San Salvador de Bahía

San Salvador de Bahía

San Salvador de Bahía

No tan popularmente conocida como Río de Janeiro y San Pablo, San Salvador de Bahía es la tercera ciudad más poblada de Brasil y fue la primera capital del país. Por su historia y su arquitectura, es visitada año tras año por miles de turistas.

Debido a su extensión y por la proximidad a la costanera, se recomienda buscar hospedaje en las cercanías de Faro da barra, que cuenta con una buena infraestructura de transporte para desplazarse por toda la ciudad.

Después del culto personal, salía por las mañanas a disfrutar de las brisas del mar en la hermosa costanera. Luego de la rutina diaria con conocidos del hospedaje o en otros casos sola, visité los puntos turísticos. En esas oportunidades, aprovechaba para distribuir algún tipo de material misionero.

El mayor atractivo de la ciudad es el centro histórico llamado Peleourinho. Rodeado por una gran metrópolis, este barrio se encuentra en la parte alta de la ciudad. Sus calles empedradas, sus templos barrocos y sus subidas y bajadas a través de su accidentada geografía hacen de este sitio un lugar único.

Caminando por sus estrechas calles, fuimos sorprendidos varias veces por el sonido de tambores y el espectáculo de danzas callejeras que recuerdan a sus primeros habitantes…

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2020.

Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Cartagena de Indias, Colombia

Cartagena de Indias, Colombia

Cartagena de Indias, Colombia

Después de visitar Bogotá, volé hacia Cartagena de Indias. Tal como me lo habían recomendado, ya tenía hecha la reserva en un hostel dentro de la ciudad amurallada, así se puede apreciar la vida estilo colonial, tranquila y silenciosa a causa de la ausencia de tránsito de autos. Para trasladarme, contraté un taxi oficial en el aeropuerto.

Sus casas de colores, las calles empedradas, los faroles coloniales y las carrozas que transportan a los turistas por las pintorescas calles hicieron que me encantara esta ciudad desde un principio. Además, se puede disfrutar de una caminata por las murallas con una preciosa vista al mar.

En casi todas las esquinas hay vendedores que te ofrecen platos típicos, como las exquisitas arepas y sabrosas frutas tropicales que no se puede dejar de degustar.

Mi estadía en la ciudad coincidió con la época de la Navidad, donde está todo artísticamente iluminado; los árboles, los puentes, los edificios, le suman un atractivo más al lugar.

Para conocer los centros de interés de la ciudad y sus alrededores, contraté tres excursiones y en el hostel me recomendaron contratar un tour desde el muelle la Bodeguita, que se encuentra muy cerca de la Torre del Reloj. Esto también incluía la entrada a un acuario en una de las islas con avistaje de delfines, show de lobos marinos y la posibilidad de nadar en las turquesas aguas del Caribe.

Otro aspecto significativo para considerar en esta ciudad es un recuerdo poco grato. Entre los siglos XV y XIX llegaban embarcaciones con cargamentos de esclavos. Las tristes historias contadas por los guías turísticos permiten valorar el regalo de la libertad que nos da Cristo. Por eso, es preciso recordar el Salmo 119:45: “Viviré con toda libertad, porque he buscado tus preceptos”.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2020.

Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Split – Croacia

Split – Croacia

Split – Croacia

Desde la ciudad de Milán, Italia, volé hacia Dalmacia, más concretamente a Split, la segunda ciudad más grande de Croacia, que tiene unos 200.000 habitantes.

Split es el centro neurálgico en lo que a redes de transporte se refiere, tanto el marítimo como el terrestre. Muchos son los ferris que enlazan Split con la mayoría de sus islas, convirtiéndola en un punto estratégico.

El idioma en Split es el croata. A pesar de esta diferencia idiomática, sus habitantes resultaron ser muy cordiales y bien dispuestos para ayudar en todo momento.

Me hospedé en un hostel, a cinco cuadras del Palacio de Diocleciano, con fácil acceso a todos los puntos turísticos.

Mi primer acercamiento al Palacio de Diocleciano fue a través del agradable paseo que discurre entre dicho palacio y el puerto. La fachada sur del palacio está en este paseo, oculta en parte por toldos y sombrillas de los comercios que hay en su parte inferior. El emperador romano Diocleciano, que persiguió a los cristianos, fue quien mandó construir este palacio. Fue su residencia y fortaleza imperial, y ciudad fortificada. Para construirlo, no reparó en gastos, trajo esfinges de Egipto, mármol de Italia y la blanca piedra que trajo de la isla de Brac.

Lo más llamativo y particular del palacio es que, al formar parte de la ciudad, está habitado por tres mil personas, y en su interior se encuentran muchos puntos de interés: los sótanos, la catedral de San Domnius y el templo de Júpiter, entre otros lugares.

Después de recorrer sus callejuelas, pude sacarme fotos con ciudadanos croatas ataviados con vestimentas romanas que posan para los turistas. También degusté típicos rolls rellenos de verdura y pavo.

A pesar de las persecuciones y de la oposición al cristianismo, en el mismo lugar que fuera la residencia del emperador que persiguió a los cristianos, hoy se erige una iglesia cristiana donde acuden muchos croatas para adorar a Dios. Una vez más, las palabras del profeta resuenan actuales y potentes:

“Yo soy el Señor, y no hay ninguno otro; fuera de mi no hay Dios. Yo te ceñiré, aunque no me has conocido” (Isa. 45:5).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2020.

Escrito por Analía Giannini, Docente de Ciencias naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Bangkok

Bangkok

Bangkok

Esa mañana, cuando me asomé por el balcón del hotel donde me estaba hospedando, vi a un sacerdote budista con la túnica naranja típica ofrecer a los vecinos un amuleto floral. Cuando una de las vecinas se lo compró, el sacerdote le asperjó agua en su cabeza mientras ella permanecía arrodillada, y él elevó una plegaria.

Bangkok es la capital de Tailandia y se caracteriza por los cientos de templos budistas diseminados por toda la ciudad. Los templos más importantes son:

Wat Pho, o templo del Buda reclinado, de más de 43 metros de largo y con cerca de 15 metros de alto.

Wat Traimit, o templo del Buda de oro, que alberga una estatua de Buda de oro macizo.

Wat Intharawihan, o templo de Buda gigante, con una estatua de Buda de 30 metros de alto, que la convierte en la más grande de toda la ciudad.

Wat Phra Kaew, o templo del Buda de esmeralda.

El Buda no es considerado un dios, ni un ser divino ni un profeta, sino un ser iluminado. En esta creencia, no existe la idea de un Dios creador.

Con respecto a su gastronomía, ofrecen platos con productos de mar, donde realzan sus condimentos, muy picantes.

Una de las noches en que recorría la ciudad, me atreví a degustar un saltamontes (langosta), en un puesto callejero. Su sabor no difería del de cualquier snack, pero este venía acompañado de gusanos, que no quise probar.

Todas las mañanas, cuando hacía mi culto personal, agradecía a Dios por sus cuidados, por permitirme conocer esta ciudad; porque sé que él es mi Creador, mi Padre, quien me creó por amor. “Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré” (Sal. 139:13).

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del cuarto trimestre de 2019.

Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora, y viajera incansable.

Pekín

Pekín

Pekín

Como no teníamos guía, decidimos movilizarnos con el Metro para ir a los diferentes lugares de interés en la ciudad de Beijing (Pekín), ya que cuenta con carteles indicadores en putonghua (lengua oficial) y en inglés.

La boca de salida de la estación Tiananmen East está sobre la plaza homónima, la más grande del mundo. Frente a ella se encuentra la Ciudad Prohibida, cuya construcción fue iniciada en 1406. Está totalmente rodeada por un alto muro de mampostería y abarca una superficie de 74 hectáreas. En la parte a la que el visitante tiene acceso, al igual que un cuartel, hay un patio principal con cabida para 100.000 personas y está separado del resto por un pabellón de 28 metros de altura. Luego pudimos ver una gran cantidad de edificios individuales y, al final, separado por una pared, un pequeño jardín arbolado.

Cerca de la parada Beigongmen, está el Palacio de Verano dentro de un inmenso parque, que incluye el lago Kuming y la colina de la longevidad, llena de templos, pabellones y pagodas, todo rodeado por un muro.

Al salir en Tiantandongmen, nos encontramos con el parque amurallado dedicado al Templo del Cielo, el cual se destaca sobre el resto por su hermosa techumbre redonda con forma de tres coronas. Allí el Emperador intercedía ante los espíritus, que según sus creencias moran en lo alto, para que el pueblo tuviese una buena cosecha.

Para llegar al zoológico y ver las obras del Creador nos bajamos en Beijing Zoo. Entre las muchas especies se podían observar las elegantes jirafas, los fornidos yaks y, sobresaliendo entre todos, estaban los osos panda, que nos hacían reír con sus graciosas volteretas.

Al regresar a mi hogar y reflexionar sobre este viaje, recordé las palabras de Pablo, quien se propuso presentar a Cristo y a Cristo crucificado. Y Cristo, luego de resucitar, intercede por nosotros ante el Padre y nos envía al Espíritu Santo, quien nos lleva a toda verdad y da paz a los corazones angustiados. El Creador es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxi-lio en las tribulaciones.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2019.

Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Moscú

Moscú

Moscú

Recuerdo que, en los años siguientes a la caída del Muro de Berlín, todos querían participar de una u otra manera en la obra de dar a conocer el evangelio a un pueblo que no había tenido acceso a la Palabra de Dios.

En mayo de 2011 se presentó la oportunidad de ir a Rusia junto con mis padres. Para una estadía de tres días, contratamos una habitación en un hostel ubicado en el segundo piso de un antiguo edificio. Gustavo y Dámaris, un matrimonio argentino que había aceptado el llamado para servir como misioneros, nos llevaron el sábado al único templo construido por el Estado durante el anterior régimen, el cual era compartido con la Iglesia Bautista.

Ese mediodía almorzamos con ellos en un parque, al mejor estilo campestre sobre un césped ralo pero alto, ya que no se lo cortaba, para diferenciarse de Occidente.

En los dos días restantes, pudimos ver la réplica del Palacio de madera del Zar Mikhaslovich y el Palacio Ekaterina, de estilo rococó, con sus bellos jardines. En el centro histórico, conocimos el antiguo emblema de Rusia, la pequeña ciudadela del Kremlim, con su vistosa muralla de ladrillos rojizos, la cual circunda y da protección a la casa de Gobierno, una iglesia ortodoxa del tiempo de los zares y un pequeño parque.

Hoy, ante los grandes desafíos que implican las diferentes creencias y costumbres, y a casi treinta años de la apertura religiosa, la Iglesia Adventista cuenta, por la gracia de Dios, con 111.531 miembros distribuidos en 1.809 iglesias.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2019. Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.