Atrévete a soñar

Max Lucado, en un maravilloso libro llamado “Y los ángeles guardaron silencio”, cuenta una historia real sobre un personaje del siglo XVI. Su nombre era Hans Ludwig Babblinger. Era un joven que vivía en Ulm, sur de Alemania. Desde que nació tenía un sueño: quería volar. Como te imaginarás, el problema de Hans fue nacer en el siglo equivocado. No había aviones, helicópteros, ni máquinas voladoras. Lo que él quería era, para su tiempo, imposible.

Como no podía realizar su sueño, se dedicó a cumplir los sueños de otras personas. Hans fabricaba prótesis. En aquella época era muy común la amputación como tratamiento para las enfermedades y heridas, así que siempre estaba ocupado. Su tarea era ayudar a los discapacitados motrices a vencer las circunstancias.

Con el tiempo utilizó sus habilidades para construirse un par de alas. Llegó el día de probarlas y lo hizo cerca de su hogar, en las faldas de los Alpes bávaros. Muy buena elección. ¿Por qué? Porque en ese lugar las corrientes ascendentes son comunes. En un día memorable, mientras sus amigos lo observaban y el sol brillaba, saltó de un terraplén y voló flotando con seguridad hacia abajo. El corazón le palpitaba con fuerza. Sus amigos aplaudieron. Y estoy seguro que Dios también aplaudió feliz. Porque a Dios le gusta que sus hijos sueñen.

Parece que el rey iba a visitar Ulm y el obispo deseaba impresionarlo. Le habían llegado noticias acerca de la proeza voladora de Hans, así que le pidió que hiciera un vuelo para el rey. Hans aceptó. El problema fue que le pidieron un cambio respecto de su vuelo inaugural: como la multitud sería grande y las montañas eran difíciles de subir, tendría que elegir un lugar más accesible.

Hans escogió los acantilados cerca del Danubio. Podría saltar desde el borde del acantilado y flotar hasta el agua. Mala elección. Las corrientes ascendentes de las montañas no existían junto al río. Ya sea por malas influencias, por su falta de conocimiento o simplemente por querer complacer a los demás, Hans tomó una decisión equivocada. Y ante el rey, su corte, el obispo y la mitad de la ciudad, Hans saltó con sus alas y… cayó al río como una piedra. El rey se desilusionó y el obispo se enojó. El domingo siguiente el obispo dijo en su predicación que el hombre no estaba destinado a volar y avergonzó a Hans en público. Hans Babblinger se creyó el sermón y aprisionado por un púlpito escondió sus alas y nunca más intentó volar. Es más: casi no se lo vio salir de su casa durante los meses que siguieron. Murió poco después, atrapado por la gravedad y con sus sueños enterrados.

Hubo una mujer en la Biblia que había dejado de soñar. Su fama la hacía una mujer marginal, despreciada por la sociedad. Hacía mucho tiempo que no soñaba. Ella también sufrió malas influencias. Ella también tomó decisiones equivocadas. Pero un día estuvo a punto de perder más que sus sueños: casi perdió la esperanza de seguir viviendo. Algunos malintencionados líderes religiosos se metieron en su habitación, la tomaron como estaba, y la arrastraron hasta el sitio más público de la ciudad: el Templo. Allí la tiraron a los pies de un Maestro galileo y, con piedras en la mano, esperaron que se dicte la sentencia. Pero no hubo sentencia. Y, después de un rato, ya no hubo piedras ni acusadores… Solamente una voz bondadosa con palabras amorosas: “Ni yo te condeno. Vete y no peques más” (Juan 8:11).

La historia de María Magdalena nos recuerda que Cristo nos regala, junto con su perdón y una nueva vida, la oportunidad de volver a soñar. No nos da “solamente” la vida eterna; quiere que disfrutemos de esta vida y que lo hagamos soñando. Quiere que soñemos en grande, porque Él tiene grandes sueños para nosotros. María Magdalena fue y sigue siendo un pilar en la evangelización mundial. ¿Te parece exagerado lo que digo? Te desafío a que encuentres en los evangelios a Jesús diciendo las siguientes palabras sobre alguien más:

“Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique el evangelio, se contará también, en memoria de esta mujer, lo que ella hizo” (Marcos 14:9). María fue la primera en ver al Salvador resucitado y fue la primera en anunciar al mundo que Él estaba vivo.

La restauración que Cristo ofrece para los pecadores, para quienes nos equivocamos es completa. Su restauración incluye más que perdón: incluye la oportunidad de volver a soñar. No importa cuán grande haya sido tu error en el pasado, no importa cuán terrible haya sido la condena que recibiste de tu entorno social e, inclusive, de algunos miembros de iglesia, Dios sigue teniendo sueños para tu vida. Hoy se acerca a ti una vez más y te dice: “Ni yo te condeno. Vete, no peques más y atrévete a soñar…”.

Por | 2017-03-08T10:21:24+00:00 17 Febrero, 2017|Categorías: Autoestima|Etiquetas: , , |0 Comentarios

Acerca del autor:

Soy cristiano y amo a Dios con todo mi corazón. Tengo el privilegio de estar casado con la mejor mujer del mundo y disfruto de mis dos hermosas hijas. Me apasiona trabajar con jóvenes, la comunicación, la docencia, viajar y los deportes.

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