Juego de espejos

Ene 1, 2021 | Nota de tapa | 0 Comentarios

La formación de tu autoestima es un laberinto. Descubre cómo encontrar la salida.

Cómo y cuánto te aprecias a ti mismo es la forma más sencilla y rápida de definir si tienes o no una buena autoestima. Sin embargo, claro está que el concepto de autoestima puede ampliarse para incluir la evaluación personal de la satisfacción con la propia forma de pensar y afrontar situaciones cotidianas. Más allá de esto, la autoestima será siempre un fenómeno afectivo que interferirá directamente en tu salud, tu bienestar y tu calidad de vida.

Las personas con una autoestima saludable son más seguras y eficientes porque creen y sienten que tienen un gran valor personal. Seguro que conoces a gente así. Pero, si te detienes a pensar un poco, también recordarás quienes entre tus amigos son todo lo contrario: se trata de personas que piensan que no valen nada y que nada les funciona; se sienten disminuidas y poco interesantes. Es muy triste vivir percibiéndote así.

Ahora, piensa un poco en ti mismo. Quizás estés enfrentando actualmente un problema de baja autoestima. En la adolescencia es muy común afrontar este desafío. Pero ¿por qué ocurre esto y cómo cambiar esta condición?

Todo comienza en casa…

Para empezar a comprender tu autoestima veamos cómo se formó. Su configuración tiene una relación directa con la historia de tu vida. Cuando nace un niño, sus necesidades se satisfacen sin que sepa que esa satisfacción es promovida por otra persona. Con el paso del tiempo el niño comprende, poco a poco, el mundo exterior y la existencia del otro. Por lo tanto, las relaciones familiares y las personas que inicialmente cuidan y educan a un niño son muy importantes para desarrollar la autoestima. A través de las primeras relaciones formamos la visión que tenemos de nosotros mismos y alimentamos sentimientos de aceptación o rechazo.

Por ejemplo, cuando se critica constantemente a un niño, nunca creerá en sí mismo. Difícilmente se arriesgará a hacer cosas nuevas. Probablemente se vuelva inseguro. Aunque también puede reaccionar de otra manera. ¿Cómo? Mostrando rebeldía, falta de disciplina y falta de respeto. En ambos casos, acarreará ansiedad en busca de aceptación por parte de las figuras familiares que deben educarlo.

En el polo opuesto está el otro error: el de la sobreprotección. Si los padres no permiten que el niño juegue con amigos, realice tareas posibles para su edad y ejerza cierta autonomía diaria, le envían el siguiente mensaje: “Sin nosotros no vas a poder manejar tu vida. Siempre haremos todo por ti”. ¿Cuál será el posible resultado de esto para el niño? Inseguridad, escasa valoración y baja autoestima.

…y continúa en la sociedad

En el libro Laberinto de espejos (2004), las autoras Simone de Assis y Joviana Avanci analizan cómo se forma la autoestima a través de un triple lente: nuestra propia mirada, la mirada de los demás y las experiencias vividas. En la familia y en la escuela, por ejemplo, la falta de afecto y el desequilibrio en las relaciones pueden comprometer el bienestar y la salud mental de los niños y los adolescentes. Y, cuando ocurre la violencia, la resiliencia se vuelve más importante para desarrollar la autoestima. Tener resiliencia significa superar la adversidad para transformar momentos difíciles en oportunidades de desarrollo.

De este modo, aquellos que son más humillados, amenazados y atacados tienden a tener una autoestima comprometida. Los sentimientos de inferioridad provocados en este contexto predisponen a enfermedades emocionales (como depresión, ansiedad y trastornos alimentarios) y conductas de riesgo. Muchos adolescentes experimentan un vacío emocional tan grande que incluso practican la autolesión, el abuso de sustancias y el sexo irresponsable. Otros se unen a grupos que parecen ofrecer la aceptación. Todos estos son parches, soluciones vanas. Nada de esto llenará ese vacío.

Desde luego, también hay contribuciones sociales y culturales que operan en la construcción de este fenómeno. Es cierto que, con la madurez, el proceso se individualiza. Aunque cada uno acaba definiendo sus valores, por lo general busca relacionarse con personas afines, que tengan creencias y un estilo de vida similar al suyo. En esta fase, es habitual elegir también a personas como modelo de comportamiento con las que puedan identificarse durante más tiempo. Esto es algo bueno. Pero si en algún momento la valoración de estos referentes difiere de la tuya (hasta el punto de hacerte sentir rechazado) se puede abrir una gran herida emocional.

Cuando el padre, la madre, el maestro o una figura importante etiqueta al adolescente como “tonto”, “vago”, “desordenado” o “torpe” (y la lista de adjetivos podría continuar), este comienza a creer que nada bueno y redituable proviene de él. Este juicio contribuye a reducir la autoestima durante muchos años.

Cuando tus amigos marcan la diferencia

El día que ella llegó a mi consultorio por primera vez no dijo casi nada. Vamos a llamarla “Roberta”. Al ingresar, y durante toda la conversación, Roberta no mantuvo contacto visual conmigo y era difícil escuchar su voz suave. Ella tenía casi treinta años en ese momento. Nunca había tenido novio, no estaba contenta con su apariencia física y no tenía grandes aspiraciones en la vida.

Los padres de Roberta se habían separado cuando aún era pequeña. Su madre trabajó duro para mantener a la familia y la niña fue criada por su abuela. Pero, tanto la madre como la abuela vieron solo defectos en Roberta. Todos los días la criticaban y castigaban severamente. Temerosa de exponerse, desarrolló una reacción de escape y distancia. Después de todo, si las personas que debían amarla y valorarla no lo hicieron, ¿cómo sería tratada por los extraños?

A Roberta le costó encontrar algo bueno en sí misma. Fue un viaje duro. Dos amigos jugaron un papel muy importante en el proceso. También estuvo la ayuda terapéutica, desde luego. Con dificultad, ella luchó con su propia autonomía. Así, completó su educación superior, consiguió un trabajo, compró un auto, comenzó a viajar y a vivir más segura y feliz. La historia de Roberta es un ejemplo de superación, pero experimentó mucho dolor emocional antes de comenzar a disfrutar la vida.

Ten en claro algo: Tus amigos pueden marcar una gran diferencia en la construcción de una autoestima saludable, especialmente en la adolescencia. Este es un período de cambios físicos, cognitivos y emocionales que afectarán la formación de tu identidad. En esta etapa, también es importante la autoevaluación ante el grupo social. Por lo tanto, cuando ocurre el acoso, por ejemplo, es muy difícil que un joven salga ileso, ya que las palabras y las actitudes hostiles romperán su autoconcepto. Este autoconcepto tiene una relación directa con la autoestima. Mientras que el primero apunta a cómo la persona se percibe a sí misma, el segundo trae la convicción de que es competente e importante para los demás. De esta forma, la salud emocional se trata de saber quién eres, aceptar quién eres y agradarte.

Una autoestima cambiante

Tienes que saber algo: la autoestima no es estática. Fluctúa a medida que experimentamos experiencias sociales, emocionales e, incluso, fisiológicas. Por eso, hay momentos (sobre todo cuando te comparas con un amigo, sacas una nota baja, te peleas con tus padres, estás enfermo o tienes un rechazo amoroso) en los que te sientes una auténtica basura.

Los investigadores Jonathon Brown (Universidad de Washington) y Margaret Marshall (Seattle Pacific University), en el libro Autoestima: Problemas y respuestas (2006), argumentan que la autoestima se puede percibir de tres formas diferentes:

1. En forma global. Indica la forma general en que la persona percibe su propio valor, siendo más favorable cuando el individuo está mejor relacionado socialmente.

2. Como sentimiento. Se trata de reacciones de autoevaluación emocionales que pueden ser positivas o negativas, según el grado de autosatisfacción.

3. Como evaluación. Se refiere a la valoración de las propias cualidades y competencias.

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Cuida de ti mismo

Una autoestima equilibrada te brindará mejores herramientas para sentirte más optimista sobre el futuro, para lograr establecer metas y tener un compromiso decidido de llevarlas a cabo. La sana autoestima te permitirá ser más empático, tendrás menos fluctuaciones emocionales, y te sentirás apreciado y aceptado por tu círculo de convivencia.

Por otra parte, las personas con baja autoestima no tienen confianza en sí mismas y se sienten paralizadas por el miedo al fracaso. Por sentirse inferiores, estos jóvenes evitan las actividades grupales o pueden querer llamar la atención viviendo de manera irresponsable, indisciplinada y rebelde. Aun así, tienden a culpar a los demás por la forma en que ven y actúan.

Asumir la responsabilidad de lo que nos sucede es una decisión muy importante. Todos tienen fortalezas que se pueden destacar. Tú también las tienes. No te menosprecies. Vales mucho. Cuidar la autoestima es un signo de autorrespeto, porque solo aquellos que se valoran a sí mismos son valorados por los demás.

Hay una realidad indiscutible: no posees la máquina del tiempo para volver atrás. Es imposible cambiar tu pasado y no depende de ti. Pero hay algo que sí puedes hacer: construir un futuro diferente. La buena noticia es que tu porvenir está en tus manos. Si tus padres no te brindaron el apoyo necesario para elevar tu autoestima, eso no significa que tendrás que vivir con la cabeza agachada toda la vida.

A continuación, indico diez actitudes saludables para caminar hacia una autoestima equilibrada.

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En resumen, eres responsable de elegir el rumbo que tomarás en tu vida. Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que sobrevivió a los campos de concentración nazis, lo resumió así en su best seller El hombre en busca del sentido: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias– para decidir su propio camino”.
¡Éxitos en esta caminata!

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por Talita Castelão, psicóloga clínica, sexóloga y doctora en Ciencias de la Universidad de San Pablo, Brasil.

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