Los peligros del cutting

Los peligros del cutting

Los peligros del cutting

 Qué hacer cuando todo explota?

Volví a lastimarme”.

“Me corté”.

“Lo hago sin darme cuenta”.

“No me duele”.

“Es mejor esto que estar llorando”.

En el artículo anterior hablamos acerca de cuando las emociones nos sobrepasan, cuando nos cuesta manejarlas, cuando las situaciones que vivimos nos llevan a explotar, de distintas maneras.

Existen muchos mecanismos de escape, algunos beneficiosos, como el ejercicio; y otros no tanto, como las fotos que muestran más de lo que deben mostrar, las publicaciones donde sacamos a la luz todo lo que nos pasa, las redes sociales, o estar hasta alta horas “navegando” en Internet.

Una de las formas de explotar, de mostrar que no podemos más, es causándonos dolor. Ese dolor puede ser en el nivel emocional: miramos alguna película o serie, o escuchamos una canción que nos haga sentir tristes, que nos lleve a llorar, a pensar en aquello que estamos viviendo, y con la excusa perfecta del argumento de la serie, película o canción, lloramos. 

En otras ocasiones, “calmamos” el dolor a través de la comida, algo rico, algo dulce o salado; depende de nuestros gustos. Buscamos comer para saciar esa ansiedad que sentimos por no poder manejar lo que está pasando en nuestra vida. Simplemente, queremos disfrutar de un momento. Comemos y comemos. 

También, el dormir es una manera de acallar los pensamientos. Cuando dormimos, no pensamos; nuestra mente está en paz; ya nada cruza por nuestra cabeza. Podemos descansar. El problema pueden ser las horas que dedicamos a dormir.

Una de las maneras de “olvidar” lo que está sucediendo es la autolesión concreta. En el año 2018, un artículo de María Ayuso afirmaba “Si bien no hay cifras oficiales sobre la cantidad de casos, los especialistas –psiquiatras, psicólogos y expertos en trastornos de la alimentación– advierten que en los últimos años aumentó considerablemente el número de quienes recurren al cutting, una conducta riesgosa y compulsiva que busca liberar emociones intensas o disminuir el estrés mediante autolesiones cortantes. Cuando la angustia y el dolor psíquico son tan fuertes, el dolor físico, más concreto e intencionalmente provocado, es usado como distractor” (diario La Nación, 23 de abril de 2018). 

A veces, el dolor físico es un distractor. La autolesión no busca quitar la vida, la finalidad no es el suicidio sino “olvidarse” por un momento del dolor emocional que se está sintiendo. Así como comer, dormir, llorar, el cutting busca aliviar lo que estamos pasando. Pero es mucho más peligroso que los demás. 

Muchos recurren a las autolesiones como una novedad, por curiosidad, para saber qué se siente; otros lo hacen porque quieren sentir alivio. Sea como fuere, llega un momento en que quedan atrapados, quedan sometidos en sus redes. Aquello que comenzó como un juego, como una distracción, se transforma en una necesidad, incluso compulsiva. Y, sin darse cuenta, puede llevar a un suicidio no intencionado.

Tal vez, en el momento te genere alivio, quizá te sirva para sentirte libre de aquellas emociones que están oprimiendo tu mente, pero no es la solución, nunca lo será. Solamente estás evitando momentáneamente lo inevitable: enfrentar la realidad. Cortarte, lastimarte, autolesionarte, maltratar tu cuerpo, buscar maneras de sentir dolor físico, no será jamás la solución para no explotar. Simplemente, estás sumando algo más de dolor a tu vida. 

La solución siempre será Dios. Siempre. Y él nos enseña algunas pautas más para salir adelante:

  • Habla de lo que te pasa. No te guardes tus emociones ni las encierres.
  • Sé paciente contigo mismo y sé comprensivo con tus errores. No eres perfecto.
  • Anímate a expresar tus opiniones, a decir lo que piensas y a ser tú mismo.
  • Busca ayuda si hay algo no estás pudiendo manejar y si hay algo que te causa dolor. Si por algún motivo la situación te está desbordando, acude en busca de apoyo.

Este artículo es una adaptación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2022.

Escrito por Jimena Valenzuela, Magíster en Resolución de Conflictos y capellana en el Instituto Adventista de Avellaneda, Bs. As., Argentina.

La gota que rebalsó el vaso

La gota que rebalsó el vaso

La gota que rebalsó el vaso

¿Qué hacer cuando las emociones  nos desbordan?

“Fue la gota que rebalsó el vaso”.

“Ya no aguanto; una más, y exploto”.

“No sé qué me pasa, simplemente no paro de llorar”.

“Tengo muchas ganas de gritar”.

“¡Ay! Qué enojo que tengo”.

¿Te parecen conocidas estas frases? ¿Las has escuchado alguna vez? Quizá tú mismo las usaste en algún momento. Sea como sea, son frases que denotan que algo no tiene más espacio y que, de alguna manera, terminará mal.

La gota que rebalsa el vaso no es la culpable, porque no es la que había colmado el vaso. No. El vaso se fue llenando por varias otras gotas. Esas “gotas” pueden ser situaciones en que te has sentido atacado, frustrado, angustiado, sometido, desvalorizado, sin herramientas para hacer frente a la situación que estabas viviendo o cualquier otro tipo de escenario en que simplemente pusiste “una gota” en tu vaso. Lo cierto es que fuiste cargando el vaso hasta que, finalmente, no soportó más.

Ese vaso eres tú. Es tu mente, que día a día carga con distintas circunstancias que generan una serie de emociones que muchas veces son difíciles de manejar. Las emociones no se controlan, pero sí se manejan. Las emociones no son racionales, pero sí podemos aprender a encauzarlas. Las emociones son parte de la vida, no son enemigas.

Cuando las emociones nos desbordan, el llanto aflora sin motivo alguno aparente. Así, la angustia genera que las actividades cotidianas no sean satisfactorias y que aquello que muchas veces nos alegraba carezca de sentido.

En otras ocasiones, la apatía permea cada una de las cosas que hacemos. Entonces, nada nos entusiasma ni nada provoca que estemos fascinados. Quizás el enojo sea el diario componente de tu vida. Sin motivo alguno –sin aparente razón de ser–, “vives” enojado, molesto y enfurecido. Estas emociones brotan sin que puedas llegar a razonarlas; solo te encuentras de esa manera, sin motivo evidente.

Tal vez quienes te rodean no lleguen a comprenderlo porque nadie está en tu cerebro y nadie sabe lo que has pasado hasta aquí. Muy pocos conocen tu contexto familiar o lo que estás atravesando. Muchas veces llegas a pensar que es mejor no contarlo ni ser una “carga” para los demás.

Tal vez en tus momentos de soledad te sientas tan cansado que solo quieras dormir o jugar online. Es la estrategia de mantener tu mente tan “ocupada” en otros asuntos que no tengas tiempo ni espacio psicológico para pensar. Pero ese momento también tiene su fin. La música, la serie, la película, el juego o el dormir se terminan, y la realidad sigue allí. El conflicto que te está rodeando no desapareció, tu hogar no es ya un refugio, tus compañeros no son amigos, tus propios miedos no han desaparecido. Te sigues sintiendo solo, vacío…

¿Qué hacer? ¿Cómo evitar que el vaso rebalse?

En primer lugar, recuerda que en Dios todo lo podemos. Todo, incluso aquello que pensamos que es demasiado grande. En Dios encontramos las fuerzas para vencer. La Biblia dice: “El Señor está conmigo como un guerrero poderoso” (Jer. 20:11, NVI) y en Deuteronomio 31:8 dice: “No temas ni te desalientes, porque el propio Señor irá delante de ti. Él estará contigo; no te fallará ni te abandonará” (NTV).

En segundo lugar, no ocultes tus emociones ni trates de mostrar que todo está bien. No siempre tenemos que “llevar” una sonrisa en el rostro. A veces, podemos sentirnos tristes, sobrepasados, sin ganas… Eso no está mal. Podemos sentirnos así, solamente debemos aprender a manejar la emoción.

En tercer lugar, hacerte daño no te ayudará. Encerrarte en ti mismo, en el mundo virtual, en el sueño, en el llanto, en una vida “paralela”, puede darte alivio, pero es pasajero. No intentes huir de la vida real. Es esta vida la que debes vivir, la que merece tu presencia. Es aquí donde saldrás victorioso. Lo demás es un espejismo.

Vivir a veces puede ser complicado. No todos tenemos los mismos contextos familiares, escolares, laborales o de cualquier otra índole. No obstante, el año recién empieza. Este puede ser un año diferente, especial, en el que las emociones no te desborden.

Te invito a tomar las riendas de tus emociones, para vivir mejor.

Este artículo ha sido adaptado de la edición impresa de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2022.

Escrito por Jimena Valenzuela, Magíster en Resolución de Conflictos y capellana en el Instituto Adventista de Avellaneda, Bs. As., Argentina.

Mentiras piadosas

Mentiras piadosas

Mentiras piadosas

Analizando el poder destructor de una pequeña verdad a medias.

“En realidad no quise mentirte, pero tenía miedo de hacerte daño si te decía la verdad”.

“No lo pensé bien, solo quería ayudar”.

“Fue solamente esta vez. No volverá a ocurrir”.

“Se trataba, tan solo, de una mentirita blanca”.

¿Escuchaste, alguna vez, frases como estas? Son tremendos argumentos con un mismo fin: justificar una mentira. Sin embargo, lo que se pretendía evitar es justamente lo que se provoca: un daño. Y a veces un gran daño porque es una conducta que vuelve a repetirse.

Hemos dicho más de una vez que comunicarnos no es fácil, no es simplemente hablar o emitir palabras. No. Es mucho más complejo que eso.

No obstante, continuamente, seguimos comunicando, queramos o no. Es por eso que, en este último artículo de este 2021, quisiera dejarte algunos conceptos acerca de las mentiras. Porque, en diferentes momentos, puede existir la tentación de mentir para no dañar, para preservar la felicidad o la paz de la otra persona, para descomprimir y para una larga serie de supuestos razonables etcéteras.

Es que lo sabemos. Existen muchas explicaciones por las cuales podemos llegar a pensar que “esa mentira es blanca” o “es piadosa”; y que no hará daño. No obstante, no es así.

Conceptos a remarcar sobre una mentira

-Una mentira es una mentira, aunque se intente disfrazarla con otro nombre y aunque se la justifique. Una mentira siempre es una mentira.

-Una mentira siempre obstaculiza la confianza: mentir provoca que la confianza no sea la base de la relación, porque si existiera confianza ¿tendría sentido mentir?

-Una mentira siempre provoca culpa; ya que nunca es gratuita ni viene “sola”. Genera que la persona que ha mentido sienta culpa e incluso, a veces, cae en un círculo vicioso de mentiras por tratar de ocultar la mentira original. Porque, en definitiva, mentir es atentar contra uno mismo.

-Una mentira quita credibilidad: cada vez que mientes generas que las demás personas crean menos en ti. Incluso, la mentira menoscaba tu propia autoconfianza.

-Una mentira es un síntoma de inmadurez: muchas veces, la mentira releva o nos muestra (a nosotros y a los demás) quiénes somos. Es más fácil mentir que enfrentar la realidad, y eso, claramente, no es el accionar de una persona madura.

-Una mentira nos aleja de la realidad: tanto mentir puede llevar a la persona a creer que lo que se dice es real, o sea, que su mentira es verdad. Así, ingresamos en un mundo imaginario del que nos será complicado escapar.

-Una mentira siempre daña: sea pequeña o grande, sea a quien la dice o a quien la escucha. Daña a todos. No existen mentiras inofensivas.

Seguramente, se te ocurrirán otros puntos a resaltar. Quizá has sufrido debido a que alguien te mintió, o tal vez, tú has mentido en algún momento y eso provocó un problema mayor.

Jesús dice quién es el “padre de la mentira”. Desde luego, no es otro que Satanás: “El padre de ustedes es el diablo; ustedes le pertenecen, y tratan de hacer lo que él quiere. El diablo ha sido un asesino desde el principio. No se mantiene en la verdad, y nunca dice la verdad. Cuando dice mentiras, habla como lo que es; porque es mentiroso y es el padre de la mentira” (Juan 8:44, DHH). Por el contrario, en Dios no hay tinieblas, ni falsedades, ni mentiras porque él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14:6).

Es cierto que decir siempre la verdad puede ser complicado, ¡y hasta arriesgado! Pero, como dijimos en otro artículo, todo tiene su momento y lugar, lo cual no quita que digamos la verdad.

Si quieres evitar conflictos, si quieres tener charlas de calidad, si quieres tener amistades reales y una relación amorosa sólida, te recomiendo que nunca pero nunca mientas. Ni siquiera tengas como opción de estrategia una “mentirita piadosa”. Ten como meta que de tu boca solo salga la verdad, busca que todas tus interacciones sean sobre esa base. Solo así podrás edificar relaciones duraderas.

Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2021.

Escrito por Jimena Valenzuela, magíster en Resolución de conflictos y capellana
en el Instituto Adventista de Avellaneda, Bs. As., Argentina.

¡Todo yo!

¡Todo yo!

¡Todo yo!

Las distorsionadas conclusiones que sacamos al mirar la vida a través de la lupa del sentimiento de culpa.

De niña solía repetir la frase “¡Todo yo! ¡Todo yo!” cuando me enviaban a realizar alguna tarea. Hoy me suena irrisoria, pero ¿qué sucede si la aplico a toda situación de mi vida?

Hay personas que continuamente piensan que son culpables por lo que ocurre o por lo que sucedió:

-Sugerir una película y que no guste.
-Si por el tráfico llega tarde a la cita.
-Si no ha alcanzado el ideal de otra persona.
-Si la situación en su hogar es conflictiva.
-Si sus padres se pelean.
-Si por alguna razón los demás se enfadan con ella.

Más allá de las razones, piensan que todo es su culpa. ¿Sabes? El sentimiento de culpa es uno de los más difíciles de sobrellevar, y en ocasiones te conduce a disculparte continuamente, aunque no exista motivo para hacerlo; a tener miedo de fallar; a dejar que otro decida; a alejarte de los demás; e incluso atentar contra tu vida.

La culpa muchas veces provoca una distorsión de todo aquello que se experimenta. Todo lo miramos a través de su lupa, a través de la lente de que, si algo malo ocurre, si alguien se enfada, si alguna situación no es la esperada… entonces seguramente será “mi” culpa. Muchas veces tomamos decisiones por temor a fallarle a otro, a la familia, a la sociedad, a Dios. Y así, la vida avanza, y cuando nos detenemos a mirar nos damos cuenta de que cargamos con relaciones, proyectos, logros que no nos han hecho felices, que no eran lo que queríamos; pero sí eran lo que pensábamos que debíamos hacer para no sentirnos culpables.

Vivir con remordimiento no es sano; seguramente ya lo sabes, pero menos sano es pensar que siempre tiene un motivo válido. La culpa no siempre tiene razón de ser. A veces es producto de nuestra mente, que, lastimosamente, piensa así. Vivimos en un mundo corrompido por el pecado, un mundo deformado, donde el enemigo de nuestras almas busca continuamente hacernos daño, y la mejor manera de lastimarnos es hacernos creer que no podemos ir a Dios, que todo es culpa nuestra.

Vencer este sentimiento no es tarea de unas horas o de un día. Es algo que debemos enfrentar cada vez que lo sintamos.

¿Justificada o no?

Lo primero que debemos hacer es entender si la culpa es justificada o no. Para determinar esto, haz lo siguiente:

  • El motivo que me genera culpa ¿dependía, totalmente, de mí? ¿Había decisiones de terceros que yo no podía controlar?
  • ¿Por qué hago esto que estoy decidiendo hacer?
  • ¿Es real que el ciento por ciento de las cosas me sale mal? Haz una lista de las buenas elecciones que has hecho. No confíes solo en lo que se viene a la mente, tenlo por escrito.
    Si la culpa no es justificada, entonces considera estos puntos:
  • Busca ayuda para superarla, a fin de comprender por qué te sientes de esa manera.
  • Intenta tener una relación saludable con Dios. Habla con él, escúchalo; que sea una relación genuina. Ve a él para que sane tu mente.
  • Trabaja en tu autoestima. Muchas veces allí radica el motivo de nuestro sentimiento de culpa.
    Por último, si la culpa tiene motivo:
  • Pide perdón y discúlpate con aquellos a quienes dañaste.
  • Evalúa las consecuencias y lo aprendido, para que puedas aplicarlo la siguiente vez.
  • Acepta que puedes equivocarte y que no eres perfecto.
  • Perdónate. Sí, perdonarse es una de las claves para avanzar.

Estamos a mitad de año, quizás hasta aquí tu frase haya sido “Todo yo”. Hoy te invito a cambiarla, en lo que resta del año, por esta: “No, no siempre he sido yo”.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2021.

Escrito por Jimena Valenzuela, Magíster en Resolución de Conflictos y capellana
en el Instituto Adventista de Avellaneda,
Bs. As., Argentina.

Las imaginaciones de tu corazón

Las imaginaciones de tu corazón

Las imaginaciones de tu corazón

Siete consejos para no sufrir (innecesariamente) con anticipación.

En ocasiones uno se “hace la película”. ¿Sufriste por algo antes que suceda? ¿Te pasó alguna vez? ¡A mí sí! Uno imagina todo lo que podría pasar, lo que la otra persona podría llegar a decirnos o cómo reaccionaría frente a algo que decimos o hacemos.
Otras veces, uno se adelanta a los hechos, a algo que podría llegar a ocurrir. Puede ser un examen, una charla, una reunión; incluso algo más pequeño, como el sabor de una comida desconocida, que haga que nos adelantemos a los sentimientos, a las emociones que tendremos frente a esas situaciones.

Finalmente, nada de eso sucede, pero ya nos ha hecho sufrir. Así, no disfrutamos del presente, por causa de nuestras grandes preocupaciones; ni del futuro, porque cuando ese momento llega (si es que llega) lo vivimos con las sombras de aquello que pasó por nuestra mente.

El arte de no ser felices

Todo eso que experimentamos puede traernos situaciones conflictivas con otros y con nosotros mismos.

Afecta todas las áreas de la vida: autoestima, amistades, familia, noviazgo, matrimonio, metas personales, colegio y trabajo. No somos felices cuando vamos sufriendo por algo que no es real; no podemos relacionarnos en paz con otros cuando tenemos una preconcepción de lo que puede llegar a suceder. ¡Cuán necesario es quitar de nosotros esas imaginaciones del corazón!
Nuestro cerebro es maravilloso. Todo pasa por él: cada emoción, cada sentimiento, cada pensamiento que experimentamos. Nuestra mente puede ser una gran aliada… o no. Te invito a que pienses en cada uno de los siguientes ejemplos:

• Lutero decía: “No puedo impedir que los pájaros revoloteen sobre mi cabeza, pero sí puedo impedir que hagan nido”.
• Jeremías 9:14 (RVR60) cuenta que el pueblo de Israel fue tras las “imaginaciones de su corazón”. Eran solo imaginaciones, pero detrás de eso fueron.
• Salomón nos dice en Eclesiastés: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Esa palabra puede traducirse como “vapor humeante”. ¿Alguna vez intentaste agarrar el vapor? Es imposible; se desvanece, no puedes sostenerlo.

Pajaritos que revolotean

Así son las imaginaciones de nuestro corazón, de nuestro cerebro. Son “vapor humeante” y “pajaritos que revolotean”. No puedes controlar lo que viene a tu cabeza, pero puedes manejarlo. Puedes decidir qué hacer frente a esos pensamientos. Puedes decidir no sufrir por algo que aún no ha sucedido.

Sí, puedes decidir no sufrir.

Sí, puedes manejar tus pensamientos y tus emociones.

¿Cómo? Primero, sé paciente contigo mismo. No es algo de una vez; es un proceso, es práctica.

Por eso, te dejo algunos consejos para ayudarte a llegar a la meta:

• Plantea metas reales: Cvalúa tus tiempos, límites, dones y responsabilidades actuales.
• No te castigues: Si no llegas con algo, sé comprensivo contigo mismo. Eres humano.
• No te compares: Cada persona es diferente, cada uno tiene su propia vida y su propia manera de enfrentar lo que sucede.
• Piensa en ti: Conócete, no seas una copia.
• Innova: Intenta buscar alternativas. No te tropieces con la misma piedra dos veces.
• No juzgues: Aprende a escuchar. A veces las cosas no son como crees.
• No seas perfeccionista: Siempre habrá algo para “arreglar”. De a poco puedes ir avanzando y mejorando.

Sufrir con anticipación es algo muy común. Sucede más de lo que pensamos. Lucha contra ello e intenta que no arruine tus relaciones ni tu autoestima. Y si ya lo experimentaste, recuerda: todo puede ser “reseteado”. Incluso nuestra manera de pensar.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2021.

Escrito por  Jimena Valenzuela, magíster en Resolución de conflictos y capellana en el Instituto Adventista de Morón, Bs. As., Argentina.

Cuándo hablar y cuándo callar

Cuándo hablar y cuándo callar

Cuándo hablar y cuándo callar

Las palabras que emitimos tienen mucho poder para construir buenas relaciones… o para destruirlas.

Mira lo que dicen estas tres frases:

“Cuánto más hable, mayor será el riesgo de decir alguna tontería” (Robert Greene y Joost Elffers).

“En el mundo hay muchas clases de personas diferentes, y usted no puede suponer que todos reaccionarán de la misma manera frente a sus estrategias” (Robert Greene y Joost Elffers).

“Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno” (Colosenses 4:6, NVI).
Las dos primeras frases son de un libro que se llama Las 48 leyes del poder (aunque no estoy de acuerdo plenamente con lo que dice ese libro). La tercera es un versículo de la Biblia.

¿Qué tienen en común? En primer lugar, la prudencia, seguida por la capacidad de pensar antes de emitir palabras. También, tener en cuenta a quién me estoy dirigiendo, reconociendo que todos somos diferentes. Por último, la audacia para entablar un diálogo amable.

Ha comenzado un nuevo año. El anterior —con sus particularidades, con la pandemia, con la cuarentena y con el trabajo y el estudio online— nos obligó a convivir de una manera que quizá no teníamos presente o a la que no estábamos acostumbrados.
Lo cierto es que, creo que a todos, nos ha ayudado en alguna medida a convivir mejor. Sin embargo, lejos de habernos graduado en la escuela de “la paz”, seguimos en camino. Una de las cosas más difíciles de aprender es cuándo hablar y cuándo callar, cuándo decir todo lo que sabemos y cuándo no; y sobre todo, cómo decirlo. El sabio Salomón dice que hay tiempo para todo, y seguramente deberíamos escucharlo.

Alguna vez, o varias, he cometido el error de decir algo verdadero sin tomar en cuenta si era el momento, el lugar, la persona o, simplemente, si era yo quien tenía que decirlo (por ejemplo: el tema de papá Noel o los “reyes magos”, que no voy a aclarar aquí… quien no sepa de qué hablo pregunte a sus mayores).

Es cierto que debemos ser sinceros siempre y no deberíamos ir por la vida mintiendo. Nunca la mentira es una buena idea. Sin embargo, deberíamos preguntarnos si somos llamados a decir “esas verdades” a cualquier costo.

¿Escuchaste hablar de la “comunicación afectiva”, es decir, aquella que tiene en cuenta los gestos, las emociones, las vivencias, el tono de voz y el momento? Sí. No solo las palabras importan. Hay otros elementos en juego que deben ser tenidos en cuenta antes de dar un mensaje: la manera, las acciones que acompañan mis palabras, mis gestos, el momento en que se encuentra mi interlocutor o en el que me encuentro yo.

Comunicarse no es tarea sencilla. Creo que todos, como dije, seguimos aprendiendo. Por eso te dejo ocho preguntas para que te hagas antes de comunicar algo. Si a todas respondes que sí, entonces seguramente vas por buen camino. ¡Alerta, spoiler! Cuidado: no te confíes. Verás que cada una de las preguntas está acompañada por algunos textos bíblicos, porque el más interesado en que nuestras relaciones sean saludables es Dios.

[… Texto completo exclusivamente en la versión impresa. Suscríbete a la revista Conexión 2.0 y recíbela trimestralmente en tu domicilio o iglesia] 

¡Cuántos malentendidos, cuántas lágrimas, cuántas relaciones rotas se evitarían si tan solo siguiéramos los consejos de Dios!
Siempre debemos decir la verdad. Siempre. Desde luego, siguiendo los consejos y el ejemplo del Señor: “Jesús no suprimía una palabra de la verdad, pero siempre la expresaba con amor. En su trato con la gente, hablaba con el mayor tacto, cuidado y misericordiosa atención. Nunca fue áspero ni pronunció innecesariamente una palabra severa, ni ocasionó a un alma sensible una pena inútil. No censuraba la debilidad humana. Decía la verdad, pero siempre con amor” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 12).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por  Jimena Valenzuela, Magíster en Resolución de Conflictos y capellana en el Instituto Adventista de Morón, Bs. As., Argentina.