivia, Perú, Argentina, Paraguay, Chile o Uruguay, con una cantidad mayor. La madre de Yasmin, que es directora de club, tiene 117. En la familia, quien “tiene menos especialidades” es su hermano, con 111.

Una de cada tres especialidades de Yasmin está relacionada con las ciencias de la naturaleza. ¿Será una señal de que tiene afinidad con el tema? Sí, no se puede negar. El conocimiento de las especialidades incluso la ayudó en la escuela, en materias como Biología, por ejemplo. Sin embargo, las especialidades fueron importantes para comprobar su vocación. Para ella, la más difícil de realizar fue la de Historia Eclesiástica, referida a la historia de la Iglesia Adventista. Gracias a esta especialidad, Yasmin ya decidió qué estudiará en la universidad: Historia.

¡Números asombrosos!

Esto dejó el V Camporí Sudamericano:

  • 100.000 participantes, entre las dos ediciones.
  • 25.000 carpas.
  • 3.300 clubes.
  • 1.800 duchas.
  • 2.000 pastores.
  • 2.000 encargados de seguridad.
  • 1.800 voluntarios de apoyo.
  • 1.000 baños.
  • 120 profesionales de la salud.
  • 19 países representados.
  • 12 puestos médicos.
  • 10 generadores de energía.
  • 75 toneladas de alimento por día.
  • 20 toneladas de basura por día (que era reciclada por una empresa especializada).

Los cinco camporí en Sudamérica

1984

I Camporí Sudamericano

  • Foz de Iguaçu, Paraná, Brasil.
  • Lema: “De la naturaleza al Creador”.
  • Participantes: 5.200.

1994

II Camporí Sudamericano

  • Ponta Grossa, Paraná, Brasil.
  • Lema: “Camino de pioneros”.
  • Participantes: 10.000.
  • 2005

III Camporí Sudamericano

  • Santa Helena, Paraná, Brasil.
  • Lema: “Fuente de Esperanza”.
  • Participantes: 20.000.

2014

IV Camporí Sudamericano

  • Barretos, San Pablo, Brasil.
  • Lema: “Encuentro marcado en la eternidad”.
  • Participantes: 35.000.

2019

V Campori Sudamericano

  • Barretos, San Pablo, Brasil.
  • Lema: “La mejor aventura”.
  • Participantes: 100.000.

“Manténganse conectados a Dios y a la comunidad”

Entrevista al Pr. Andrés Peralta, líder mundial del Club de Conquistadores. Él nació en República Dominicana y es la primera vez que visita Sudamérica.

Por Rosmery Sánchez Calleja, enviada especial al Camporí desde Perú.

¿Cuál es la importancia del Club Conquistadores en los adolescentes?

Es muy importante. En el club, ellos aprenden a trabajar en equipo, a no ser solitarios sino solidarios; a despertar el hábito de la lectura, el respeto a sus padres y a sus autoridades; cómo cuidar la naturaleza y cómo funciona la astronomía, el arte de acampar y la supervivencia. Pero lo más importante es que ellos aprenden a desarrollar una comunión horizontal con su prójimo y vertical con Dios. Son enseñanzas para toda la vida.

¿Cuál es el panorama del Club de Conquistadores en el mundo?

Según las Naciones Unidas, en todo el mundo hay aproximadamente 1.800 millones de jóvenes entre 18 y 24 años, que constituyen casi la mayoría de la población. Por lo tanto, el mundo es joven y el Club de Conquistadores es un lugar donde se puede alcanzar a todo el mundo.

Estoy hace un año en el cargo de líder mundial y en cada lugar al que he ido he encontrado gente maravillosa. En todo el mundo, el club está creciendo. Tenemos alrededor de 50 mil clubes en más de 170 países. Es impresionante que aún en países musulmanes, países donde es muy difícil  entrar, hay algún Club de Conquistadores. Para que estos clubes hayan sido aceptados, hemos dado nuestras recomendaciones y nuestra filosofía de servicio a la comunidad, no en contra de ellos, sino como un ministerio de ayuda para ellos.

Pero en otros países hay dificultades. Más que nada en Rusia, Ucrania, Kazajistán, Kirguistán. Por ejemplo, en Ucrania, el Club de Conquistadores tiene solo veinte años, así que es algo totalmente nuevo. En Kirguistán hay muy pocos clubes. Para que noten la diferencia, aquí en el Camporí de Sudamérica reuniremos 100 mil conquistadores. En un camporí de toda esa región, la última vez que se reunieron eran solo 100.

En otros continentes, como África, el crecimiento es espectacular. ¡Hay 800 mil conquistadores! Aquí en Sudamérica hay 300 mil.

¿Cuál es su mensaje para los conquistadores sudamericanos?

Que se consagren a Dios, amen a su iglesia y amen a su comunidad; en esas tres dimensiones. Eso es lo que estamos forjando. Y queremos que ellos verdaderamente aprendan a ser excelentes ciudadanos, que la gente reconozca que el Club de Conquistadores les aporta principios correctos y que, a la vez, sean un ejemplo a la comunidad para que esta conozca más de Dios. Manténganse conectados con Dios, con la iglesia y la comunidad.

Ver videos del Camporí

Visita Feliz 7 Play para ver la cobertura en video de este evento inolvidable.

Este artículo fue publicada en la edición impresa de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2019. Escrito por Pablo Ale, Director de la Revista Conexión, Buenos Aires, Argentina.