Pekín

Pekín

Como no teníamos guía, decidimos movilizarnos con el Metro para ir a los diferentes lugares de interés en la ciudad de Beijing (Pekín), ya que cuenta con carteles indicadores en putonghua (lengua oficial) y en inglés.

La boca de salida de la estación Tiananmen East está sobre la plaza homónima, la más grande del mundo. Frente a ella se encuentra la Ciudad Prohibida, cuya construcción fue iniciada en 1406. Está totalmente rodeada por un alto muro de mampostería y abarca una superficie de 74 hectáreas. En la parte a la que el visitante tiene acceso, al igual que un cuartel, hay un patio principal con cabida para 100.000 personas y está separado del resto por un pabellón de 28 metros de altura. Luego pudimos ver una gran cantidad de edificios individuales y, al final, separado por una pared, un pequeño jardín arbolado.

Cerca de la parada Beigongmen, está el Palacio de Verano dentro de un inmenso parque, que incluye el lago Kuming y la colina de la longevidad, llena de templos, pabellones y pagodas, todo rodeado por un muro.

Al salir en Tiantandongmen, nos encontramos con el parque amurallado dedicado al Templo del Cielo, el cual se destaca sobre el resto por su hermosa techumbre redonda con forma de tres coronas. Allí el Emperador intercedía ante los espíritus, que según sus creencias moran en lo alto, para que el pueblo tuviese una buena cosecha.

Para llegar al zoológico y ver las obras del Creador nos bajamos en Beijing Zoo. Entre las muchas especies se podían observar las elegantes jirafas, los fornidos yaks y, sobresaliendo entre todos, estaban los osos panda, que nos hacían reír con sus graciosas volteretas.

Al regresar a mi hogar y reflexionar sobre este viaje, recordé las palabras de Pablo, quien se propuso presentar a Cristo y a Cristo crucificado. Y Cristo, luego de resucitar, intercede por nosotros ante el Padre y nos envía al Espíritu Santo, quien nos lleva a toda verdad y da paz a los corazones angustiados. El Creador es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxi-lio en las tribulaciones.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del tercer trimestre de 2019.

Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Moscú

Moscú

Recuerdo que, en los años siguientes a la caída del Muro de Berlín, todos querían participar de una u otra manera en la obra de dar a conocer el evangelio a un pueblo que no había tenido acceso a la Palabra de Dios.

En mayo de 2011 se presentó la oportunidad de ir a Rusia junto con mis padres. Para una estadía de tres días, contratamos una habitación en un hostel ubicado en el segundo piso de un antiguo edificio. Gustavo y Dámaris, un matrimonio argentino que había aceptado el llamado para servir como misioneros, nos llevaron el sábado al único templo construido por el Estado durante el anterior régimen, el cual era compartido con la Iglesia Bautista.

Ese mediodía almorzamos con ellos en un parque, al mejor estilo campestre sobre un césped ralo pero alto, ya que no se lo cortaba, para diferenciarse de Occidente.

En los dos días restantes, pudimos ver la réplica del Palacio de madera del Zar Mikhaslovich y el Palacio Ekaterina, de estilo rococó, con sus bellos jardines. En el centro histórico, conocimos el antiguo emblema de Rusia, la pequeña ciudadela del Kremlim, con su vistosa muralla de ladrillos rojizos, la cual circunda y da protección a la casa de Gobierno, una iglesia ortodoxa del tiempo de los zares y un pequeño parque.

Hoy, ante los grandes desafíos que implican las diferentes creencias y costumbres, y a casi treinta años de la apertura religiosa, la Iglesia Adventista cuenta, por la gracia de Dios, con 111.531 miembros distribuidos en 1.809 iglesias.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del segundo trimestre de 2019. Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Taj Mahal: Cumplir un sueño

Taj Mahal: Cumplir un sueño

Cuando descendí del taxi que me había trasladado desde el hotel, sentí la emoción de que pronto se iba a cumplir uno de mis mayores deseos al viajar a la India: el poder conocer personalmente el más emblemático de los monumentos con que cuenta este país.

El Taj Mahal, reconocido en 1983 por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, fue construido entre 1631 y 1654 en la ciudad de Agra, por el emperador musulmán Shajahan en honor de su esposa favorita, Argumand Banu Begum, quien murió en el parto de su decimocuarta hija.

Al trasponer la puerta que da a la calle, encontré que estaba rodeado por un hermoso parque que abarca 17 hectáreas. Para llegar al parque, tuve que pasar junto a una larga fuente de agua, que transmitía paz y sosiego al caminante. Luego de ascender por una escalinata, pude acceder a su interior, donde observé que si bien se habían sustraído las piedras semipreciosas y lapislázuli que originalmente habían adornado sus muros, no por ello había perdido belleza el conjunto de su ornamentación. Y, a pesar de la inmensa muchedumbre presente, ya que entre siete y ocho millones de personas concurren anualmente a verlo, solo se podía percibir un suave murmullo, como queriendo acompañar el sentimiento de su constructor.

Una de las cosas que más disfruté fue el sentarme en uno de los muchos bancos que hay en el parque, y admirar desde allí la silueta del majestuoso mausoleo, con su enorme cúpula de mármol blanco.

Cuando me retiré, percibí en el rostro de la mayoría de sus visitantes que sus expectativas habían sido satisfechas. Al ver esto, pienso en cuán profundamente habrán sido impresionados durante siglos, por medio del Espíritu de Dios, los corazones de los adoradores al llegar a Jerusalén y ver en el Templo de Salomón el amor del Padre y del Hijo, cuando este entregó en forma voluntaria su propia vida por toda la humanidad.

Texto: Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.

Este artículo es una condensación de la versión impresa, publicada en la edición de Conexión 2.0 del primer trimestre de 2019. Escrito por Analía Giannini, docente de Ciencias Naturales, nutricionista, escritora y viajera incansable.