Cuando el miedo se encarna, ya no solo nos protege de la lluvia, sino también nos impide sentir los rayos del sol.

Coraje cotidiano

Hay personas que son intrépidas. Pueden saltar en paracaídas, hablar frente a una audiencia de miles de personas y hasta sostener una tarántula en la mano. ¡Todo esto sin siquiera pestañear! A los intrépidos no les da dolor de estómago, no se les seca la garganta, ni les tiemblan las piernas. Por eso, mucha gente cree que ser intrépido es lo mismo que ser valiente o tener coraje. No estoy de acuerdo.

Creo que es posible sentir miedo y aun así ser valiente. Pero me estoy adelantando. Comencemos por el principio. El miedo no fue creado por Dios, es un efecto secundario del pecado. Fue solo después de haber desobedecido que Adán y Eva sintieron miedo y se escondieron (Gen. 3:8).

Aunque el miedo puede mantenernos a salvo, también puede impedirnos crecer y hasta puede volverse patológico. Es como si el miedo fuese un piloto impermeable; pero, si lo usáramos demasiado tiempo, se nos pegará a la piel.

Entonces, ¿qué podemos hacer con el miedo? Al fin y al cabo, sin valientes no existirían ni sueros antiofídicos, ni bomberos voluntarios. La Biblia nos enseña que Dios “no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio” (2 Tim. 1:7, DHH). Esto ¿quiere decir que nunca vamos a tener miedo? No. Pero el valor no es la ausencia del miedo, sino lo que decidimos hacer con él.

Coraje: un músculo para ejercitar

Gracias a Dios, el coraje es un “músculo” que podemos ejercitar. David tuvo el valor de enfrentarse a Goliat no solo porque confiaba en Dios sino también porque no desperdició ni una sola hora de entrenamiento. Antes de vencer al filisteo, cuando un oso y un león venían a atacar al rebaño, él los hería (posiblemente con la misma onda que un día derrotaría al gigante) y luego los mataba.

El coraje crece cuando aprovechamos las experiencias de la vida cotidiana. Cuando probamos un tipo de comida diferente, nos acercamos a saludar a alguien desconocido o nos animamos a practicar un deporte nuevo, estamos ejercitando nuestro coraje. Estos “pequeños” actos de coraje cotidiano posibilitan a los más grandes y arriesgados. Nos preparan para expresar nuestros verdaderos sentimientos, aprender a pedir perdón y asumir las responsabilidades.

Parafraseando Lucas 16:10, podemos decir que ser valientes en lo “poco” (es decir, en las cosas pequeñas de la vida cotidiana) es lo que nos enseña a ser valientes en lo “mucho”.

Algunas veces, los actos más valientes los hacemos mientras nos tiemblan las piernas. Pero el coraje es lo que nos hace decir “lo voy a intentar”. Y esa experiencia en sí misma, más allá de los resultados, es lo que nos hace valientes.

Por | 2017-11-15T08:14:10+00:00 14 noviembre, 2017|Categorías: Testimonios|Año: 2015 |Trimestre: 1er Trimestre |Etiquetas: , , , |0 Comentarios

Acerca del autor:

Lic. en Comunicación Social - Maestría en Educación. Trabaja en las inmediaciones de Londres. Londres, Inglaterra.

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