Cuando no hay respuestas

Cuando no hay respuestas

Cuando no hay respuestas

Un testimonio de fe para todos aquellos que perdieron a un ser querido.

El verano estaba llegando a su fin. Mientras alistaba el bolso en casa de mis padres, luego de pasar unas maravillosas vacaciones con ellos, mi madre introducía más obsequios, como era de costumbre. Papá, minutos antes de que llegara la hora de mi partida hacia la estación, me dijo que no iba a poder acompañarme. Con una enorme sonrisa y nuestras miradas llenas de amor, me fundí en sus abrazos. Nos despedimos con un “hasta pronto” y con planes de vernos nuevamente en el invierno.

Todo comenzó con una fiebre. Mamá pensó que mi padre podría tener una simple gripe. Papá siempre fue cuidadoso con su salud y acompañaba la buena alimentación con ejercicios. No aparentaba sus 65 años. Pero ahora tenía algo que ni los médicos sabían el origen. 

Mientras tanto, en todos los medios de comunicación se hablaba de un virus llamado COVID-19, que estaba azotando el continente asiático y europeo. El sistema sanitario de Argentina aún no estaba capacitado para detectar ese virus en pacientes; solo se sabía de algunos síntomas.

A mi padre la respiración se le hacía cada vez más costosa. En primera instancia, el diagnóstico del especialista fue neumonía. Pero pasaban las horas y su cuadro se iba agravando cada vez más.

Nos conectamos inmediatamente por una llamada. Con la voz apagada y a la misma vez esperanzada en que iba a recuperase, me prometía que pronto nos íbamos a ver. Y esa fue la última vez que escuché su voz.

Por el avance de las investigaciones, los médicos hicieron el testeo a fin de descartar este agente nuevo y extraño en el cuerpo de papá. Pero él ya no podía respirar por sus propios medios y necesitaba un mecanismo artificial. Los resultados llegarían pronto. Estaba confirmado: él tenía COVID-19.

Las fronteras estaban cerradas, y una cuarentena estricta y obligatoria se activaba en todo el país. No podía viajar para estar con mi familia. La impotencia de estar lejos en esos momentos difíciles fue terrible. No tuve ni el tiempo de aceptar el diagnostico de mi padre, ya que en unas horas mamá me llamaría para darme la noticia más triste de mi vida: había fallecido.

Solo habían transcurrido tres semanas de aquella despedida. Mi retina aún visualiza a mi padre con mucha vitalidad, sin antecedentes de enfermedades. Pero mi papá falleció el 1º de abril de 2020. No pudimos despedirlo, ya que su cuerpo fue cremado, por seguridad sanitaria. Con mamá aislada y yo lejos, todo parecía una pesadilla.

“¿Por qué ha permitido Dios que me ocurra esto a mí?” Esta es una pregunta que me hice. Es la pregunta que todos los creyentes se han esforzado por contestar. Si creemos que Dios tiene la obligación de explicarnos su conducta, deberíamos examinar los siguientes pasajes de la Biblia. Salomón escribió en Proverbios 25:2: “Gloria de Dios es encubrir un asunto”. Por su parte, Isaías 45:1 declara: “Verdaderamente tú eres Dios que te encubres”. Además, en Deuteronomio 29:29 leemos: “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios”. Y Eclesiastés 11:5 proclama: “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas”.

Creo que muchas de nuestras preguntas “por qué” tendrán que quedarse sin respuesta por ahora. El apóstol Pablo se refirió al problema de las preguntas sin contestar cuando escribió: “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Cor. 13:12). Pablo estaba explicando que no tendremos el cuadro completo hasta que estemos en la Eternidad.

Este es un aspecto clave de la fe cristiana. Más allá de las circunstancias, el plan de Dios es maravilloso, ya que “a los que aman a Dios” todas las cosas que estén en armonía con su voluntad “les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Rom. 8:28).

Por eso, creo que tal vez no sean el dolor y el sufrimiento en sí los que causan el mayor daño. Lo triste es que nos sentimos confundidos y desilusionados con Dios. Es la ausencia de significado lo que hace que esa situación sea intolerable. No existe una angustia mayor que la que una persona experimenta cuando ha edificado todo su estilo de vida sobre conceptos teológicos que parecen derrumbarse en momentos de tensión y dolor extraordinarios.

¿Llegan momentos como estos para los creyentes fieles? Sí. Pero debemos afrontarlos con fe, sabiendo que “no os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana” (1 Cor. 10:13).

El gran peligro en que nos encontramos las personas que experimentamos una tragedia es que Satanás utilizará ese dolor para hacernos creer que Dios nos ha escogido como víctimas. ¡Qué trampa mortal es esa!

Sí, yo estoy afligida aún. Y tengo el corazón quebrantado. Tal vez tú te sientas igual y estés desesperado/a. Solo puedo decirte que debes confiar en Dios. Existe seguridad y descanso en la sabiduría eterna de la Biblia.

El Rey de reyes y Señor de señores no está caminando de un lado a otro por los pasillos del cielo sin saber qué hacer acerca de los problemas que existen en tu vida. Él puso los mundos en el espacio. Él puede tomar en sus manos las cargas que te están agobiando. Y para comenzar, dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10).

Este artículo ha sido adaptado de la edición impresa de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2022.

Escrito por Ruth Maidana, vive en la ciudad de Neuquén, Argentina, y es miembro de la Iglesia Adventista de Maranatha.

Lecciones instantáneas

Lecciones instantáneas

Lecciones instantáneas

Un campamento, un almuerzo y un puré de papas que no salió del todo bien.

Hace un par de años estábamos en un campamento de consejeros, recargando los pulmones de aire puro entre medio de los árboles. Ya casi terminaba el evento. Almorzábamos, y a casa. Incluso, algunos, ya se habían ido en los primeros autos que iban llevando gente. Los que quedábamos, no queríamos que el campamento terminara.

Así que ahí estábamos, charlando y comenzando la tarea culinaria, muy lentamente. Era la última comida del campamento. Los chicos preparaban papas fritas. Las demás chicas se habían ido y sólo quedábamos Nati y yo. Nuestro menú era fácil. Como era la última comida tenía que ser algo de rápida preparación. Mirábamos cómo los chicos sacaban unas papas muy dudosas del aceite. Algunas muy cocidas, y otras muy crudas. Y la mayoría tenía las dos cualidades: por dentro crudas y por fuera muy cocidas.

Nosotras sacamos, muy orgullosas, las milanesas de soja ya preparadas y el paquete de puré instantáneo de las mochilas. Nos creímos muy prácticas. En unos minutos estaríamos comiendo… ¡y muy rico!

–¿Vos sabés cómo se hace? –preguntó Nati.

–Obvio, contesté. Debe ser así.

Cabe resaltar que ninguna había hecho un puré instantáneo antes, pero pensamos: se debe calentar agua hasta que hierva, echamos el polvito de puré, revolvemos y listo.

No pretendo que esto se convierta en una sección de recetas, pero así no es como se prepara un puré instantáneo. Ahora lo sé.
El agua hervida saltaba y hacia chisporrotear el fuego y las cascaritas de papa fueron insuficientes para tanto líquido. Cuando nos dimos cuenta del error, creímos que la mejor solución era dejarlo cocinarse más tiempo, así el agua se “evaporaba”. ¡Era una deducción brillante! Excepto que el puré no pensó lo mismo que nosotras. Cuando comenzó a pegarse en los bordes de la olla, nos dimos cuenta de que eso no iba a mejorar y que era el momento de sacarlo del fuego.

En fin, el puré no quedó apetecible. Demasiado líquido y desabrido. Por otro lado, las milanesas tampoco colaboraron demasiado. Las había llevado hechas desde mi casa. Es decir, habían estado todo el campamento en la mochila. Cuando las sacamos del envase, nos dimos cuenta de que habían perdido la hidratación y estaban -siendo generosa- sumamente duras.

–Eso parece cartón con pan rallado –dijo sonriendo uno de los chicos. Tristemente, tenía razón.

El único consuelo que me quedaba, era ponerle mucho limón. Había traído uno del árbol de casa, pero al cortarlo, notamos que estaba seco y que no iba a poder salvarnos.

Sentadas en el pasto con nuestros platos nada ricos, mirábamos a los chicos que ya les habían agarrado la mano a sus papas fritas y les estaban saliendo hermosas. El olorcito llegaba hasta nuestro rincón como una burla silenciosa desde la unidad de varones.

Qué diferente habría sido el almuerzo si hubiéramos leído las instrucciones del paquete, ¿verdad?

En realidad, lo leímos, pero demasiado tarde. Descubrimos que, no solo le erramos en la proporción correcta de líquido, sino que también llevaba leche.

En el Club de Conquistadores he aprendido muchas cosas. Por ejemplo: ¡cómo no hacer un puré instantáneo!

Así también sucede en la vida espiritual: hay veces en las que creemos saber cómo hacer las cosas. Creemos que no necesitamos instrucciones. Creemos que podemos solos.

Quiero decirte que no es así y que, lamentablemente, nuestro orgullo se convierte en frustración. Pero qué bendición saber que tenemos un Padre en los cielos que nos dejó en su Palabra las recetas para todos los días de nuestra vida. Y no solo nos da las recetas: si se lo permitimos, también nos guía en cada paso de la preparación.

Cuando me siento tentada a no obedecer la Ley de Dios, siempre recuerdo aquel puré desabrido y este versículo que tiene mucho gusto: “Fíate de Jehová de todo tu corazón. Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Prov. 3:5, 6).

Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2021.

Escrito por Abril Pesoa, miembro de la Iglesia Adventista de Paraná Centro (Entre Ríos, Argentina) e integrante del Club de Conquistadores Lemuel.

Héroes de la Biblia: para jugar y aprender

Héroes de la Biblia: para jugar y aprender

Héroes de la Biblia: para jugar y aprender

Ya está disponible Héroes 2, una aplicación para tu celular en la que conocerás más de tus personajes bíblicos favoritos.

En nuestra sección de este trimestre, damos paso a una noticia genial: el lanzamiento de Héroes 2, un juego bíblico que te ayudará a familiarizarte con los relatos de la Palabra de Dios.

Héroes 2 es una iniciativa de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, con el apoyo de su canal de televisión mundial, Hope Channel. Los creadores del juego esperan que ayude a niños, jóvenes y adultos a familiarizarse más con las maravillosas historias de la Biblia.

“La Escritura es un documento fundacional de la civilización occidental, pero los jóvenes de hoy saben más acerca de los cómics que de las historias bíblicas. Deseamos que con este juego todos sepan que nosotros también fuimos llamados por Dios a ser los héroes de hoy”, explicó Sam Neves, director asociado de Comunicación de la Iglesia Adventista mundial.

Héroes 2 llega al público ocho años después del lanzamiento de la primera versión. En 2013, Héroes, the Game, llegó como un juego visionario que preparó el camino para el lanzamiento de muchos otros juegos adventistas. Desde entonces, ha acumulado más de diez millones de minutos de interacción con sus usuarios.

Acompañando a Héroes 2, se lanzó una serie de estudios bíblicos interactivos titulada Las grandes preguntas, en la que los propios personajes del juego responderán, basados en sus propias experiencias y como las narra la Biblia, preguntas frecuentes y complejas como: “¿Qué sucede cuando morimos?”, “¿Es Dios real?” y “Si Dios es bueno, ¿por qué sufrimos?”

¡Tienes que saberlo!

Héroes 2 es un desafío para todas las edades. Comienza con Adán y Eva. A medida que sumas puntos de experiencia (XP), desbloqueas a los demás héroes. Comenzarás en Génesis y terminarás en Apocalipsis. Cada partida consiste en doce preguntas, y el puntaje depende de cuán rápido y certero seas como jugador. Al principio, las preguntas serán sencillas, pero a medida que el juego progresa se volverán más difíciles. ¡Pero tendrás ayuda! Antes de comenzar una partida, puedes colocar hasta tres efectos en tu morral, que te darán poderes para avanzar. Hay diez efectos especiales que te ayudarán a ahorrar tiempo y avanzar más rápido. Desde el Efecto Elías, que te da una doble porción de XP, hasta el Efecto Daniel, que te revela el versículo bíblico en el que se encuentra la respuesta.

El juego está disponible en cuatro idiomas: inglés, portugués, español y francés. Puedes descargarlo gratuitamente desde Apple Store y Google Play Store. ¡Empieza a jugar ahora!

¡Estamos conectados!

Para más información, visita la página oficial del juego: heroesbibletrivia.org.

Puedes unirte a nosotros también en las redes sociales. Estamos en Facebook, YouTube, Instagram y Twitter.

Características especiales

  • Personajes en 3D: Para Héroes 2 se utilizó diseño en 3D.
  • Multijugador: Con Héroes 2, los jugadores pueden desafiar a su familia y a sus amigos simplemente compartiendo un link. Tus amigos responderán exactamente las mismas doce preguntas que tú, e intentarán batir tu récord.
  • Historias de los personajes: Puedes explorar el mundo de cada héroe con nuestras historias que revelan los trasfondos de cada personaje, y así comprender sus sueños y sus motivaciones.
  • Diez efectos especiales: Aparecerán en el juego y te ayudarán a ahorrar tiempo y avanzar más rápido.
  • Banda sonora original: Compuesta por Clayton Nunes y grabada por la Orquesta Filarmónica de Praga.
  • Narración cautivante: Estas historias no solo te traerán entretenimiento. Además, revelarán el propósito de Dios para tu vida.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2021.

Rompecabezas

Rompecabezas

Rompecabezas

Lecciones aprendidas en época de home office.

En 2020 vivimos una situación poco convencional y no tan fácil de asimilar. El hecho de permanecer en nuestras casas, sin poder salir libremente, nos llevó a descubrir varias cosas: muchos pensamientos e intentos de conocernos más interiormente, y también intentos de encontrar nuevas formas para pasar el “tiempo libre”. Retomar, tal vez, el hábito de la lectura, adentrarse en el arte de la cocina y experimentar recetas diversas, rutinas de ejercicios; o descubrir nuevas habilidades, como ejecutar algún instrumento, aprender nuevos idiomas o fomentar lo artístico, desde la pintura o el dibujo.

Un desafío en particular –que creo que más de uno llegó a experimentar– es el armado de un rompecabezas. Pero no uno pequeño, de 20 o 30 piezas, sino uno de más de 1000 piezas. En la casa donde vivimos con unas compañeras, encontramos una caja con un rompecabezas de 1000 piezas con un paisaje que mostraba un edificio antiguo, un amplio cielo azul con nubes y, en la parte inferior, muchas flores rojas, naranjas y amarillas.

Ya que estábamos con “tiempo libre” y no podíamos salir, luego del horario de trabajo nos animamos a empezar. A cada una le tocaba una sección del paisaje, e iba separando las piezas según los colores y según todo lo que le parecía que correspondía a su parte.

Para no hacer larga la historia, en las idas y venidas de nuestro intento por armar el rompecabezas, aprendimos varias lecciones que se aplican también a nuestro diario vivir:

1- Somos parte de un todo. Ya sea que lo queramos o no, somos como un gran rompecabezas. Y si bien podemos hacer solos las cosas que nos gustan, nos hace felices compartir y complementarnos con “otras piezas”. A veces nos perdemos y estamos como sin rumbo, pero al final encontramos nuestro lugar, al lado de las personas que nos comprenden y encajan con nosotros.

2- Muchas veces queremos forzar cosas que no son, cuando no es el momento ni el lugar. Nos pasó con varias piezas a las que les buscábamos la vuelta y no encajaban. Probábamos todos los ángulos posibles, pero no funcionaba. ¿Por qué? Porque simplemente no iban ahí. Después de dejar una pieza, buscamos otra. No coincidía. Y entonces probamos con otra. Y nada. Y así, hasta encontrar una que encajaba perfectamente en ese lugar.

3- Somos únicos. Aunque haya piezas muy parecidas entre sí, que se asemejan incluso en color y forma, no son completamente iguales. Todas son diferentes. Solamente la pieza correcta es la que encaja donde debe.

4- La importancia de considerar diferentes perspectivas. A mí me tocaba la parte del cielo, y todas las piezas que veía me parecían de un mismo tono celeste. Así, pasadas varias horas, ya no podía concentrarme. Paralelamente, observaba cómo avanzaban mis amigas. A veces yo veía algunas piezas que ellas necesitaban y ellas algunas que yo no conseguía ver; así, trabajando en equipo y ayudándonos entre nosotras para observar el paisaje, pudimos avanzar.

5- Perseverancia. Los que ya armaron rompecabezas de 1000 piezas entienden cuando llega el momento de la frustración, cuando parece que no se va a poder terminar, que hay muchas piezas que faltan y que hay piezas “estancadas” para las que nunca encontramos lugar. Pero dedicar un tiempo para avanzar (por lo menos un poquito), hace una gran diferencia.

Creo que uno de los mayores logros es poder terminar y decir: “Wow, yo hice eso”, “conseguí terminar lo que comencé”, “sé que fue difícil, pero lo logré”. Y sí, después de unos días de dedicarle tiempo, de comenzar animadas y más tarde querer abandonar en el camino –o de días que ni siquiera queríamos mirar la mesa donde seguían las piezas y los espacios aún vacíos– logramos armar las 997 piezas (porque 3 definitivamente estaban perdidas). Fue gratificante ver el paisaje finalmente terminado: cada pieza estaba en su lugar, todas encajaban perfectamente y formaban parte de ese todo.

Lamentablemente, no sabemos por cuánto tiempo más vamos a estar en esta situación. Algunos están lejos de sus seres queridos desde hace meses. Otros tienen dificultades en el trabajo. Y ¿qué decir de aquellos que tienen problemas de salud que los aquejan?

Abundan la incertidumbre, el miedo y la preocupación, pero también hay esperanza y buenas noticias. Somos parte de un todo y solos no podemos formar el paisaje completo. Únicamente si nos mantenemos unidos, cada uno haciendo su parte, descubriremos nuestro propósito y nos complementaremos como las fichas de un rompecabezas hasta que lleguemos a decir: “Soy parte importante en este todo llamado ‘vida’ ”.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2021.

Escrito por Juana Almada Carrera, técnica en Diseño Gráfico. Escribe desde Asunción, Paraguay.

¿Una lata de sardinas?

¿Una lata de sardinas?

¿Una lata de sardinas?

Sacamos cuentas para ver qué cantidad de animales realmente entró en el arca de Noé.

Una noche, leímos en el culto familiar los capítulos 7 y 8 del libro Patriarcas y profetas. Allí, Elena de White escribe sobre la construcción del arca de Noé y lo que ocurrió en el diluvio.

Suelo hacer preguntas todo el tiempo y en ese momento estaba buscando un tema para trabajar en la materia “Proyecto” en mi colegio. Pero esta vez fue diferente.

¿Cómo hizo Noé para que tantos animales entraran en esa caja?, pensé. Se estima que existen entre 5 y 10 millones de especies de animales. Ciertamente no puede entrar esa cantidad de animales en un espacio de 135 metros de largo y 22,5 de ancho.

Pronto, con mi papá nos encontramos armando hipótesis y argumentos, buscando ideas y versículos sobre el tema.

Obviamente, concluimos que habían entrado, porque lo dice la Biblia y porque, si no, ¡no tendríamos animales terrestres y aéreos hoy!

La Biblia cuenta, en Génesis 6 al 9, la historia completa. Allí nos dice que de los animales puros entraron siete parejas (siete hembras y siete machos; es decir, catorce en total); y de los animales impuros, solo una pareja. ¡Así que, dentro del arca habría catorce jirafas! Era hora de investigar realmente.

Lucas Medina (un gran amigo) tenía que soportar mis “locas” ideas en esta materia. Sin embargo, terminamos poniéndonos de acuerdo para investigar este tema. Descubrimos de todo y nos cansamos de encontrar animales que ni sabíamos que existían.
Ahora bien, ¿cómo determinaríamos qué animales “entrarían” en el Arca? Esa era una pregunta bien complicada. Encontramos que en el ámbito intervencionista se utiliza el término “baramin” (de bara, creó y de min, tipo, especie o clase) de forma equivalente a la categoría familia de la clasificación taxonómica, la cual se aplica a las especies que Dios creó en la creación.

Esto nos dio una gran ayuda. ¡Esas eran las especies que entraron en el arca!

Esto ya nos reducía de unos 7,5 millones de animales (promedio de especies estimadas) a solo unas 359 familias (113 de mamíferos, 168 de aves, 55 de reptiles y 23 de anfibios) Llegamos a este número luego de haber eliminado de la lista a las familias que no entrarían en el arca, como los animales acuáticos o animales a los cuales no se les preparó un aposento, como los artrópodos (insectos).

En síntesis, determinamos que ingresaron a esa “caja” unas 740 parejas de animales (1.480 en total), de las cuales 462 parejas correspondían a animales puros.

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Al sumar el volumen que ocupaban las jaulas/aposentos que habíamos asignado a los animales, nos encontramos que en el arca nos sobraban 32.548,19 metros cúbicos. ¡Esto es un 79,37 %! Parece que fue muy grande el espacio no ocupado por animales, ¿no es cierto? Si pensamos bien, ese 79,37 % seguramente no estuvo desocupado: había que almacenar comida y agua, y también era requerido por las 8 personas que entraron en el arca.

¡Y siempre nos imaginamos que los animales estaban tan apretados como sardinas dentro de ese lugar! Esto demuestra como, por ignorancia humana, solemos pensar que las cosas que están en la Biblia son sinceramente imposibles. Cada vez que investigamos, más y más nos damos cuenta cómo la naturaleza y la Biblia están de acuerdo. Realmente la ciencia y la fe pueden trabajar juntas. ¿Por qué no lo harían, si tanto la naturaleza como la Biblia tienen el mismo Autor?

Cuando encuentres algo que no parece concordar, ten por seguro que solo hay tres opciones:

Hemos interpretado mal los datos extraídos de la naturaleza.

Hemos ignorado cosas al respecto con nuestra mente y ciencia finitas.

No tenemos que tener miedo de investigar.

Al estudiar la naturaleza, la creación, descubrimos cada vez más evidencias del diseño y del amor que Dios demuestra por nosotros.

¡Dios quiere que seamos científicos! Él quiere que lo adoremos y glorifiquemos por sus maravillas y por la obra de sus manos.

¿Cuál es el tema que vas a investigar hoy?

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2021.

Escrito por  Brenda Geisse Beskow, estudiante de Biología en la Universidad Nacional de Córdoba. Asiste a la Iglesia Adventista del IAC, Córdoba, Argentina.

Repatriación

Repatriación

Repatriación

El 28 de noviembre de 2019, con un grupo de estudiantes de la Universidad Adventista del Plata, emprendimos un viaje hacia Ecuador, a fin de realizar una campaña de colportaje de verano. Todo surgía según lo planeado, hasta que llegó una pandemia que cambiaría nuestros planes. El virus conocido como COVID-19 frenaba la vida cotidiana y ponía al mundo en jaque. Por la globalización, ahora se exponía a una gran parte del planeta a la misma crisis. Ecuador era una excepción hasta que llegó el primer caso de coronavirus. Desde ese día, comenzó una aventura extraordinaria que quiero contarles.

Ya el 16 de marzo de 2020 –estando en la ciudad de Esmeraldas–, empezamos a escuchar que se veía venir la cuarentena. Entonces, decidimos viajar a Guayaquil, ya que allá íbamos a estar más cómodos. Luego de ocho horas de viaje, llegamos a nuestro destino. El cambio había llegado. Al día siguiente, el Gobierno ecuatoriano decretó cierre de fronteras y aislamiento obligatorio.

La palabra que mejor describía la situación era incertidumbre. Lo único claro era que estábamos varados, sin fecha de retorno; la duda alimentaba nuestros temores.

Comencé con los trámites de repatriación a través de la web del Consulado Argentino, consciente de que era la única forma de regresar a casa. Luego de 45 largos días, llegó la respuesta. Dios había escuchado mis oraciones.

El 30 de abril a las 7:30 de la mañana me llevaron al aeropuerto de Guayaquil. Sobre el mediodía partimos hacia Buenos Aires. Fueron nueve horas de vuelo. Aterrizamos y, de inmediato, nos llevaron a la terminal de ómnibus de la ciudad, donde esperé seis horas. Recuerdo que sentía frío, hambre, sueño e inseguridad. Desde allí viaje a Mar Del Plata, por la cercanía a mi ciudad de residencia. Llegamos a un hotel, y me enteré de una cuarentena obligatoria. A todo esto, yo en pleno siglo XXI no tenía celular. Totalmente incomunicado, pasé ocho días encerrado en una habitación, sin ver la luz del sol. Al séptimo día me hicieron un hisopado que dio negativo, por lo que ya podía irme a casa a seguir con el aislamiento.

Te cuento mi historia para remarcar algo importante: En todo momento vi la mano de Dios. Vi su mano cuando estuve varado, encerrado y solo. Bajo la sombra de su poder, descansaron mis ansiedades. Nuestro Padre celestial está siempre a nuestro lado. Sentir su abrigo en tiempo de crisis fue mi sostén.

Si hoy te estás preguntando “¿Dónde está Dios?”, déjame decirte que está allí, y está allí para ayudarte.

Este artículo fue publicado en la edición impresa de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2020.

Escrito por Marcelo Núñez, estudiante de Teología en la Universidad Adventista del Plata.