“No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos” -Anais Nin.

El siguiente diálogo es un fragmento de la charla que tuve con Marcos (nombre ficticio), un joven que había participado de un incidente de indisciplina en un colegio. Allí, un compañero, también de 17 años, le había propinado una patada a un alumno más pequeño, de 13 años, solo porque no le gustaba que ese alumno ocupara el banco del patio escolar que él quería. El estudiante de 13 años quedó en el suelo, llorando. Mientras eso ocurría, Marcos observaba y se reía, mientras permanecía de pie junto al estudiante agresivo. Mi diálogo continuó así:

–¿Por qué estoy aquí -en la Dirección-, si yo no golpeé a nadie?

–Porque observabas y te reías…

Luego de un buen rato, y viendo que Marcos no comprendía el punto, avancé un poco más.

–Marcos, ¿qué hubieses hecho si el estudiante en el piso hubiese sido tu hermana?

–¡Si era mi hermana, la hubiese ayudado! –respondió Marcos, sin vacilar.

Mi objetivo era que Marcos evaluara dónde comienza el concepto de prójimo. Marcos se definía como cristiano, incluso asistía regularmente a una iglesia. No obstante, parecía no comprender que nuestro “prójimo” es todo aquel que necesite de nuestra ayuda.

Hace ya algún tiempo se conoció un concepto denominado inteligencia emocional. Una persona emocionalmente inteligente tiene la habilidad de comprender las emociones propias y las ajenas.

Además, se considera que una persona tiene aptitud emocional cuando es capaz de “tener empatía y comprensión ante las necesidades de los demás”.

Marcos padece de lo que se conoce como analfabetismo emocional. En su proceso de crecimiento, debe pasar de un concepto limitado de reconocimiento de las emociones y las necesidades de su círculo íntimo a otro más amplio.

“Nos convertimos en lo que pensamos” -Ralph Waldo Emerson.

“Cada joven determina la historia de su vida por los pensamientos y sentimientos acariciados en sus primeros años. Los hábitos correctos, virtuosos y viriles, formados en la juventud, se convertirán en parte del carácter y, por regla general, señalarán el curso del individuo por toda la vida.” –Elena de White online.

Jesús anduvo “haciendo el bien” a las personas. Atendía al necesitado en el aspecto físico, emocional y espiritual. Y explicó que son más “dichosos” los que “dan” que los que reciben.

Que Dios pueda seguir enseñándonos el alfabeto del amor hacia el prójimo; y que seamos buenos alumnos, imitando el ejemplo de Jesucristo.

Condensado del artículo impreso, escrito por Leonardo Bertagni, Lic. en Psicología y profesor de música.

Por | 2018-01-18T07:38:06+00:00 11 agosto, 2017|Categorías: Testimonios|Año: 2015 |Trimestre: 4to Trimestre |Etiquetas: , , , |1 Comentario

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Esta es tu revista. Editada por Editorial ACES para la Red hispana de Educación Adventista de Sudamérica.

Un comentario

  1. Ruth León 06/08/2018 en 2:59 pm - Responder

    ¡Cuánto necesitamos de Dios para darnos cuenta que estamos para ayudar a los demás!
    Debemos ser conscientes de nuestras debilidades y con la ayuda de Dios, cambiar para bien.
    Como dijo David, quiero decir: “Examina mi corazón y pruébame. Ve si en mi hay camino de perversidad y guíame en el camino eterno.

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