“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Tim 2:19).
Carta con estampilla

¿Alguna vez enviaste una carta? ¿Alguna vez coleccionaste estampillas? Sin duda, el tema de los sellos postales hoy bien puede solo interesar a los coleccionistas. No obstante, su historia es muy interesante.

El 6 de mayo de 1840 entró en vigencia legal el llamado Penny Black (Penique Negro) y se convirtió en el primer sello postal, emitido por el Reino Unido. Todo fue por iniciativa de Rowland Hill, tras la reforma del sistema postal que incluía algo sumamente importante: gracias al sello postal, la carta era pagada por quien la enviaba y no el destinatario, como hasta entonces.

Según cuenta la historia, en 1835 el profesor Hill viajaba por Escocia y llegó a una posada a descansar. Allí vio cómo la dueña del lugar rechazaba una carta (después de leer el sobre detenidamente) por no tener el dinero para pagarla. Al ver esto, Hill se ofreció a pagar el importe para que la carta llegue a destino. La mujer agradeció y dejó la carta a un costado, sin preocuparse por su contenido.

Ante el rostro sorprendido de Hill, la mujer le explicó la razón: “Mire, mi familia vive muy lejos y no puedo pagar el importe de una carta. Entonces, cuando llega una leo la dirección. Cada uno de los miembros de mi familia escribe a mano una parte de la dirección. Si aparece la letra de todos quiere decir que todos están bien. Así que una vez que examino el sobre y leo la dirección, le devuelvo la carta al cartero porque ya sé que mi familia está bien”.

Más allá de lo ingenioso de este método, la reforma era necesaria. Así, se hizo un concurso para determinar cuál sería la imagen de este primer sello postal. Como la decisión quedó vacante, se optó por colocar la efigie de la reina Victoria.

Un mensaje, una tarifa que pagar, un sello. ¡Qué hermosas analogías de lo que Dios hizo por nosotros! Sin recursos, desvalidos y sin posibilidad de vida eterna, estábamos  irremediablemente perdidos. Pero Dios en su infinito amor pagó nuestra deuda.

Por eso, él coloca en nosotros su sello: el sello de un rey. Con esta notable perspectiva, nuestra vida cambia. Por bondad, por cortesía, por calma en las pruebas, por paz interior, por alegría, por mansedumbre y por honrar los mandatos divinos; representa dignamente el sello que llevas.

Por | 2017-03-08T10:21:59+00:00 19 abril, 2016|Categorías: Del director|Año: 2016 |Trimestre: 2do Trimestre |Etiquetas: , , |0 Comentarios

Acerca del autor:

Periodista. Director editorial de la edición impresa de Conexión 2.0. Trabaja en Editorial ACES

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